Las recientes declaraciones de Vladimir Putin han reafirmado la postura de Rusia, demostrando que el país está preparado para un escenario de guerra nuclear. Frente a esto, la OTAN, y especialmente EEUU, no se quedan atrás, manteniendo desde hace años armamento nuclear en territorio europeo. Este ajedrez de poderes atómicos sitúa al mundo en una tensa espera, cuestionando la seguridad internacional y reviviendo los temores de la Guerra Fría.

Pese a la escalada retórica y la gravedad de la situación, los expertos en defensa se muestran cautelosamente optimistas, calificando el riesgo nuclear actual como mínimo. Sin embargo, subyace un consenso preocupante sobre la dificultad de retroceder una vez se cruzan ciertos límites, apuntando a la posibilidad de una escalada hacia un conflicto total. Las posibilidades de un error de cálculo por parte de la OTAN o de derrotas significativas para Rusia añaden una capa de incertidumbre a este delicado equilibrio.

La naturaleza de un hipotético ataque nuclear ruso varía desde operaciones tácticas dirigidas a objetivos militares específicos hasta ataques estratégicos contra centros urbanos. La brutalidad de tal estrategia, reminiscente de la potencia devastadora exhibida en Hiroshima y Nagasaki, resalta el potencial destructivo de las armas nucleares modernas, capaces de multiplicar por 10 o 20 veces la fuerza de aquellas bombas. Este escenario catastrófico, además de causar una destrucción inimaginable, buscaría forzar una escalada rápida para luego negociar desde una posición de fuerza.

Mientras el continente europeo alberga armas nucleares estadounidenses y Francia mantiene un arsenal propio, el debate sobre si Europa debe desarrollar su capacidad nuclear independiente cobra relevancia. Alemania ya ha iniciado conversaciones al respecto, aunque, por ahora, la dependencia de la protección nuclear estadounidense predomina.