
Gueorgui Gospodínov
Traducción: María Vútova
Editorial: Impedimenta
Año de publicación original: 2010
¿Por dónde empezar a hablar de Gospodínov? Quizás lo más sencillo sea decir que entrar en sus libros es como volver a abrir la puerta de la casa de tus padres, del hogar de la infancia. Con tan solo un par de páginas reconoces los olores, te cobijas en las sombras, tu cuerpo se amolda a las superficies y las texturas de sillones, butacas y sillas.
Su capacidad para despertar sentimientos en el lector la alcanza gracias a un soberbio manejo del tiempo
Porque Gospodínov, como los buenos recuerdos, te hace sonreír imperceptiblemente. Y en mitad de esa sensación placentera surge un golpe, como una piedra lanzada en mitad de un lago. Una perturbación de la calma que se acerca a ti en forma de ondas, ampliando su recorrido y su intensidad cada vez más, hasta golpearte con fuerza y dejarte empapado emocionalmente.
Y esa capacidad para despertar sentimientos en el lector la alcanza el escritor búlgaro gracias a un soberbio manejo del tiempo. Del peso del pasado en el presente, del poder de la memoria y del drama de perderla. Es un viajero en el tiempo, Gospodínov, y así va a conseguir que le den el Premio Nobel por fin a un escritor de su país.
Literatura búlgara
Es tal el peso de su obra que ha conseguido despertar en mí el interés por la literatura búlgara. Contando historias tan particulares, tan locales —y a la vez tan universales, por supuesto— ha provocado que me interese por otros autores y autoras que describen esa misma realidad desde otro punto de vista.
Es tal el peso de la obra de Gospodínov que ha conseguido despertar en mí el interés por la literatura búlgara
Así, gracias a editoriales como La Tortuga Búlgara o Automática, hemos conocido en los últimos años a Yordanka Béleva y su apasionante libro de relatos Los erizos salen de noche, a Eminé Sadk y su divertidísima Caravana para cuervos o la triste historia de Aleksándr Vutimski, un autor de entreguerras que falleció de tuberculosis a los 24 años tras haber dejado una fascinante novela inacabada, Ojos que lloran.
Todos estos autores nos hablan de un pueblo orgulloso, con una alta capacidad para sufrir, presa de los vaivenes geopolíticos que ha padecido el este de Europa a lo largo de los últimos 125 años. Una nación atravesada por la guerra y el comunismo, que dejó profundas heridas pero que ellos se han empeñado en ocultar con estoicismo y sonrisas hospitalarias.
Física de la tristeza
En Física de la tristeza, Gospodínov recorre ese siglo tras los pasos de su abuelo y sus padres, entrando y saliendo de recuerdos como quien visita a familiares en un hospital donde conociera a todos los pacientes. Creando así una especie de laberinto de memoria en el que perderse y encontrarse es, al final, lo mismo.
Todo comienza con la visita de su abuelo, que es él también —porque se cuela en los recuerdos de quien quiere, este protagonista curioso—, a una feria en la Bulgaria rural de los años 20 del siglo XX. Allí se encuentra cara a cara con un niño con cabeza de toro. Mientras un maestro de ceremonias cuenta, a su manera, el mito del Minotauro, el abuelo —y el nieto— sufren una fuerte impresión.
El autor va colándose en recuerdos y realizando así un retrato familiar e histórico de todo el siglo XX
Aquel monstruo, creado y escondido en el laberinto del Palacio de Cnosos para generar pavor, puesto en aquella carpa como atracción terrorífica, genera una profunda tristeza en aquel joven de doce años. Tanto que le deja mudo por varias semanas, incapaz de explicar qué le ha ocurrido en aquella feria.
Y en ese silencio y esa tristeza, surge una profunda empatía que atraviesa todo el libro. Empatía hacia el Minotauro, que es más víctima que verdugo y hacia todos sus familiares. Gracias a ella el autor va colándose en recuerdos, compartiendo emociones y realizando así un retrato familiar e histórico de todo el siglo XX búlgaro y, por tanto, europeo.
La puerta de 'Las Tempestálidas'
Esta novela, publicada originalmente en 2010 y traída a España por la editorial Fulgencio Pimentel en 2018, es un paso previo en fondo y forma a Las Tempestálidas, la novela que cambio el rumbo de Gueorgui Gospodínov, publicada en 2020, que ganó el Booker Internacional y el Strega italiano —dos de los galardones más importantes de la literatura europea—.
La memoria, los recuerdos y la reflexión sobre cómo nos afecta el paso de los años y cómo nos relacionamos con este imperativo ocupan el centro del relato en ambas historias, convirtiendo a este búlgaro en todo un viajero temporal, en un cruzado de la memoria, por cuya defensa recorre los más lejanos espacios.
¿Cómo no va a ganar el Premio Nobel de Literatura un escritor así? ¿Qué más necesitáis?
Además, en 2024 publicó el libro de autoficción El jardinero y la muerte, un precioso texto en el que narraba los últimos años de su padre y el proceso del duelo tras su muerte. De nuevo los recuerdos de su infancia, de nuevo el viaje en el tiempo al zambullirse en sus páginas. De nuevo el regreso a la casa familiar, los olores conocidos, las sombras protectoras.
¿Cómo no va a ganar el Premio Nobel de Literatura un escritor así? ¿Qué más necesitáis?
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