'Está todo inventado'
De la acampada de sol al 'motín de Esquilache': Mikel Herrán recuerda otros momentos en que el pueblo se alzó contra sus dirigentes por la especulación
A raíz de la acampada de Sol por la vivienda, Mikel Herrán analiza sus dos motines históricos favoritos, el de Esquilache y el de la trucha, para contar cómo la gente tomó las calles para lograr algo más justo.

La acampada de Sol no es la primera vez en la historia en que la población se planta ante sus dirigentes, tal y como cuenta Mikel Herrán en El Intermedio, donde analiza dos de sus motines históricos favoritos.
El primero de ellos es el motín de Esquilache, que ocupó todo Madrid en 1766. En el instituto, señala, "se nos enseña que fue casi por una tontería, porque un ministro italiano de Carlos III prohibió las capas largas y los sombreros de ala ancha". Aunque ese fue el detonante, el historiador apunta que la verdadera causa fue la especulación con bienes de primera necesidad.
Un año antes del motín, el rey, por consejo de Esquilache, había suprimido la tasa de granos que ponía un tope al precio de los cereales, por aquel entonces la base de la dieta. Esto dio rienda suelta a los llamados 'acaparadores de grano', nobles mercaderes y miembros del clero que se dedicaban a acumular el grano que cobraban de las rentas para esperar a que hubiese una escasez y malas cosechas y venderlo a precios desorbitados.
El mismo mes que estalló el motín, el precio del pan había subido tanto que un jornalero tenía que usar todo su sueldo para comprar un kilo de pan. "La gente no podía vivir y lo de las capas no fue más que la gota que colmó el vaso", apunta Mikel.
El motín atacó el palacete del ministro, recorrió todo Madrid y se plantó delante del recientemente construido Palacio Real con una lista de exigencias, de las cuales la primera era echar a Esquilache y a otros ministros extranjeros. Las siguientes eran medidas para bajar el precio de los comestibles. Además, acompañaron la lista con una amenaza: si no aceptaban, 30.000 personas entrarían en el palacio y lo harían astillas en dos horas.
Esto es lo que se llamaba un motín de subsistencia, que ocurrían muchísimo hasta el siglo XIX por las malas cosechas, pero también por la especulación con el grano a manos de unos pocos. La revuelta se extendió por el resto de España y aunque las capas largas acabarían desapareciendo, se impuso el control de los precios de alimentos para evitar esos ciclos de escasez artificial.
El 'motín de la trucha'
El otro motín favorito de Mikel ocurrió en Zamora y es el llamado 'motín de la trucha'. En torno al 1168, un pescadero estaba vendiendo la última trucha que tenía en el mercado a un zapatero.
Entonces llegó un criado de Gómez Álvarez de Vizcaya, un noble de la villa de Zamora, que exigió que se la dieran a él porque por algo es noble. De repente, comenta el historiador, "se lía una por la trucha que ni en la aldea gala de Asterix". Los nobles deciden arrestar al zapatero y reunirse en la iglesia de Santa María para tomar una decisión sobre qué hacer, pero los habitantes de Zamora deciden actuar primero y queman la Iglesia con todos los nobles.
Un tiempo después, surgiría la leyenda de que para evitar el sacrilegio, la hostia consagrada salió volando de la iglesia en llamas para refugiarse en la de al lado. Lo que sí se sabe seguro es que para evitar represalias, el pueblo de Zamora huyó a la frontera con Portugal y desde ahí escribieron al rey Fernando II de León para pedirle perdón. Si no accedía, amenazaban con marcharse a Portugal y el rey se quedaba sin súbditos que le pagasen los impuestos y le trabajasen las tierras.
Como los zamoranos "no se andaban con chiquitas", el rey finalmente acabó dándoles la razón y perdonándoles.
Dos ejemplos de muchos motines, como el de las 'verduleras' de Madrid de 1853, protagonizado por mujeres pobres, muchas de ellas madres solteras, o el de los 'gatos', que no tuvieron miedo de tomar las calles e incluso causar algo de destrucción para construir algo más justo.