Ángela se preparaba un doctorado y trabajaba como farmacéutica en un laboratorio del País Vasco cuando se quitó la vida. Tenía 26 años. Escribía poesía y estaba muy interesada en mejorar su salud mental. Padecía un trastorno bipolar que tardaron en diagnosticarle y, hasta entonces, sufrió las vejaciones de un sistema que no supo ayudarla.

Había manifestado en numerosas ocasiones sus pensamientos suicidas, pero pocos habían escuchado sus gritos internos. Había pedido ayuda, había hecho lo imposible por mejorar su salud mental, pero los continuos tropiezos en diversos eslabones de la cadena de su recuperación le llevaron a no ver retorno.

Ella misma se preocupó por mostrar a través de su experiencia la necesidad de incrementar los recursos de la salud mental. Lo hizo mediante el escudo de sus redes sociales, donde dejó mensajes programados después de su suicidio para pedir que nadie más sintiera el abandono que provocó que llegara a una situación de la que no veía salida.

Sin embargo, su denuncia había comenzado mucho antes. Contactaba con asociaciones y expertos en salud mental. Mantenía la esperanza en un sistema que le había fallado. De hecho, en un hilo de Twitter llegó a mostrar las negligencias médicas que había sufrido. Entre ellas, ser diagnosticada con autismo o trastorno psicótico cuando realmente padecía trastorno bipolar y trastorno de estrés postraumático. Errores que pagó con medicaciones que lejos de mejorar su sintomatología le hacían sentir peor.

En otro de los informes, remarcó cómo tras intentar aplacar un episodio mixto le diagnosticaron con ansiedad, y llegaron a indicar que no refería intenciones autolíticas. "Eso es un 'no le he preguntado'", agregaba.

Los psiquiatras insistían en que no padecía psicopatologías agudas y la definían mediante test de personalidad que, según reflejó en sus redes sociales, poco se asemejaban a quién era realmente Ángela.

"Hasta que de no tratar el trastorno bipolar acabé con una psicosis del copón y el diagnóstico fue esquizofrenia", explicaba la joven, que lamentaba todo lo que había tenido que pasar hasta que había recibido el diagnóstico y la medicación adecuada para tratar sus episodios maniaco-depresivos. "No he vuelto a acudir a urgencias ni ser hospitalizada desde que tomo litio", narraba entonces.

Tres días después, Ángela acuñaba un escrito propio en el que explicaba los factores que habían propiciado que llegara al punto de "querer morir". En un folio, escribió por qué había llegado a sentirse "un monstruo". Allí, incluía los malos tratos físicos que su familia ejercía contra ella, las malas experiencias con psiquiatras, las veces que su psicóloga le había sometido a test de personalidad "a la fuerza" o el momento en el que el Fiscal de Menores le echó la culpa de que sus padres la trataran mal.

A raíz de esa sucesión de golpes a su salud mental, Ángela comenzó a perder las ganas de expresarse, a no creer en la ayuda, a hacer invisibles sus virtudes y a sentir, incluso, que el mundo sería un lugar mejor sin su presencia.

Lo que le mantenía viva, explicaba, era "la voluntad de ayudar a otros y cambiar el sistema para que no sufran lo mismo". Fue precisamente su interés por la salud mental lo que le llevó a encontrar a Jesús Arroyo, psicólogo clínico que solía conversar con ella en Twitter.

Le contaba aspectos de su vida personal, le enseñaba algunas de sus poesías y le manifestaba su enfado con los recursos dedicados a la salud mental. "Me decía que la podían atender cada tres meses y que no había una psicoterapia grupal que a ella le pudiera servir", ha explicado a laSexta.

Ángela, como otros muchos pacientes, echaba de menos una atención más rápida y, sobre todo, más humanizada. "Faltan personas que vean la salud mental de otra manera, no solo como una patología. Los pacientes lo que más te dicen es que no quieren ser tratados como enfermos, que les den otras soluciones a sus problemas de conductas o personales para que les orienten, no solo les tapen los síntomas", ha indicado el experto.

A juicio del profesional, además de la necesidad imperiosa de aumentar los recursos ante la falta evidente de personal, también hay que distribuirlos de manera efectiva: "Es necesario que se distribuyan y se organicen bien. Puede haber muchos profesionales y que no estén sensibilizados con determinados temas".

Porque tal y como explica el experto, en ocasiones falta escuchar más al paciente: "Hay muchos profesionales que se centran mucho en ver una lista de síntomas e investigan poco sobre las redes sociales y familiares de estas personas".

"Hay mucho por hacer, desde las políticas hasta nosotros como profesionales", ha señalado. En este sentido, Arroyo ha hecho hincapié en diversos ámbitos: "Hay que dotar de más recursos, pero también formar más sobre el suicidio y hacer más amables los servicios de salud mental para la gente. Todavía hay mucho que trabajar sobre la prevención contra el estigma, porque hay mucha gente a la que le cuesta pedir ayuda porque piensan que lo único que van a recibir es medicación y quizás que un psicólogo te vea cada tres meses".

Ángela se despidió de quienes sí la habían escuchado, y no se olvidó de dejar un mensaje póstumo en defensa de la salud mental. "No ha sido impulsivo, no he avisado a nadie a consciencia. Me ha matado la familia disfuncional, los servicios sociales, el fiscal de menores y, sobre todo, el trato degradante y horrible en salud mental. Sólo quiero descansar, no 'simplemente dejar de sufrir'", expuso en Twitter en un mensaje que programó días después de su muerte.

"Perdí la ilusión por la vida cuando al pedir ayuda no se me escuchaba, culpabilizaba, trato denigrante... muchas veces, muchos profesionales no sólo han mal diagnosticado, sino que me han tratado mal por ese mal diagnóstico", acuñaba, e insistía: "No dejéis de luchar por una sanidad accesible a todos, en especial, a nivel de atención psicológica. Hace mucha falta. Y, en especial, cuidaos mucho. Ha sido un placer".

A quienes sí la creyeron, la escucharon y la aceptaron, les dejaba un mail en el que les agradecía haberla tratado mejor que su propia familia, aseguraba sentir "paz" y les indicaba que para ella era "demasiado tarde", pero les recordaba que aún había mucho por hacer: "Hay muchas personas que todavía no están en este punto de tener tan segura la muerte que se esconde hasta el momento del acto". Y así, se despedía con la denuncia que arrastró toda una vida.

**Si sufres alguna enfermedad mental o sientes ganas de quitarte la vida, pide ayuda. Habla con profesionales y tu red de seguridad. Hay formas de ayudarte. Puedes llamar al Teléfono de la Esperanza: 717 003 717, disponible las 24 horas del día. La Asociación la Barandilla también puede atenderte en el 911 385 385. En Barcelona también pueden ayudarte en el 900 925 555. Además, puedes encontrar guías en este enlace **