Del 'Comunismo o libertad' al 'Fascismo o democracia'. Cualquiera diría, atendiendo a estos lemas de campaña, que lo que está en juego el 4 de mayo es el futuro Gobierno de la Comunidad de Madrid. Porque sí, aunque no lo parezca, el próximo martes se celebran los comicios autonómicos en una región sobre la que poco o casi nada se ha hablado verdaderamente desde que se convocaron las elecciones el pasado 10 de marzo. Desde ese día se ha impuesto una crispación y tensión en constante aumento, sumiendo la carrera electoral en una espiral de violencia cada vez más alejada de la realidad de los madrileños.

En las últimas semanas, Madrid ha estado en boca de todos los candidatos y líderes políticos, pero como arma arrojadiza, y no como eje de nuevos planes de gestión y propuestas. Hay que reconocer que el contexto ya anticipaba que esta no iba a ser una cita al uso: la crisis sanitaria y social derivada de la pandemia de coronavirus y la consecuente polarización ejercieron gran presión en un territorio que se ha acabado convirtiendo en escenario de una batalla diferente a la habitual; una batalla sobre formas muy distintas de hacer las cosas, de gobernar.

Las encuestas tampoco han ayudado a calmar las aguas, exhibiendo en cada ronda unos resultados más que ajustados entre dos bloques bien diferenciados. Y mucho menos lo han hecho las recurrentes intervenciones de la Justicia ante el incumplimiento de la ley electoral, los bulos y desinformaciones y hasta las amenazas de muerte que han recibido numerosos dirigentes políticos -y sobre las que se ha llegado a banalizar e incluso a tachar de falsas-. Así, la Comunidad de Madrid ha sido víctima -y el resto de España testigo- de una caída libre política llena de insultos y malos modos.

En sus diferentes estrategias, los presidenciables han optado por limitar la exposición de iniciativas frente al desarrollo de perfiles identitarios bien marcados que rijan su candidatura. Basta con ver los actos que han celebrado cada uno. Ayuso (PP) ha hecho suya la palabra 'libertad' para extrapolarla a una concepción de lo más rocambolesca, como ha sugerido a la hora de definir este concepto en Madrid como la posibilidad de "cambiar de pareja y no volver a encontrártela nunca más", o la de comprar donde uno quiera y consumir donde dé la gana. También a la hora de ejercerla, con intervenciones electorales en actos institucionales que ha sancionado la Junta Electoral; ideas que se aproximan más al libertinaje que a la propia libertad.

Monasterio (Vox), por su parte, se ha convertido en la imagen de la provocación más que ningún otro dirigente. Porque la candidata de la formación de extrema derecha ha copado la mayoría de titulares polémicos de la campaña, criminalizando a los menores no acompañados con bulos en los que les atribuye sustanciosas subvenciones públicas, poniendo en cuestión las amenazas de muerte contra los diferentes líderes políticos -"yo siempre dudo del Gobierno y los españoles también", llegó a decir sobre las cartas con balas-, reventando debates con agravios hacia el resto de candidatos o celebrando mítines en municipios confinados por el coronavirus.

El posicionamiento de Monasterio ha condicionado los discursos de sus rivales. Es el caso de Gabilondo (PSOE), que si bien arrancó esta carrera referenciando al cantante Loquillo para presentarse como el candidato "soso, serio y formal", ha acabado 'desatado' por las turbulencias de un momento político que parece perjudicar a la moderación. Prueba de ello es la lona que desplegó en pleno centro de la capital para criticar la posible formación del llamado "Gobierno de Colón". Intentó volver a la templanza, pero no pudo -o no quiso- seguir por ese camino. Ahora llama "al pueblo de Madrid a las urnas contra el fascismo y la ultraderecha" y tiende la mano al resto de partidos de izquierda para "defender la democracia".

Iglesias llama a los "barrios trabajadores a votar" y Edmundo Bal trata de reeditar el pacto de Gobierno con Ayuso

Más que desatado, Iglesias (Unidas Podemos) se ha mostrado como el 'agitador' de la campaña en la definición más estricta del término. Porque su paso a la política madrileña tras abandonar la Vicepresidencia del Gobierno ya provocó de buenas a primeras un terremoto cuyas réplicas intenta mantener hasta el 4M. El candidato de la formación morada se alzó frente al 'Comunismo o libertad' de Ayuso y ha basado su discurso en advertir sobre una radicalización del PP que "solo gobierna" para las zonas más ricas de la Comunidad al tiempo que ha alertado sobre la posible entrada del "fascismo" en el Gobierno. En contraposición, ha condicionado el cambio de gobierno "a que los barrios trabajadores vayan a votar".

Quien sí ha querido abogar por un papel de moderado, quizá con el objetivo de desmarcarse del PP para arañar votos, ha sido Edmundo Bal (Ciudadanos). Al menos es lo que ha pregonado mientras cargaba contra Ayuso por poner fin al Gobierno de la Comunidad. Bal ha intentado imponerse al resto como 'mediador' entre grandes broncas, levantando la voz contra la política de bandos –aunque no ha dudado en acercar posturas nuevamente con el PP- y lamentando públicamente los improperios entre rivales. Su estrategia: plantearse como la antítesis de ese modelo destacando el Madrid de la 'concordia'. Su discurso no obstante le sitúa en una posición peligrosa. Los números no acompañan a Ciudadanos, y en un escenario tan excluyente un papel centrista como el que reivindica puede acabar siendo su perdición.

Y en busca de la concordia y la empatía de los madrileños ha ido encontrando su hueco Mónica García (Más Madrid), quien parece haber creado un imperio a partir de la constancia. Su candidatura podría tildarse de 'sorpresa' si no fuera porque sus movimientos, aun cuando no se había dado este embrollo político, tenían un objetivo claro. García aprovechó las reiteradas ausencias de Gabilondo el año pasado para erigirse como líder y voz de la oposición contra la gestión de Ayuso en pandemia. Su negativa inicial a ir de la mano con Unidas Podemos produjo un evidente rechazo entre su potencial electorado, que por momentos vio disueltas las opciones de ganar de la izquierda. No tardó en sumarse al mantra de 'fascismo o democracia' -asegura ser "el muro de contención de la ultraderecha"- y lleva días imparable en las encuestas. Hay quien habla ya de un posible 'sorpasso' al PSOE.

Propuestas y pactos

Irónicamente, a escasos días para la llamada a las urnas, la campaña ha empezado a enfocarse en los programas para Madrid. Han tenido que pasar casi 40 días para ello, porque ha sido en la recta final cuando los candidatos se ha exprimido para lanzar importantes propuestas: el Partido Popular y Vox se han posicionado a favor de una bajada general de impuestos con dos programas que chocan en el modelo fiscal con los de los partidos de izquierda. PSOE y Ciudadanos no abogan por tocarlos, pero Más Madrid y Unidas Podemos sí, planteando un aumento de los mismos para grandes patrimonios y sucesiones.

La formación morada ha apostado también por subir el IRPF a quienes ganen más de 60.000 euros al año. El drama ocasionado por el COVID-19 también se ha colado en las propuestas, porque todos, a excepción de Vox, ha apostado por incrementar la inversión en ciencia, aunque en este lote para destinar más recursos la izquierda incluir la sanidad y la educación. Y sobre la cuestión educativa han buscado su espacio los populares, que quieren dar a los padres la libertad para elegir el colegio de sus hijos. También Más Madrid ha puesto el ojo en las familias lanzando su plan estrella para la conciliación, consistente en un servicio público de cuidadores para la infancia.

La situación de la vivienda vuelve a salir también en estos comicios. Vox, como ya hizo en 2019, ha introducido en su programa un plan de liberalización masiva de suelo para construir vivienda. Unidas Podemos ha propuesto regular el precio del alquiler. Y el PSOE se fija en los jóvenes, a quienes promete pagarles el primer mes de alquiler y, además, un abono transporte gratuito para menores de 31 años hasta 2023. También en Ciudadanos apelan a la juventud, promocionando un cheque de hasta 100 euros para que lo gasten en cultura, como sucede en Francia.

Ayuso se acerca a Vox evitando etiquetas; Gabilondo no aclara posibles acuerdos con Iglesias

Cumplir con las propuestas que presenta cada uno no será fácil, porque ahora mismo las encuestas basan la formación de Gobierno en los pactos que se den entre los partidos, dado que ninguno llega a la mayoría absoluta. Es por eso que Ayuso ya está allanando el camino hacia un posible pacto con Monasterio para sumar, aunque ha intentado alejarse de la etiqueta de la extrema derecha. Edmundo Bal, muy crítico con la presidenta madrileña por hacer volar por los aires el acuerdo de Gobierno con Ciudadanos, sigue no obstante con la intención de rivalizar con Vox para reeditar el acuerdo con los populares. Las cosas no están fáciles en la derecha, como tampoco lo están en la izquierda.

Iglesias dejó claro desde un principio que sólo la unión de fuerzas con PSOE y Más Madrid lograría expulsar a Ayuso del Gobierno de la Comunidad. Aunque la formación liderada por Mónica García rechazó ir en una lista conjunta con Unidas Podemos el 4M, sí se ha mostrado partidaria en todo momento de aunar esfuerzos con la formación morada. Más reticente se mostró Gabilondo, que hasta el debate celebrado en 'Telemadrid' no tendió su mano a Iglesias para ampliar las posibilidades de acabar con la hegemonía del PP en la región madrileña; dejando claro, eso sí, que los socialistas aún no han llegado a ningún tipo de acuerdo con Unidas Podemos previo a los resultados que arrojen el 4M. Lo que suceda después del martes dependerá en cualquier caso de lo que digan los madrileños.