A Fernando le bastó una llamada de Pablo para organizar un viaje de 3.000 kilómetros hasta la frontera con Ucrania. ¿El objetivo? Traer a la familia de Olga, una mujer ucraniana afincada en Madrid. Sus dos hijas y cuatro nietos trataban de huir a la desesperada de la invasión orquestada por Putin. Por eso, Fernando no dudó ni un segundo en poner en marcha su furgoneta para recorrer junto a Raúl los casi 3.000 kilómetros y las 33 horas que separan por carretera a Cangas de Onís y Varsovia. Cuando arrancó no sabía, siquiera, el nombre de la familia que tenía que recoger pero sí tenía claro que no iba a cesar hasta traerles sanos y salvos a Madrid.

Así, en cuestión de horas se puso en contacto con varios amigos y lo organizaron todo. Lo primero que pensó es que no podían ir de vacío y en menos de un día logró reunir varias toneladas de ayuda humanitaria para trasladarla en su furgoneta. "Hablamos con nuestros contactos y en 12 horas reunimos tres toneladas. Tuvimos que seleccionar medicinas, comida para bebés, ropa térmica", nos explica Fernando Abarquero, uno de los protagonistas de esta historia.

El sábado a primera hora de la mañana, con una furgoneta cargada de ropa de abrigo, comida, material sanitario y productos para bebés, sin saber ni siquiera la ruta que iba a tomar ni los datos concretos de las personas que tenían que recoger, Fernando y Raúl pusieron rumbo a Polonia. Desde España -y otros países como Estados Unidos- una red formada por sus amigos le iba dando el sustento logístico. Las mejores rutas y carreteras, los hoteles que podrían encontrar por el camino, toda la información sobre la familia a la que iba a buscar, en definitiva, la ayuda que necesitaba para llegar hasta allí.

Ania ha sido otra de las personas clave en este camino. Es la exnovia de un amigo de Fernando, vive en Varsovia y les ha ayudado con este viaje tan humano. Se encargó de localizar a la familia que tenían que recoger, de pedir ayuda al centro en el que les habían recogido, de encontrar un punto en el que depositar toda la ayuda humanitaria, así como de brindarles todo el apoyo necesario cuando llegaron al país.

Por ello, Fernando no puede más que definirla cómo "un ángel caído del cielo". "Nos movió todo. Nos dijo dónde podíamos depositar el material, llamó a los voluntarios que estaban con la familia para que pudieran quedarse un día más en el centro de acogida, hizo de traductora y nos ofreció una cama y una ducha y un caldo caliente que nos supieron a gloria", comenta Fernando en su conversación con laSexta.com.

La estancia en Polonia: "Todas me decían 'yo soy Irina', querían huir"

Una vez en Varsovia, Fernando y Raúl pudieron dar -gracias a la ayuda de Ania- con el centro de acogida en el que se encontraba la familia que tenían que recoger. Afortunadamente, esas dos madres con sus respectivos hijos lograron salir de Ucrania y llegar hasta Varsovia, algo que hizo su recogida mucho más fácil.

Pero la alegría y la euforia de dar con el centro y de haber logrado cruzar las fronteras sin problema a los protagonistas de esta historia les duró poco. Cuando pudieron llegar hasta el centro mencionado, se encontraron con un panorama desolador. Centenares de personas que solo buscaban huir del horror y que habían huido con lo puesto de los bombardeos y las matanzas orquestadas por el Gobierno ruso.

"Había tal cantidad de gente... Preguntaba por los nombres de las madres que tenía que recoger y todas me decían 'yo soy Irina, yo soy Irina; solo querían salir de allí. Madres con bebés en brazos", nos contaba Fernando a través del manos libres de su furgoneta, esa con la que ha logrado salvar la vida a una familia.

Fernando y Raúl junto a la familia ucraniana

Gracias a una psicóloga que sabía hablar en inglés, pudieron dar con las dos madres y sus cuatro hijos, de entre 8 y 16 años. Pero antes de ponerles en contacto, la psicóloga quiso asegurarse de que este viaje era seguro, así como de las intenciones de Fernando y Raúl. Y es que, como recuerda el protagonista de esta historia, hay mafias dedicadas a la trata de seres humanos que -como siempre aprovechándose de la desesperación- se están acercando a las fronteras con Polonia para secuestrar a niños y mujeres. "La psicóloga nos iba haciendo preguntas, quería oír nuestra historia y le enseñamos todos los documentos necesarios. Yo le dije que hiciera una foto a mi DNI", señala Fernando al respecto.

Este viaje no fue solo la salvación para la familia de Olga, también lo ha sido para Valeria, una joven de unos 30 años que huyó de Ucrania en busca de un futuro mejor, alejado de la masacre. La joven se encontraba sola en este centro de acogida temporal de refugiados y pudo aprovechar el viaje de Fernando y Raúl para volver a España. A ellos les sobraba un sitio en la furgoneta y lo tenían claro: "No queríamos volver con un asiento vacío, queríamos recoger a alguien más". Así, una psicóloga dio con Valeria y, tras repetir el trámite anterior para asegurarse de que se quedaba en buenas manos, permitió que saliera con la familia del centro rumbo a nuestro país.

Antes de iniciar el viaje de vuelta, Raúl y Fernando acudieron a un edificio del Ayuntamiento de Varsovia para descargar la tonelada de ayuda humanitaria que habían recogido en Asturias. Aquí nos piden hacer una mención especial para algunos de los funcionarios del consistorio, que no lo dudaron ni un un segundo y les ayudaron a descargar toda la mercancía, como así se aprecia en la imagen inferior:

Fernando y Raúl junto a dos trabajadores de Varsovia descargado el material humanitario

El viaje de vuelta a España y los gestos de solidaridad en cada gasolinera, hotel y supermercado

Ya con la tranquilidad de haber recogido a Irina y toda su familia y a Valeria, Fernando y Raúl pusieron rumbo a España. Antes de salir de Polonia, se toparon con un atasco de más de una hora. Y es que cientos de alemanes aprovecharon el fin de semana para cruzar la frontera y recoger a refugiados. "Había más de 100 kilómetros de retenciones, cientos y cientos de coches parados porque muchos alemanes habían entrado para rescatar a las familias", así nos lo explica en nuestra conversación.

Una vez llegaron a Alemania, Pablo les intentó buscar un hotel desde Asturias, pero estaba todo colapsado. Así que, como se hacía antaño, se adentraron con la furgoneta en un polígono y consiguieron varias habitaciones en un pequeño hostal. Aquí les hicieron un descuento por la labor que estaban realizando y les regalaron el desayuno del día siguiente.

Porque las muestras de solidaridad no han dejado de sucederse en todo el camino. En el pequeño supermercado de una gasolinera de Francia las cajeras no les dejaron pagar. Fernando paró a hacer una compra para que la familia ucraniana que llevaba a bordo pudiera comer lo que quisiera y las dependientas no dudaron ni un momento en pagar todos los productos entre todas. "Nos pusimos a llorar de la emoción. Pusieron el dinero entre ellas y nos pidieron que, por favor, se lo cogiéramos".

Las cajeras que pagaron la compra a la familia, emocionadas por la situación

Y es que, como nos recuerda Fernando, "el mundo está lleno de gente con corazón, de gente que quiere ayudar". Y no solo se lo demostraron estas dependientas, también lo hizo un empresario que se toparon en otro hotel en el que pararon a dormir durante el camino. Al conocer la historia, se ofreció a pagarles la cena y el gesto más importante: se ofreció a ir en busca del hijo de Valeria.

Este hombre había movilizado varios vehículos de su empresa para irse a recoger ucranianos y, al conocer la historia de Valeria, le aseguró que se encargaría personalmente de buscar a su hijo. Y es que a la joven no le quedó más remedio que dejar a su pequeño, de 10 años, con su cuidadora para intentar salir ella del país y buscar una alternativa antes de sacar a su hijo del país.

Pero la solidaridad, como en otras historias cargadas capital humano, no acabó ahí. Las hermanas de Pablo, el organizador del viaje, han puesto a disposición de la familia un piso en Madrid "para dejárselo a las dos mamás con sus dos niños", como así nos explica Fernando.

A lo largo del viaje también se encontraron con problemas, como un virus que afectó a tres de los niños que viajaban con ellos. Vivieron "un día durísimo" porque se vieron afectados "por un virus intestinal y se pasaron toda la noche vomitando", aunque "aguantaron como titanes".