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El pequeño pueblo de Menorca que es el primer municipio de España donde amanece cada día

Es Castell, en Menorca, es uno de los municipios donde la huella de la ocupación británica permanece más viva. Sus calles, fortalezas, edificios históricos y su privilegiada ubicación junto al puerto de Maó convierten a esta localidad en un destino que combina historia, patrimonio y el encanto del Mediterráneo.

Es Castell, en Menorca

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En muchas ocasiones te hemos hablado de pueblos de Menorca que merece la pena visitar, como es el caso de Binibeca, conocido como el "Mykonos español". Pero... ¿sabías que en esta isla se encuentra el primer municipio de España en ver el amanecer?

Hasta su nombre original tiene el halo británico que le ha caracterizado desde su fundación. Es Castell, o Georgetown, como fue bautizado en 1771 por las milicias del ejército inglés que en aquel momento dominaban la isla, es la población de Menorca donde la herencia de la ocupación británica resulta más latente y tangible. No hace falta ser un experto en historia para percibirlo: basta con pasear por sus calles y dejar que el tono rojizo de los muros hable por sí solo. Ese color, inconfundible, reproduce el de la piedra con la que los ingleses construían en su tierra natal, y convirtió a Georgetown en una pequeña prolongación de la arquitectura imperial en pleno corazón del Mediterráneo.

La elección del enclave tampoco fue fruto del azar. Es Castell se alza en la bocana del puerto de Maó, el mayor puerto natural del Mediterráneo, y su posición estratégica resultaba sencillamente inmejorable para quien pretendiera controlar el tráfico marítimo y defender el territorio. Situada en el extremo oriental de Menorca, la localidad tiene además el privilegio geográfico de ser uno de los primeros municipios de España en ver salir el sol cada mañana. Un don que sus habitantes conocen bien y que le ha valido el lema con el que se presenta al mundo: "donde el día nace".

La historia de Es Castell no puede entenderse sin sus fortalezas. Su origen se remonta a la fase previa a la construcción de estas, cuando las personas destinadas a construir las fortalezas se instalaron en las inmediaciones, dando hoy lugar a un trazado urbano muy recto y ordenado. A apenas unos metros del casco urbano, el Fuerte Marlborough se erige sobre la cala de Sant Esteve como testimonio de aquella voluntad defensiva. Construido por los británicos para proteger el castillo de San Felipe y el acceso al puerto, hoy permite a quien lo visita revivir la cotidianidad de los soldados del siglo XVIII y comprender la convulsa historia de una isla que cambió de manos varias veces entre potencias europeas. Junto al fuerte, la torre d'en Penjat (conocida también como torre Stuart), levantada en 1798, ofrece desde sus almenas una de las panorámicas más espectaculares de la bocana portuaria. Una caminata con vistas que el tiempo no ha logrado devaluar.

Más antigua y más imponente aún fue el castillo de San Felipe, erigido en el siglo XVI como respuesta al devastador saqueo de Maó a manos del pirata Barbarroja. En su momento de mayor esplendor, fue considerado una de las fortalezas más poderosas de Europa. Fue demolido en 1805, pero su memoria permanece intacta bajo tierra: el impresionante laberinto de galerías subterráneas que conformaba su interior puede visitarse hoy, y en él todavía resuena el eco de los tres mil soldados y civiles británicos que resistieron durante más de seis meses el asedio español de 1782.

En el corazón del pueblo, la plaza de s'Esplanada actúa como el gran escenario de la vida local. Nacida como plaza de armas de aquella Georgetown militar del siglo XVIII, con el tiempo fue perdiendo su función castrense para convertirse en el centro neurálgico de la comunidad. El edificio del Ayuntamiento, de estilo colonial, preside el espacio junto a los antiguos cuarteles militares, hoy reconvertidos para albergar nuevos usos civiles. En uno de ellos, el cuartel de Cala Corb, se encuentra el Museo Militar de Menorca, que traza un arco narrativo desde el Neolítico hasta los refugios antiaéreos de la Guerra Civil. La historia de la isla, condensada entre paredes que un día fueron cuartel.

Pero si la arquitectura y la memoria bélica son el esqueleto de Es Castell, su alma vive en el mar. Y el mar, en este pueblo, tiene nombre propio: Calesfonts. Antigua rada de pescadores reconvertida en el rincón con más encanto de Menorca, esta pequeña cala del puerto de Maó concentra todo lo que uno busca cuando viaja al Mediterráneo sin saber exactamente qué está buscando. Las cuevas donde los marineros guardaban sus aperos albergan hoy restaurantes donde la cocina menorquina más genuina se sirve con el agua al lado y la luna reflejada sobre el puerto. Hay pocos lugares en España donde cenar se convierta en algo tan parecido a un cuadro.

Es Castell cuida también su patrimonio marítimo con una institución singular. Thalassa, uno de los centros pioneros en la difusión de la cultura marinera, ocupa unas antiguas canteras en la entrada del pueblo y exhibe 17 embarcaciones tradicionales menorquinas restauradas. Un museo que no habla de barcos sino de identidad: la de una isla que nunca ha dejado de mirar al mar y que ha construido sobre esa mirada buena parte de su carácter.

La naturaleza, por su parte, se despliega en una extensa red de caminos rurales delimitados por paredes de piedra seca, uno de los elementos más característicos del paisaje menorquín. Recorrerlos a pie o en bicicleta es la manera más honesta de entender la escala humana de la isla y la relación que sus habitantes han mantenido durante generaciones con la tierra. Son senderos que no aparecen en los grandes itinerarios turísticos pero que, precisamente por eso, conducen a la Menorca que merece la pena conocer.

Hoy, más de doscientos cincuenta años después de que los soldados de Jorge III trazaran sus calles con escuadra y cartabón, Es Castell sigue siendo un lugar donde el pasado y el presente conviven con naturalidad. La herencia británica pervive en la piedra y en los trazados, pero la vida que late entre esos muros es inconfundiblemente menorquina: pausada, marinera, orgullosa de sus pequeños secretos. Un pueblo que el visitante descubre despacio, como si el primer municipio de España en ver el amanecer hubiera aprendido, con los años, que las mejores cosas nunca tienen prisa.

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