Condenado por el caso Nóos
Urdangarin, sobre lo que le dijo Sandro Rosell tras su ingreso en prisión: "Era mejor que me hubiese ido con él a Soto, tenían muy buen ambiente"
Iñaki Urdangarin relata en Lo de Évole cómo vivió su ingreso en prisión, los primeros meses de soledad y rencor, y cómo el apoyo de su familia y sus hijos se convirtió en un ancla emocional que lo sostuvo frente al hundimiento.

El Tribunal Supremo condenó a Iñaki Urdangarin a cinco años y diez meses de prisión por varios delitos de corrupción y fiscales en el marco del caso Nóos. La sentencia determina que utilizó su posición de privilegio por pertenecer a la familia real para presionar a cargos públicos y obtener contratos y beneficios, recuerda Jordi Évole durante la entrevista a Urdangarin en Lo de Évole. Desde ese momento, su vida cambia por completo.
El que fuera duque de Palma asiente mientras Évole desgrana los detalles de su paso por prisión y, poco a poco, va entrando en uno de los momentos más delicados de su relato: el ingreso en la cárcel.
En medio de la conversación, Urdangarin menciona a Sandro Rosell. "Creía que era mejor que me hubiese con él a Soto, que tenían muy buen ambiente", dice, refiriéndose al centro penitenciario donde el expresidente del FC Barcelona cumple prisión preventiva por un caso de corrupción relacionado con los derechos del fútbol. Urdangarin nunca tuvo esa opción sobre la mesa.
Al cruzar las puertas de la prisión, lo ubican en un módulo de mujeres. Lo que para muchos puede parecer un privilegio, para él es una medida de seguridad y aislamiento. "La elección se fue entre dos cosas. Una, la seguridad (...) o la soledad. Y se optó por la soledad", relata, reconociendo que al principio le cuesta aceptar que esa sea "la mejor opción".
"No sabes lo que me has hecho"
En los días previos a su ingreso, confiesa, desconoce por completo cómo funciona el sistema penitenciario y se apoya en la valoración de los responsables de seguridad de las infantas, pero pronto comprende el impacto real de la decisión y no puede evitar recriminarla: "No sabes lo que me has hecho".
Los primeros meses fueron especialmente duros. Urdangarin se encuentra atrapado en un torbellino emocional. "No conseguí estabilizar mis emociones, tener pensamientos positivos", explica a Évole, describiendo cómo el rencor y la impotencia lo dominan mientras intenta asimilar la pérdida de libertad y el juicio mediático que lo acompaña.
"No puedo más, me borro"
El dolor se manifiesta en su rutina diaria: paseos por el patio, lágrimas que no cesan y la sensación constante de ser víctima. A medida que pasan los días, reconoce que llega a tocar fondo. Cuando Évole le pregunta si alguna vez pensó "ya no puedo más, me borro", responde sin dudar: "Sí". Pero algo lo detiene. Sus hijos, su familia y el esfuerzo de doña Cristina se convierten en un ancla emocional. "Eso te hace decir hay amor y cariño fuera", afirma, recordando el empeño de su entonces esposa "para que todo vaya adelante".
Uno de los recuerdos más duros es la primera visita de su hijo Juan en el locutorio. Urdangarin describe la imposibilidad de tocarle, la emoción contenida y la carga que supone aquel encuentro, al que su hijo acude acompañado por la infanta Elena. De la Familia Real, ella es la única que lo visita de forma recurrente, junto a otros apoyos como su abogado, Mario Pascual, a quien define como "pura energía".
Para mantener cierto orden mental, Urdangarin establece rutinas dentro de la prisión. Ve televisión en la habitación, llama a casa cada día a las ocho de la tarde, hace deporte y se refugia en los documentales de La 2. Semanalmente, dispone de dos locutorios de cuarenta minutos y reserva los vis a vis de tres horas exclusivamente para sus hijos, que se convierten en su verdadero refugio emocional.
Cuando regresa a la vida en libertad, descubre que la normalidad no llega de golpe. Describe una mezcla inicial de "cariño y alivio", seguida de una constatación amarga: "Todos siguen con sus dinámicas y el que está fuera de juego soy yo". Cuatro años después, sigue buscando su lugar profesional en un entorno marcado por el estigma. "Tienes la pena del telediario también", concede Évole, recordando que, pese a su caso mediático, muchos presos anónimos afrontan una reinserción aún más dura.
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