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Vitoria 1976, cuando el franquismo mató después de muerto y dejó a la Transición manchada de sangre

El contexto El 3 de marzo de ese año, pocas semanas después de la muerte del dictador Francisco Franco, la Policía bajo el mandato de Manuel Fraga se lio a tiros con trabajadores que se reunían en la iglesia de San Francisco de la capital vasca. Como resultado, cinco muertos y cientos de heridos en un crimen que nunca se juzgó.

Vitoria 1976, cuando el franquismo mató después de muerto y dejó a la Transición manchada de sangre

Es uno de los episodios de la historia de España que sigue en la sombra de los secretos oficiales. Vitoria, 1976, Francisco Franco acaba de morir pero su aparato de represión y control sigue activo. La capital vasca se ha convertido en una referencia de la lucha de la clase obrera, ya que aglutina gran parte de las fábricas de toda la zona norte. Allí los trabajadores quieren hablar, reivindicar y se celebran varias huelgas generales.

En plena Transición, pocos meses después de la muerte del dictador, al amanecer del 3 de marzo de ese año pasa a la historia conocido como 'los sucesos de Vitoria' o también 'la matanza de Vitoria'. Miles de trabajadores reunidos en un asamblea en la iglesia de San Francisco del barrio de Zaramaga y una orden clara de Manuel Fraga, entonces ministro responsable de las fuerzas del orden: había que sacarlos del templo como fuera, incluso tirando a matar.

La sangre cubrió las calles. Cinco trabajadores murieron y más de un centenar resultaron heridos. El franquismo seguía matando después de muerto. "En aquel momento tenía 20 años y trabajaba en la empresa Cegasa, donde se hacían las pilas", cuenta Andoni Txasko, portavoz de Martxoak 3 Elkartea - Asociación 3 de marzo desde el lugar donde sucedió todo, ahora convertido en historia viva de la nunca debió pasar. "Estaban pidiendo solidaridad y expresando la necesidad de colaborar para mantener la huelga de sus compañeros", explica.

"La represión que se estaba dando en Euskal Herria era muy grande. Había asesinatos, torturas, muertes en controles de Policía... solíamos salir también en manifestaciones. Al igual que lo hacíamos por motivos laborales, también lo hacíamos por motivos políticos porque estábamos viviendo que, aunque ya no estaba Franco, el franquismo seguía imperando", agrega.

El falso reformismo de Fraga

Los trabajadores reunidos en asamblea pretendían llegar al centro para manifestarse, pero la Policía, enviada por Fraga, tomó la zona. "Bajaban de los Jeeps y donde veían un grupo de 3 ó 4 personas, pues iban a disolverlos. La Policía (conocidos entonces como los grises) empezó a disparar, botes de humo, pelotas...", cuenta Iñaki Martín, representante sindical en aquel fatídico momento. Los tiros comenzaron y con ellos los heridos. Iñaki pudo ver cómo uno de sus compañeros recibía un disparo en la aorta. Se salvó por los pelos.

De aquello se ha estudiado hasta en las universidades. Los movimientos de un Fraga que se había vendido como clave del reformismo y que no cumplía expectativas llamaron la atención de muchos. "Fraga es un hombre contradictorio porque en un momento dado ha sido la gran esperanza blanca del reformismo dentro del propio régimen franquista, pero cuando tiene la oportunidad no cumple con esa expectativa porque es un hombre de talante muy violento", relata Antonio Rivera, catedrático de Historia Contemporánea de UPV/EHU.

"Siempre le había acompañado esa frase de 'la calle es mí' o, en el caso concreto de Vitoria, el definir la situación como un ensayo para la declaración de un soviet. Se corresponde poco con lo que podría ser una mentalidad de aperturista o liberal, como así se decía", asevera. "Fraga tiene un reconocimiento como padre de la democracia y de la Constitución y debería pasar a la historia como un azote de las libertades y de los derechos humanos, y toda expresión de reconocimiento se le debería retirar automáticamente", concreta, además, Andoni.

Él vivió de primera mano lo que pasaría a la historia como una auténtica batalla. "La represión que se produjo fue brutal desde las primeras horas de la mañana. Me tuve que refugiar en una iglesia. Entramos unas 25 ó 30 personas y la Policía entró con todo el armamento de antidisturbios, todo el armamento de guerra y nos instó a salir", recuerda. "Menos mal que el párroco de la iglesia nos sacó por una puerta falsa que daba al comedor social y pudimos escapar", sentencia.

El papel de la Iglesia durante la Transición también fue clave, eran muchos los párrocos que actuaban en favor de los trabajadores. Entonces de poco sirvió. testigos como Andoni cuentan cómo la Policía entró en el templo para desalojarlo directamente disparando y lanzando gas. Según afirman miembros de los sindicatos de entonces, como Iñaki, las protestas de trabajadores no solo se daban en Euskadi, en los polígonos de Madrid también salían.

"Pensaban que nos íbamos a cansar, que estaríamos unos dos o tres días de huelga, pero que volveríamos con las orejas gachas y tal. A medida que esto avanzaba, que pasaba un mes y no se arreglaba, empezaron a preocuparse un poco más. Y fue cuando de alguna manera empezaron también a exigir al Gobierno civil y a los Policías...", apunta.

Y de ahí a la matanza en Vitoria, los disparos, el gas... y una iglesia con una única salida. "Se sembró el pánico porque la gente no podía respirar. Se rompieron algunas ventanas para poder respirar de alguna forma y empezaron a salir. Lo que ocurría era que fuera de la iglesia estaba la Policía con armas de fuego y de hecho yo les vi disparando con fuego raso, por tanto, a la masa", dice Iñaki.

"Aún tiene que hacerse justicia"

"Tratamos de tirarles piedras y ladrillos o lo que podíamos porque había una hilera de policías y, según salían, estaban moliendo a palos y no solamente eso, sino que además empezaron a disparar", añade el sindicalista. Fraga envió allí 200 policías, muchos de ellos quedaron atrapados por su propio operativo. Al día siguiente de la masacre volvieron a salir a las calles a condenar todo lo sucedido. Nada pudo callar al pueblo amedrentado por un franquismo que no terminaba de irse.

Nerea Martínez, sobrina del asesinado Pedro María Martínez Ociovio, cuenta lo vivido por su tío. "Vio cómo la policía dejó entrar a los trabajadores a la iglesia, vio cómo la cercaban, vio cómo lanzaban los botes de humo y, cuando la gente estaba intentando salir porque no podía respirar y los estaban moliendo a palos y a tiros, él dijo: 'Tengo que bajar, tengo que ayudar, mis hermanos están dentro". Lo asesinaron allí mismo.

Años más tardes, la ley de amnistía hizo que estos crímenes prescribieran pese a que Pedro maría y otros tantos murieron a manos de un franquismo supuestamente ya desaparecido. Cincuenta años después los que lo vivieron y sus familiares no olvida. "Creo que aún se debe hacer justicia. Es importante que todos los crímenes de lesa humanidad, tal como ampara la legislación internacional, tengan la justicia, la reparación, las garantías de no repetición y estos crímenes no pueden ser amnistiados y nunca prescriben", sentencia Nerea.

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