Una carrera de más de 20 años
Manuel Carrasco, sobre cómo ha cambiado su vida desde sus orígenes humildes al estrellato: "Estoy fuera del tiesto con quien tiene mucho dinero"
El cantautor de Isla Cristina (Huelva) admite que su vida cambió después de su paso por Operación Triunfo. Él se crió en un barrio en el que nadie había ido a la universidad y en una casa de una habitación dormía toda su familia. Hoy, todo es muy diferente, pero no olvida sus orígenes.

"Yo fui el único de mi casa que pasé la EGB, digamos. Y la pasé sin repetir, además. Mis hermanos no terminaron la EGB", le cuenta Manuel Carrasco a Jordi Évole en un pub de Londres. El entrevistador y el entrevistado ya se han tomado un par de cervezas y llega el momento de las confidencias. Carrasco habla de su infancia, de su familia, de su barrio y de sus raíces. "Fue como una derrota temprana, por lo que vivía, por lo que veía... Como que no había esperanza para llegar a más. Esa era la sensación que yo tenía", rememora en el primer programa de la nueva temporada de Lo de Évole.
La familia de Manuel Carrasco
El cantante se crio en un patio de vecinos y los siete -sus padres, sus hermanos y él- dormían en una misma habitación. "Normalmente íbamos a los trabajos duros para ganarnos unas perras, porque en casa había muy poco", asegura. La situación mejoró cuando, con unos cinco años, la familia se mudó a una vivienda de protección oficial del Instituto Social de la Marina. "Como mi padre era marinero, nos tocó una", dice todavía hoy con ilusión. Para poder pagar las 30.000 pesetas de entrada, su madre tuvo que pedir un préstamo a los vecinos, que regentaban una tienda. "Era un barrio curioso. Todo el mundo venía del mismo gremio: marineros, mariscadores, buscavidas. Años 80, 90. Había de todo, incluida la droga, la heroína. Y lo vivíamos con bastante naturalidad porque no había otra cosa", cuenta.
Su padre, marinero, se iba a faenar durante unos veinte días seguidos, pescando en Marruecos. Dos días en casa y veinte fuera. Carrasco recuerda el miedo constante que sentía cada vez que su padre salía a la mar: "Había naufragios, gente que moría. En mi bloque murió un hombre, en el de enfrente otro. Nunca olvidaré los gritos de las madres y las mujeres de madrugada. Se me ponen los pelos de punta solo de pensarlo. Tenía miedo de que a mi padre le pasara lo mismo".
"Cuando llegaba, había que ir a buscarlo al bar. No era solo mi padre, era algo general", explica, antes de dedicar unas palabras a las madres de aquel entorno y, en especial, a la suya. "Eran ellas las que sacaban todo adelante, y lo siguen haciendo. Mi madre se quedaba sola con cinco hijos. A veces trabajaba en el campo, en la fresa. Siempre ha sido la capitana de la casa. Es de esas madres que no han visto nunca una película entera; a los quince minutos cae rendida, porque no para".
Ninguno de los hermanos tenía claro qué iba a hacer con su vida, pero casi todos acabaron trabajando como pintores junto a su tío, "pintor de brocha gorda". También mariscaban coquinas para venderlas y ayudar en casa cuando eran pequeños. A los ocho o nueve años, un coche atropelló a Carrasco y tuvo que llevar un corsé durante varios años. "Al final ganamos el juicio y nos dieron un millón de pesetas. Después de tanto sufrimiento, ese dinero nos quitó de una fatiga enorme", recuerda, antes de contar entre risas que, con el tiempo, su madre llegó a bromear sobre el asunto y a animarle a cruzar la calle sin mirar.
Su primer sueldo como cantante
El primer dinero que ganó cantando no llegó sobre un escenario, sino sobre la barra del bar al que acudía cuando iba a buscar a su padre al regresar de faenar. "Cantaba fandanguillos y cositas de estas, flamenco. Pasaba el plato directamente. Como la gente ahí tenía dinero porque estaban pagando, estaban en ese momento, me daban el dinerillo. Ese día era fiesta", relata ante Jordi Évole. Carrasco siempre ha sido un buscavidas, y lo sigue siendo.
Hoy, su vida poco tiene que ver con aquella infancia. Vive en una urbanización de Madrid y reconoce que el cambio no ha sido sencillo de asumir. "Yo vivo que no se puede comparar, claro. Yo vivo una vida totalmente diferente. Me ha costado, ¿eh? Me ha costado reconocer incluso la realidad a la que podía adaptarme. Y me ha dado miedo también por mis hijos", asegura. Incluso admite que le dio "vergüenza" comprarse una casa grande y que tardó cerca de diez años en decidirse a comprar un coche. "No me gusta ostentar, no va conmigo eso. Aparte, me veo fuera del tiesto con la gente que tiene mucho dinero. Me siento más a gusto con la gente de siempre", concluye.
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