"Ojalá palmar cantando"
Miguel Ríos todavía tiene mucho que reivindicar dentro y fuera de los escenarios: "Hay que votar por legítima defensa"
¿Qué ha dicho? El artista abre a Salvados las puertas de su vida y comparte recuerdos familiares, éxitos internacionales y convicciones políticas, mientras demuestra que, a sus 82 años, el rock sigue latiendo. "No me voy a resignar mientras tenga canciones que cantar", dice.

Con 82 años, Miguel Ríos sigue haciendo conciertos de dos horas casi cada fin de semana. Hay quien podría pensar que, después de más de seis décadas de carrera, una leyenda del rock español ya lo ha vivido todo, pero él quiere más. Todavía disfruta de salir al escenario, de sentir los nervios antes de un directo y de encontrarse con un público que sigue dispuesto a dejarse la voz con sus canciones. En Salvados, el músico granadino abre a Gonzo las puertas de su intimidad en una de las paradas más especiales de su gira: el Teatro Circo Price de Madrid, el mismo lugar donde empezó a forjar su historia hace más de 60 años.
Una conversación sobre la edad, la familia, el éxito, el dinero y la política que acaba convirtiéndose en algo más que un repaso a una trayectoria musical: el retrato de un hombre que todavía tiene mucho que cantar y reivindicar con sus canciones.
Antes de salir al escenario, Miguel Ríos se prepara. Estira, trabaja el cuerpo, calienta la voz y charla con sus músicos. La imagen tiene algo de ritual, pero también de recordatorio: el rock puede ser una actitud, pero sostenerlo durante más de seis décadas exige trabajo, disciplina y respeto por el oficio. A su edad, no se limita a vivir de los recuerdos. Sigue preparándose para darlo todo delante de su público.
Gonzo acompaña al artista por los pasillos del Circo Price, un espacio que forma parte de su propia historia. Pero en esa conversación pendiente con el periodista, como suspendida entre un momento y otro, Miguel vuelve a los tiempos en los que subirse a un escenario suponía "abrir una grieta en la grisura del franquismo". La música era una forma de escapar, de respirar y de enseñar que había otro mundo posible.
Al recordar con Gonzo aquella sensación de enfrentarse al público durante la dictadura, el músico reconoce una mezcla de atracción y temor: "Me daba pavor y morbo". También recuerda una de las frases que más escuchó en los primeros años de su carrera: "El rock ha muerto". Una sentencia que ha sobrevivido a quienes la pronunciaban y que, en su caso, parece haber funcionado como una invitación a seguir adelante.
El niño de Granada que se marchó
Para comprender al artista hay que volver al principio. A Granada, a su familia y a aquel muchacho que empezó a trabajar con apenas 14 años. La conversación con Gonzo se detiene en sus padres, en sus hermanas y en la educación que recibió en una España franquista. En uno de los momentos más personales del programa, Miguel recuerda a su madre, una figura fundamental en su vida.
Marcharse de casa para perseguir el sueño de dedicarse a la música no fue una decisión fácil, pero tampoco encontró en ella un obstáculo. Al contrario. El cantante recuerda su reacción con una gratitud que atraviesa el tiempo: "No solo no me dijo 'quédate', sino que me dio todo lo que tenía". Y eso que en casa 'perdían' su jornal, aún más indispensable tras la prematura muerte de su padre, que falleció de un infarto a los 62 años y ya parecía "un viejo".
Pero su recuerdo familiar no está exento de autocrítica. "Mi madre me educó para ser un buen machista", admite, sin convertir esa herencia en una excusa. En sus conciertos, de hecho, ha decidido verbalizar esa contradicción y propone un ejercicio a su público a los 'Alcohólicos Anónimos', como él mismo dice: "Soy Miguel Ríos, soy machista, pero lucho contra esta lacra".
Granada fue el lugar que lo vio nacer, pero también un sitio del que tuvo que marcharse para perseguir sus aspiraciones. Al recordar aquella decisión, resume la sensación que le producía su tierra con una frase cargada de nostalgia: "Era una ciudad a la que preferías añorar que padecer".

De Mike Ríos a estrella internacional
El camino hacia el éxito tampoco estuvo libre de episodios difíciles de olvidar. En sus primeros años, la industria discográfica decidió llamarlo Mike Ríos, -él pronunciaba 'Mike' no 'Maik'- un nombre artístico que el cantante recuerda con especial rechazo. La posibilidad de regresar a Granada convertido en una suerte de personaje fabricado por la discográfica le parecía casi una broma.
Pero la historia de Miguel Ríos también está llena de encuentros afortunados. Uno de ellos llegó de la mano de Fernando Arbex, integrante de Los Brincos, que le dio una canción que terminaría siendo decisiva: 'El río'. Aquel tema abrió una puerta que el cantante llevaba tiempo intentando cruzar y que acabaría conectando con su identidad musical.
Poco antes escribía 'Vuelvo a Granada', una declaración de amor a la tierra de la que había tenido que alejarse pero a la que estaba dispuesto a volver tras 'fracasar' en el mundo de la música, antes de que 'El río' viniera a salvarle.
El acento andaluz también tuvo que adaptarse a las exigencias de una industria que asociaba determinados rasgos con una imagen poco sofisticada: "Cuando se venía a Madrid, tenías que evitarlo porque parecía cateto". Anni B Sweet, una de las cantantes andaluzas más destacadas del panorama musical actual, señala que eso era algo que seguía ocurriendo hace apenas unos años. Si hablabas con acento andaluz, tenías que cantar flamenco, no indie, comenta tras unirse durante unos minutos a esta charla. Con ella canta 'El río' sobre los escenarios.
El éxito y el dinero que cambió su vida
Pero si hay una canción que atraviesa la carrera de Miguel Ríos, esa es 'El himno a la alegría'. Un éxito internacional de dimensiones extraordinarias que aún asombra al propio artista. Tanto es así que, cuando intenta explicar cómo llegó a convertirse en el fenómeno que fue, le resta solemnidad: "Yo considero que el 'Himno a la alegría' fue un accidente". Al ver la cara de escepticismo de Gonzo, lo compara con una lotería que le podría haber tocado a cualquier otro. Pero le tocó a él.
Eso sí, también habla de ella con orgullo: "Cuando yo me oí cantar el 'Himno a la alegría' supe que había nacido para eso", afirma. Y es que la certeza de haber encontrado su lugar puede convivir con la sensación de que el éxito más grande de su vida llegó de una manera casi inexplicable.
En aquellos años, Miguel era, como él mismo se describe, un "hippazo de la hostia" y recuerda el ambiente de los sesenta, con el sexo, las drogas y el rock and roll como parte de una cultura que buscaba romper con las convenciones. "Se confraterniza mucho fumando un canuto", comenta entre risas al recordar aquella época.
La imagen pública que se construyó alrededor de él tampoco fue siempre favorable. "Tuve fama de canutero, de conflictivo, porque fumábamos marihuana y hachís frecuentemente", explica. También recuerda su paso por la cárcel durante el franquismo con una honestidad que desmonta cualquier tentación de convertir el episodio en una historia de heroísmo: "Me hubiera gustado que fuera por preso político, pero fue por 'fumeque'". Fue para darle un escarmiento a la juventud de la época.
Con todo, el éxito de 'El himno a la alegría' supuso un antes y un después. Miguel recuerda que, tras aquel triunfo, la situación económica cambió radicalmente: "Ya nunca tuve más penurias económicas, entraban cheques cuando el año antes estaba escribiendo 'Vuelvo a Granada'". De pronto, aquel muchacho que había tenido que buscarse la vida podía mirar hacia delante con una estabilidad económica que hasta entonces no había conocido.
Y hay un recuerdo que explica mejor que cualquier cifra lo que significó aquella transformación. Lo primero que quiso hacer por su madre fue comprarle una casa en Málaga en la que pudieran caber todos. La gran alegría de su vida es haber tenido el suficiente dinero para que él y su familia pudieran vivir tranquilos durante los últimos años de su madre. El éxito podía traducirse en discos vendidos, conciertos y reconocimiento internacional, pero para él también tenía una forma mucho más íntima: darle a su madre la tranquilidad que merecía.
Una estrella que no quiso ser el más rico
El éxito económico tampoco modificó por completo la manera en la que Miguel Ríos entiende la vida. Si algo parece haberle enseñado su trayectoria es que el dinero puede resolver problemas, pero no constituye por sí solo una medida de la felicidad. Al reflexionar sobre su carácter y su ideología, el músico señala una de las lecciones que extrajo de 'El himno a la alegría': "Supe que no quería ser el más rico del cementerio".
Esa idea tiene una traducción concreta cuando habla de los impuestos. Lejos de adoptar el discurso de quien considera que el dinero que gana le pertenece exclusivamente, defiende que contribuir al sostenimiento de los servicios públicos es una cuestión de justicia. "Me parece que es justo que si yo gano un año un pastón me quiten el 52 %, porque tiene que haber carreteras y hospitales", sostiene.
El cantante recuerda, además, una enseñanza de Felipe González, a quien admiró y creyó "a pies juntillas" hace ya algunas décadas: "Con los impuestos, lo más práctico es que pienses que has ganado la mitad de lo que has ganado".
Su conciencia política, sin embargo, no apareció de golpe. Miguel reconoce que, de niño, no tenía demasiadas referencias que le permitieran identificar la naturaleza de la dictadura. "Cuando eres chaval, no tienes ninguna seña que te diga que la dictadura es mala. En mi familia no ha habido nadie represaliado ni ha sufrido en la Guerra Civil. No tuve nunca conciencia política hasta que llegue a Madrid y la huelga de actores me removió".
Fue el contacto con otros ambientes y con una realidad social más amplia lo que empezó a cambiar su mirada. Por entonces ya era amigo de Víctor Manuel, aunque el cantante explica que el rock and roll no estaba bien visto en el PCE al que pertenecía el cantautor. La fe socialista le llegó antes que la comunista. "Y me pareció más razonable", apostilla. "El comunismo, como ideología, me parecía extremo", explica.
La ilusión de 1982 y las decepciones de la política

La conversación se amplía con la llegada de Maruja Torres y David Trueba, dos amigos que comparten con Miguel Ríos la experiencia de haber formado parte de una generación que pudo vivir su juventud en España en un momento de transformación. La primera juventud de España. Los tres repasan el significado de aquellos años en los que parecía que el país empezaba, por fin, a dejar atrás el peso de la dictadura.
El recuerdo de 1982, con la primera victoria electoral del PSOE, conserva para Miguel una intensidad especial. "La liberación fue acojonante, la gente salía a la calle a hacerle cortes de manga a Fraga", recuerda. Era la sensación de que se abría una etapa nueva, de que la democracia podía traducirse en cambios reales y de que había motivos para mirar al futuro con esperanza.
También recuerda cómo Alfonso Guerra pidió permiso para utilizar una de sus letras como eslogan. El cartel electoral de aquel año terminó teniendo como imagen la portada de su disco. Música y política se cruzaban de nuevo, esta vez en una campaña que simbolizaba para muchos el comienzo de otra España.
Pero los años también han traído decepciones. Miguel no esconde el desencanto que siente hacia Felipe González y Alfonso Guerra, dos figuras en las que había depositado una enorme confianza. "Estoy superofendido porque creía en ellos a pies juntillas", admite.
La periodista pone sobre la mesa una reflexión que atraviesa buena parte del debate: "El error que cometemos es que votamos siempre por amor y hay que votar en legítima defensa".
La mirada de Miguel hacia el presente está marcada por esa mezcla de experiencia y preocupación. El auge de la extrema derecha le produce miedo, especialmente por lo que considera que puede suponer para los derechos. "Se sabe lo que van a hacer con esos 50 o 60 diputados, van a cercenar las libertades", advierte.
Tampoco oculta su frustración ante la situación de la izquierda a la izquierda del PSOE, un espacio en el que, a su juicio, se repiten errores que terminan debilitando las posibilidades de cambio. La conversación no deriva, sin embargo, en una renuncia. Miguel se aferra a aquello que todavía puede hacer: seguir cantando, seguir hablando y seguir utilizando los escenarios como lugares desde los que expresar sus convicciones. "Nunca me voy a resignar mientras me quede un cuarto de cuerda vocal y canciones que cantar", afirma.
Esa actitud también aparece cuando se posiciona contra la guerra y denuncia el genocidio en Palestina. Las imágenes del cantante sobre el escenario, con un pañuelo palestino y gritando 'no a la guerra', muestran que su compromiso no se limita a las conversaciones..
El rey del altibajo
Si hay algo que Miguel Ríos no intenta ocultar es que su carrera ha tenido momentos mejores y peores. "Nunca he tenido una carrera constante, soy el rey del altibajo", admite.
Esa falta de continuidad no le ha impedido regresar una y otra vez. En 2010, de hecho, quiso retirarse. Parecía el momento de cerrar una etapa y dejar atrás la exigencia de los grandes escenarios. Pero entonces llegó una llamada que no pudo ignorar: la del vigésimo aniversario de 'El gusto es nuestro', la gira que compartió con Víctor Manuel, Joan Manuel Serrat y Ana Belén.
La reunión con sus compañeros de generación volvió a demostrarle que todavía tenía algo que ofrecer sobre las tablas. Y también le permitió reconocer, con una sinceridad que tiene bastante de humor, que la competencia nunca había desaparecido del todo. "Nunca he querido que nadie cantara mejor que yo", confiesa al recordar la relación profesional entre los cuatro artistas.
De hecho, durante la primera gira, la de los 90, ni siquiera comía con ellos. Se iba al gimnasio a pesar de que sus compañeros lo llamaban "gilipollas".
Su actitud cambió en la reunión, 20 años después. Cuando Gonzo define la última gira compartida con Víctor Manuel, Serrat y Ana Belén como una "excursión del Imserso", Miguel no tarda en responderle: "Qué cabrón, pareces del Barça".
"Has puesto patas arriba el Price"
Llega el concierto y la conversación cede el protagonismo a la música. Gonzo presencia el directo y, después, vuelve a encontrarse con Miguel entre bambalinas. La emoción del periodista al terminar el espectáculo resume lo que acaba de ocurrir: "Has puesto patas arriba el Price 64 años después".
Después llegan la retirada a casa, la carretera, 'El blues del autobús' y el final de una jornada que, para Miguel, ha sido otra más dentro de una gira exigente. Ahora, las preguntas sobre el futuro empiezan a pesar de otra manera que tras el micrófono. La posibilidad de dejar las grandes giras está cada vez más presente. Miguel recuerda una advertencia de su madre, que siempre le decía que no se hiciera viejo encima de un escenario. Su dolor de huesos le grita lo mismo. El cuerpo impone sus condiciones y cada concierto requiere un esfuerzo considerable.
Aun así, no parece dispuesto a poner una fecha definitiva a su despedida.
El miedo a envejecer
Pero hay una inquietud que pesa especialmente sobre él. "Me preocupa que la familia me tenga que estar cuidando", confiesa. También habla del miedo al Alzheimer y anuncia que va a hacerse un chequeo porque se ha encontrado torpe al contestar algunas preguntas.
Cuando imagina cómo le gustaría que terminara su historia, Miguel responde con una frase tan rotunda como coherente con todo lo que ha contado: "Un final a la carta es palmar cantando un día".
Y, en medio de todo ese recorrido, permanece aquella frase de su madre que resume su intensa vida a la perfección: "Miguelín, a ti que te quiten lo 'bailao'".