EL GASTO INESPERADO
Los coches eléctricos se libran de muchas visitas al taller, pero tienen un punto débil que puede salir bastante caro
Un coche eléctrico elimina buena parte del mantenimiento de un gasolina o un diésel, pero su peso y la entrega inmediata de potencia pueden incrementar considerablemente el desgaste de los neumáticos.

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Una de las grandes ventajas del coche eléctrico está en algo que no siempre tenemos en cuenta cuando miramos su precio: hay muchas menos cosas que pueden romperse o que necesitan un mantenimiento periódico.
No hay cambios de aceite del motor, bujías, embrague convencional, turbo, inyectores ni correa de distribución. Incluso los frenos pueden durar considerablemente más gracias a la regeneración. Sin embargo, hay una pieza en la que sucede exactamente lo contrario: los neumáticos pueden desgastarse antes que en un coche de gasolina.

Menos piezas también significa menos facturas
La diferencia comienza en la propia mecánica. Un motor eléctrico tiene muchas menos piezas móviles que uno de combustión y elimina de golpe buena parte de los componentes que tradicionalmente han llevado nuestros coches al taller.
Eso no quiere decir que un eléctrico no necesite mantenimiento. Hay que seguir revisando suspensión, dirección, climatización, líquido de frenos, filtros o neumáticos. Pero el mantenimiento de un coche eléctrico puede resultar más sencillo precisamente porque desaparecen muchas operaciones habituales en un gasolina o diésel.
Los frenos son un buen ejemplo. En un eléctrico, buena parte de las deceleraciones pueden realizarse mediante la frenada regenerativa: el motor retiene el vehículo y recupera energía para almacenarla nuevamente en la batería.
El resultado es que discos y pastillas trabajan menos y, dependiendo del uso que hagamos del coche, pueden durar mucho más.

Pero hay algo que los eléctricos castigan más
El problema está justo debajo del coche.
Los eléctricos suelen ser más pesados que vehículos equivalentes de combustión debido principalmente a sus baterías. Y esos kilos adicionales tienen que ser soportados continuamente por los cuatro neumáticos.
Además, existe un segundo factor: la entrega inmediata de par de los motores eléctricos. Incluso modelos relativamente poco potentes pueden responder con mucha fuerza desde parado, enviando esa potencia directamente a las ruedas.
Si combinamos ambas cosas —más peso y más fuerza disponible de manera instantánea— resulta fácil entender por qué los neumáticos pueden sufrir especialmente.
Un análisis de Solera señalaba precisamente que el gasto en neumáticos de los eléctricos puede ser aproximadamente un 37% superior al de los vehículos de gasolina.

Las ruedas pueden comerse parte del ahorro
No es solamente cuestión de que duren menos. En algunos eléctricos también encontramos neumáticos grandes, de medidas específicas o preparados para soportar más peso.
Los fabricantes han desarrollado incluso neumáticos específicos para coches eléctricos, buscando soportar esa carga adicional, reducir el ruido de rodadura y disminuir la resistencia al avance para no perjudicar la autonomía.
En Centímetros Cúbicos ya hemos explicado por qué cambiar los neumáticos de un eléctrico puede salir más caro. Y es precisamente uno de los gastos que conviene tener en cuenta antes de hacer números.
La forma de conducir también puede marcar una enorme diferencia. Sobreutiliar las aceleraciones fuertes, llevar las presiones incorrectas o tener una mala alineación puede acelerar todavía más el desgaste.

El eléctrico no elimina el mantenimiento: lo cambia
Por eso, quizá sea más correcto decir que un coche eléctrico cambia dónde gastamos el dinero.
El conductor se olvida de muchos elementos clásicos del motor de combustión y puede reducir también el gasto en frenos. A cambio, debe prestar especial atención a unas ruedas sometidas a más peso y a una entrega de potencia diferente.
Puede que visites menos el taller, pero hay un componente que merece ser vigilado especialmente. Y, curiosamente, es uno de los pocos que el coche eléctrico no ha podido eliminar.
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