Cuando suena el despertador cada mañana, el afgano Sayed Ahmad Shah Sadaat aún sonríe. El ingeniero, formado en Oxford, el que fuera ministro técnico a cargo de la cartera de Comunicaciones y Tecnología de la Información, se levanta, se viste, agarra el casco y coge la bici. ¿Para dar un paseo por Kabul? No, ir para trabajar.

Concretamente en Leipzig, Alemania. Concretamente, como repartidor de comida a domicilio.

La historia de Sayed no es un caso único, pero sí paradigmático. Tras el éxodo humanitario propiciado por la toma de Afganistán por parte de los talibanes, muchos ciudadanos piden refugio en otros países y se agarran a cualquier puesto disponible para poder trabajar y ganarse la vida. Aunque estén altamente sobrecualificados.

Huyó a Alemania en 2020

Sayed pedaleaba tranquilamente entre pedido y pedido cuando un reportero del periódico Leipzig Volkszeitung le descubrió. Había llegado a Alemania sin hacer ruido, en 2020, cuando, ante el avance talibán, decidió dejarlo todo y salir de su país.

Nada importaba, no al menos tanto como su propia seguridad y de los suyos. Daba igual su influencia, su agenda de contactos internacionales tras años de negociaciones con otras potencias para impulsar las comunicaciones en Afganistán. Tampoco tenía mayores ahorros derivados a cuentas internacionales.

Tan sólo contaba con su historial de trabajo, plagado de proyectos liderados por él, como, por ejemplo, el apoyo a la puesta en órbita del satélite SaarcSadaat o la actualización de las líneas de telecomunicación con la creación de redes móviles en el entorno rural. De hecho, su ministerio ha cambiado aproximadamente 45.000 teléfonos fijos y ha dado acceso a redes móviles a alrededor de 10 millones de personas en Afganistán.

 

Espera trabajar de lo suyo, pero, mientras, reparte

Formaba parte del gobierno de Ashraf Ghani, el presidente de Afganistán hasta su huida hace apenas unos días, desde el año 2018, pero dimitió en 2020. En diciembre ya estaba en el aeropuerto. Sayed lo dejó todo atrás, cogió sus ahorros, a sus seres queridos y se montó en un vuelo dirección Alemania. Y desde entonces.

Llegó al país teutón y solicitó asilo. Así, en calidad de refugiado, como otro cualquiera, las autoridades locales le buscaron un empleo y él accedió. Aunque no fuese su área. Aunque no tuviera experiencia.

Su expectativa es poder acabar trabajando en Deutsche Telekom, la empresa alemana encargada de las telecomunicaciones y la mayor proveedora a nivel europeo. Eso sí, cuando aprenda alemán, algo que ya está estudiando.

"No me avergüenzo de mi trabajo"

Lo cierto es que currículum no le falta: tiene dos masters, uno en comunicaciones y otro en ingeniería electrónica, ambos por la Universidad de Oxford. De momento, y tras conocerse su caso, la aplicación de reparto para la que trabaja ya le ha ofrecido pasar de repartidor a trabajar en la comunicación de la empresa.

Él dice ser feliz. Así lo expresó al reportero del periódico alemán. "Ahora llevo una vida sencilla", adujo. "Me siento seguro en Alemania: la policía no es corrupta, ni la política, y por eso me siento seguro aquí".

"Para avanzar en la vida, hay que trabajar. No me avergüenzo de mi trabajo y no me siento inferior. No creo que los afganos se avergüencen de tener un exministro trabajando, pero sí lo harían si recibiera dinero social", indicó.