En laSexta Columna

Estados Unidos en Irán: ¿La resistencia no estaba prevista?

¿Por qué es importante? La nueva guerra en Oriente Próximo responde a una peligrosa máxima de la administración Trump: la soberbia. El régimen de los ayatolás está oponiendo más resistencia de la prevista por Washington, y ahora quienes impulsaron el conflicto se enfrentan a una disyuntiva incómoda: seguir tensando la cuerda o dar marcha atrás y admitir el error. Esta semana, en La Sexta columna, analizamos los entresijos de un conflicto que amenaza con enquistarse.

La nueva guerra en Oriente Próximo responde a una peligrosa máxima de la administración Trump: la soberbia. El régimen de los ayatolás está oponiendo más resistencia de la prevista por Washington, y ahora quienes impulsaron el conflicto se enfrentan a una disyuntiva incómoda: seguir tensando la cuerda o dar marcha atrás y admitir el error.

El sudor me empapa la espalda en el coche compartido, destartalado, que serpentea por las montañas camino de Halabja, una pequeña ciudad iraquí encajada en los márgenes de la historia. Es octubre, pero aquí el verano se resiste a morir hasta bien entrado noviembre, cuando la nieve cae sin tregua y borra cualquier rastro de polvo. Durante el trayecto, entre mi torpeza en kurdo y la ausencia total de cobertura, tomo verdadera conciencia del lugar al que me dirijo: Halabja está a apenas catorce kilómetros de la frontera con Irán. Una frontera que hoy vuelve a oler a guerra, aunque, en realidad, nunca dejó de hacerlo.

El 16 de marzo de 1988, el régimen de Saddam Hussein bombardeó la ciudad con armas químicas. Miles de personas murieron asfixiadas en cuestión de horas. Estados Unidos, plenamente consciente de que Irak empleaba este tipo de armamento, optó por mirar hacia otro lado. No solo eso: llegó incluso a difundir que el ataque había sido perpetrado por Irán. La mentira, como la guerra, también deja poso. También tiene memoria.

Cuando bajo de esa tartana —probablemente más vieja que yo—, no puedo evitar girarme un instante, casi esperando encontrarme con el DeLorean de Doc. Frente a mí se despliega un lugar ajeno al tiempo. Nunca he visto una cabra cruzando la calle, pero aquí está. Nunca he visto un acuario improvisado en la caja de una pick-up, y sin embargo, también está. No tardo en entenderlo: es día de mercado. Todo vibra en un caos hermoso, una coreografía desordenada que lo ocupa todo. Nadie parece reparar en mi presencia, como tampoco parece importarles que viven en una de las regiones más inestables del planeta. Es su hogar.

Han pasado ya algunos meses desde este viaje mientras escribo estas líneas, y lo entiendo mejor: nadie parecía anticipar entonces lo que vendría después a ambos lados de esa frontera tensada al límite. O quizá sí, pero simplemente han aprendido a convivir con ello.

Acabo compartiendo mesa con varios iraníes que me invitan a comer. Les intriga mi presencia, aunque más extraño me resulta a mí encontrarme aquí, con apenas veintidós años. Entre gestos, palabras sueltas y silencios, consigo entender que algunos viven en Halabja; otros, como yo, están de paso. Cuando pregunto por la guerra con Irak en los años ochenta —el motivo que me ha traído hasta aquí—, no hablan del pasado. Hablan del futuro. Cuentan que desde entonces viven esperando un ataque de Estados Unidos.

No lo plantean como una posibilidad, sino como una certeza. Saben que el régimen de los ayatolás no es del agrado de Washington, ni siquiera del de muchos de ellos, y que el golpe, tarde o temprano, acabará llegando.

Por eso no me sorprende, meses después, leer una mañana de sábado la agresión de la administración Trump en el periódico. Lo entiendo como lo que es: un error. Irán no improvisa. Lleva décadas preparándose para ese momento, para enfrentarse a lo que llaman el 'Gran Satán'. Desde la Revolución Islámica, el conflicto con Estados Unidos nunca ha sido una hipótesis, sino una previsión estratégica.

Como explica Alba Leiva, analista de El Orden Mundial: "Irán lleva preparándose prácticamente desde la Revolución Islámica. Calculaban que, de alguna forma, Estados Unidos iba a ir contra ellos [...] Podemos decir que es una profecía autocumplida".

Es una de las principales razones por las que Washington ha caído en lo que en materia estratégica se conoce como "Scalation Trap": "La trampa de la escalada es una teoría por la cual los países atacantes acaban en una espiral de violencia que no han previsto [...] Estados Unidos ataca a un país aparentemente más débil pero que, gracias a las estrategias que implementa, acaba llevándole a tener que seguir respondiendo. Le obliga a incrementar la fuerza con la que lo hace, por lo que acaba debilitado, agotando capacidades y enfrascado en un conflicto que termina perjudicándoles", explica Leiva.

A estas alturas del conflicto, lo evidente es que la administración Trump ha subestimado la resistencia iraní. El régimen de los ayatolás ha sido descabezado, sí, pero la estructura que sostiene su continuidad es férrea.

La pregunta, entonces, es incómoda: ¿de verdad el presidente de la principal potencia del mundo estaba mal asesorado? ¿O decidió ignorar aquello que no encajaba con su propio relato? Vietnam no es solo un recuerdo incómodo: es un espejo. Entonces, Estados Unidos subestimó a un adversario que acabó desbordando todas sus previsiones. Hoy, el error es aún más grave: Irán ha sido subestimado pese a décadas de análisis y advertencias. La administración Trump no ha fallado por falta de información, sino por creerse su propio guion, su propia ficción hollywoodense.

No era la primera vez que esa ficción se ponía a prueba. En 2002, durante el ejercicio militar Millennium Challenge, Estados Unidos simuló un conflicto contra un enemigo asimétrico, inspirado en un país del Golfo Pérsico sin especificar. El resultado fue incómodo: derrota rápida y contundente. ¿La solución? Cambiar las reglas: "Se forzó a los mandos del equipo contrario para que se ajustasen a un guion y todo saliese según lo previsto. Esa manipulación de resultados dentro de una simulación como podía ser el Millennium Challenge es hacerse trampas al solitario. En este caso no podemos hablar de que no se sabía lo que hay enfrente, porque es algo que se ha analizado muchas veces" concluye Alba Leiva, analista de El Orden Mundial.

Me alejo de conceptualizaciones y datos mientras vuelvo a pensar en Halabja. En aquel mercado caótico, en las cabras cruzando la calle, en los hombres que compartían mesa conmigo y hablaban del futuro como si ya estuviese escrito. Ellos no necesitaban simulaciones. No entienden de geoestrategia, de armas con IA ni de palabrería erudita, pero llevan décadas viviendo en ese margen donde la guerra no es una hipótesis, sino una certeza latente.

Quizá ahí está la diferencia. Mientras Washington juega a anticipar escenarios, hay quienes llevan toda una vida habitándolos. Mientras unos ajustan modelos para que encajen con su relato, otros aprenden, simplemente, a sobrevivir a sus consecuencias.

Porque, al final, la verdadera trampa no es solo la de la escalada. Es la de creerse que la guerra puede predecirse, controlarse o, peor aún, ganarse sin pagar su precio. Y ese precio, como siempre, se mide en vidas y en lugares como Halabja, aunque a veces se nos olvide: en personas que, mucho antes de que empiece la siguiente guerra, ya saben que acabará llegando.

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