73 segundos fatales
Cuando la presión, el contrato millonario y la fama se impusieron a la seguridad: la historia del Challenger
La otra cara Horas antes del despegue, los ingenieros advirtieron que la junta tórica del cohete podía fallar por el frío extremo. Ni la NASA ni la empresa quisieron escucharlos; la seguridad quedó en segundo plano y la tragedia resultó inevitable.

El 28 de enero de 1986, el transbordador Challenger explotó apenas 73 segundos después de despegar y siete personas perdieron la vida. Una tragedia que, según muchos, se podía haber evitado.
El físico Richard Feynman lo demostró con algo tan sencillo como aterrador: con unos alicates sacó una junta tórica de goma de una maqueta del Challenger y la sumergió en un vaso con agua y hielo. Al sacarla, la goma no recuperó su forma. Exactamente, lo que le pasó a la junta del propulsor derecho del Challenger: aquel frío extremo de la mañana deformó la goma, perdió elasticidad y dejó escapar gases que provocaron la llama que perforó el tanque externo… y la explosión del transbordador.
Lo más inquietante es que esto no pilló por sorpresa a los ingenieros. Cinco años antes, en el segundo vuelo de este tipo de cohete, ya habían detectado que las juntas podían fallar en condiciones extremas y lo habían documentado por escrito. Incluso la noche antes del lanzamiento, al ver que las temperaturas eran las más bajas registradas para un despegue, los ingenieros alertaron a sus jefes y a la NASA. Nadie les hizo caso.
¿Por qué? Porque había mucho en juego. Por un lado, un contrato millonario con penalizaciones de 10 millones si había problemas con los cohetes. Por otro, la NASA quería recuperar la atención del público por los viajes espaciales, que habían perdido fuerza. Y, sobre todo, este lanzamiento estaba diseñado como un espectáculo mediático: Christa McAuliffe, una profesora de instituto elegida entre más de 11.000 candidatos, iba a ser la primera civil en viajar al espacio.
La presión fue más fuerte que la prudencia. Los ingenieros habían detectado el riesgo, lo habían escrito y advertido, pero ni la empresa responsable de los cohetes ni la NASA quisieron detener el lanzamiento. Meses después, la Comisión de Investigación presidida por Reagan dejó claro que el accidente fue "una catástrofe enraizada en la historia" y que la cultura organizativa de la NASA había sido determinante.
No hubo juicios ni culpables directos, pero la tragedia cambió los protocolos: desde entonces, cualquier objeción técnica debe llegar directamente a los responsables finales del lanzamiento, para que una decisión de riesgo no vuelva a repetirse.
El Challenger sigue siendo un recordatorio de hasta dónde puede llegar la presión, la ambición y la negligencia, y de que algunas tragedias, aunque anunciadas, todavía pueden sorprender al mundo.
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