Van a fiestas clandestinas, se saltan los cierres perimetrales, llevan la mascarilla en el mentón e infringen sistemáticamente las recomendaciones sanitarias. No son negacionistas de la pandemia, pero se comportan como perfectos idiotas. Se les ha apodado 'covidiotas'.

Señalar a los irresponsables responde a un fenómeno que se denomina moralización: consiste en considerar un asunto como moral, es decir, hacer una distinción entre qué está bien y qué está mal. La moralización ha sido útil sobre todo en las primeras fases de la pandemia. Es una forma de despertar el orgullo de quien sigue las recomendaciones sanitarias y de disuadir a quien se plantea no seguirlas para que sí lo haga, aunque sea por vergüenza.

El problema de la moralización es que a la larga fomenta la clandestinidad y la reactancia psicológica o efecto búmeran. Los comportamientos irresponsables se siguen produciendo pero se ocultan, lo que dificulta el rastreo y la detección de casos encubiertos. También se fortalecen los comportamientos reactivos, los que se vanaglorian de saltarse las normas: "A quién le importa lo que yo haga".

Para que la moralización de la pandemia sirva realmente para algo debe ir acompañada de alternativas realistas y de la argumentación rigurosa de las medidas sanitarias. Por ejemplo, el "Yo me quedo en casa" del inicio de la pandemia fue útil, pero no es realista pedirle a la gente que se mantenga aislada indefinidamente. Hay que proponer alternativas, como los confinamientos cortos y bien delimitados, o permitir las quedadas en grupos reducidos en espacios abiertos, con mascarilla y distancia. Y sobre las recomendaciones sanitarias, además de la enumeración hay que ofrecer una explicación científica: por qué protegen las mascarillas, la higiene de manos o la distancia. Así es cómo las obligaciones se entienden como elecciones libres.

Sobre todo esto hay antecedentes y estudios en materia de salud pública: cómo han funcionado las diferentes campañas de tráfico a lo largo de la historia o las estrategias para disuadir del consumo de drogas. Todo lo que se ha aprendido a lo largo de la pandemia del sida/VIH también debería servir para esta.

En los primeros años de la pandemia del sida, el consejo de salud principal que recibían los hombres homosexuales era el de evitar el sexo. En 1983, los activistas Richard Berkowitz y Michael Callen, con la ayuda del virólogo Joseph Sonnabend, publicaron el documento "Cómo tener relaciones sexuales en una epidemia", reconociendo por primera vez que el sexo es una necesidad vital y que por tanto la abstinencia no puede ser el único enfoque sanitario. El documento ofrecía algunas pautas para que las relaciones sexuales fuesen más seguras, explicando cómo se debían usar los condones y qué actividades sexuales tenían mayor riesgo de contagio.

En materia de salud pública se sabe desde hace décadas que recomendar la abstinencia sexual es inútil, sobre todo a largo plazo. Asimismo, desaconsejar todo contacto social no mantendrá a raya al coronavirus, al menos no para siempre. Además de las dificultades económicas, el confinamiento puede dañar gravemente el bienestar psicológico, especialmente para las personas que ya padecían depresión o ansiedad. Las encuestas revelan que casi la mitad de la población siente que la pandemia ha afectado a su salud mental, lo que se conoce como fatiga pandémica.

Uno de los peligros de la moralización es que se puede caer en la dicotomía de blancos y negros, sin dejar lugar para los grises. El riesgo no es binario. No existen solo dos opciones: confinamiento indefinido o vuelta a normalidad y sálvese quien pueda. El enfoque de todo o nada altera la vara de medir: algunas personas pueden obsesionarse con fuentes de contagio poco probables, como los alimentos, mientras subestiman las precauciones más importantes, como las mascarillas, la ventilación o la distancia. Sin un enfoque matizado del riesgo, el mensaje de que solo el aislamiento vale puede estigmatizar inadvertidamente cualquier reducción del riesgo inferior al 100%.

La moralización es un fenómeno serio y de gran utilidad. Pero no debe entenderse como una vía libre para dar rienda suelta a los odios y al escarnio público. Avergonzar a las personas por su comportamiento puede ser contraproducente si no se acompaña de una alternativa y un discurso razonado. Como han demostrado años de investigación sobre la prevención del VIH, la vergüenza no sirve para eliminar los comportamientos de riesgo, simplemente los llevan a la clandestinidad. Incluso hoy en día en las consultas médicas muchos hombres homosexuales dudan en revelar su historial sexual debido al estigma.

Berkowitz y Callen sabían que la abstinencia indefinida no era realista y, en lugar de avergonzarles, les ofrecieron alternativas que disminuyeran el riesgo de transmisión del VIH. Esto se conoce como "modelo de reducción de daños". Se reconoce que es inevitable que algunas personas vayan a correr riesgos y de lo que se trata es de reducir los daños que pueden ocasionar. Este modelo también se puede aplicar en la pandemia de COVID-19.

Cuando el confinamiento indefinido no es una opción, resulta útil ayudar a la gente a conocer el riesgo de cada actividad y así tomar decisiones que de verdad reduzcan los daños. Aún queda mucho por aprender del coronavirus, pero se sabe que las reuniones en casas son muy peligrosas, mientras que los encuentros breves con pocas personas en espacios abiertos y bien ventilados presentan un bajo riesgo de contagio. Por eso las celebraciones de Navidad en casa con no convivientes, aunque fuesen de solo seis personas, han sido una trampa mortal. Habría que haber elegido una alternativa realista de menor riesgo, como un paseo en familia. Quizá haya faltado eso desde las autoridades: presentar una alternativa al todo o nada, en lugar de permitirlo "todo" al mismo tiempo que se recomendaba "nada".

Hay que tener en cuenta que hay casuísticas particulares, como el nivel socioeconómico o la profesión, que dificultan cumplir con todas las recomendaciones sanitarias. Aquellas personas que por su trabajo no pueden llevar mascarilla o mantener la distancia o permanecer en casa, no son covidiotas. A lo mejor hacen lo que pueden. Tampoco son covidiotas todos los que salen a la calle a ver la nieve o quienes viajan para ver a sus parejas o quienes van a ver a sus abuelos. Algunos lo harán por irresponsabilidad y porque las autoridades no lo impiden, otros porque verdaderamente lo necesitan. La línea que separa lo correcto de lo incorrecto a menudo se difumina cuando conoces el contexto de cada persona. No se trata de hacerlo todo perfecto, sino de hacerlo lo mejor posible.

Los irresponsables son aquellos que conocen los riesgos, podrían escoger una alternativa del "modelo de reducción de daños" y aun así eligen deliberadamente saltarse las recomendaciones sanitarias. Han adoptado una actitud reactiva, de hastío y de desdén. Que su actitud tenga un fundamento psicológico no les exime de responsabilidad. Hay límites que no tienen justificación y lo natural es condenarlos. Acudir a eventos multitudinarios, llevar la mascarilla de riñonera, o viajar al centro de Madrid en plena borrasca Filomena para participar en una batalla de bolas de nieve está mal. En eso también consiste la moralización, en delimitar qué es lo que está indudablemente mal de lo que no.

Retomando el ejemplo de la pandemia de VIH, la moralización ha ido evolucionando. Al principio todo aquello que no fuese la abstinencia sexual se consideraba irresponsable. No se puede prohibir el sexo, así que una alternativa realista que se propuso fue practicarlo con condón. Lo irresponsable sería practicar sexo sin protección: es un riesgo para uno mismo y para la pareja. Algo similar sucede en la pandemia de COVID-19. La abstinencia sexual sería el equivalente al "quédate en casa": el confinamiento solo es asumible por breves periodos de tiempo y en caso de extrema necesidad. Al inicio de la pandemia la moralización estaba muy bien delimitada, tanto es así que todos éramos "héroes" por quedarnos en casa, y al poco tiempo ya había héroes convertidos en "policías de balcón".

Señalar a los irresponsables no debe entenderse como una forma de fomento del odio o utilizarse como una perversa forma de entretenimiento. Tiene un fundamento filosófico, psicológico y social que favorece la adherencia a los comportamientos ejemplares. Pero para que no sea contraproducente, se deben ofrecer alternativas realistas y explicaciones argumentadas, de lo contrario la moralización no sirve de nada. Las alternativas deben ser concretas: qué se debe hacer y qué no, y por qué, cuál es el argumento científico que las respalda. Las autoridades deberían ofrecer esta información, de lo contrario cada cual adaptará las recomendaciones sanitarias a lo que sepa o a lo que le convenga. Y ya hemos visto a qué conduce eso.