Lorca se rompía por dentro en sus últimos años de vida, porque ya nada podía hacer por ocultar una pasión agredida durante años, que moría entre silencios, y que se resistía a desaparecer en cada palabra prohibida que escribía. Se lloraba en sus propios versos: él era amor, era naturaleza; naturaleza convertida en hierba muerta para evitar el escarnio de una España que tanto como machista seguía siendo rancia y heteropatriarcal.

Tú nunca entenderás lo que te quiero

porque duermes en mí y estás dormido.

Yo te oculto llorando,

perseguido por una voz de penetrante acero

Los Sonetos del amor oscuro que Lorca nunca quiso publicar, y que por suerte vieron la luz años después de su asesinato, delataron el miedo de una generación que ya venía lastrada años atrás por el tabú de amar sin más límite que la muerte, y que quedó marcada con mala sangre desde el 18 de julio de 1936. Solo un mes después del estallido de la Guerra Civil, el 18 de agosto, Lorca fue fusilado entre Víznar y Alfaca, en Granada. Se dice que un guardia civil, dos policías y cuatro guardias de asalto le dispararon "por rojo y por maricón". Aquel crimen simbolizó el inicio de la represión contra la homosexualidad durante los tres años de contienda y, especialmente, durante la dictadura.

Amar con libertad ya era difícil en un país que criminalizó durante siglos toda orientación y unión que no estuviera bendecida por orden divina, y si la II República hizo pobres y deficientes intentos legales para 'consentirlo' —en tiempos de Marañón fue tachada de problema médico, y por ello no era delito—, el régimen se encargó no solo de revertir esas reformas; también, de hacer de la homofobia un miserable emblema fascista con el repudio, el exilio, la prisión, los castigos severos y los asesinatos como medallas a su campaña. Al fin y al cabo, ser homosexual de forma pública atentaba directamente contra los valores cristianos en los que el franquismo había depositado su alma.

Los "maricones" comenzaron a ser considerados traidores del nacionalcatolicismo

Precisamente, una vez hubo ganado la batalla terrenal y psicológica a los rojos de Españay pudo establecer su ansiado orden dictatorial, Franco se preocupó sobremanera de constituir una tradición moral a modo de escaparate que sirviera de ejemplo al exterior y que pendía de un fino hilo por la devastadora recesión que atravesaba el país acabada la guerra. Para ello, midió casi al milímetro la estructura social imperante con un modelo familiar de fábrica: la mujer caracterizada como objeto reproductor de varios hijos y al servicio de las órdenes y los placeres de un hombre cuyo amor parecía ser definido por su grado de virilidad (entendiéndose como machismo) y por el valor de los ingresos económicos que aportaba (el único) en la casa. Este hombre podía ser señalado por otros (e incluso por otras) si mostraba rasgos "afeminados".

Franco temía la fractura de estos valores tradicionales, pues eran determinantes en cierto modo para demostrar en su extensa campaña propagandística las bondades y el éxito de su dictadura, y los homosexuales formaban parte de ese colectivo que, a sus ojos, rompían de forma visceral la imagen artificial de su España querida. Los "maricones" comenzaron a ser considerados traidores del nacionalcatolicismo únicamente por su orientación sexual, y el dictador no podía permitirlo: consolidado su reino, modificó la famosa ley de vagos y maleantes instaurada en el Código Penal de la II República que puso de manifiesto el nuevo enemigo a batir del régimen: la diversidad sexual.

Así reza el propio escrito, publicado en el Boletín oficial del Estado el 15 de julio de 1954. "A los homosexuales, rufianes y proxenetas, a los mendigos profesionales y a los que vivan de la mendicidad ajena, exploten menores de edad, enfermos o lisiados, se les aplicarán para que las cumplan todas sucesivamente, las medidas siguientes: internado en un establecimiento de trabajo o colonia agrícola. Los homosexuales sometidos a esta medida de seguridad deberán ser internados en instituciones especiales y, en todo caso, con absoluta separación de los demás; prohibición de residir en determinado lugar o territorio y obligación de declarar su domicilio; sumisión a la vigilancia de los delegados".

'Proteger' a España, 'reformar' a los "invertidos"

El franquismo quiso que ser gay fuera un delito, y justificaba esta "adopción de medidas para evitar su difusión" aludiendo a "la producción de hechos que ofenden la sana moral de nuestro país por el agravio que causan al tradicional acervo de las buenas costumbres fielmente mantenido en la sociedad española". Por supuesto, el propio régimen debía edulcorar su decisión para mostrar a la población que no buscaba reprimir al colectivo LGTBI, y así se esgrime en el mismo texto: "Las establecidas por la presente Ley […] no son propiamente penas, sino medidas de seguridad impuestas con finalidad doblemente preventiva, con propósito de garantía colectiva y con la aspiración de corregir a sujetos caídos al más bajo nivel moral". Franco advertía así de que su ley no buscaba "castigar", sino "proteger y reformar".

Para proteger a los españoles y reformar a los "invertidos", la dictadura incluyó a los homosexuales en los cientos de campos de concentración que se levantaron en España, siendo en este caso uno de los más famosos el de Tefía, en Canarias, que mantuvo su actividad desde 1954 hasta 1966. Octavio García estuvo preso allí por su orientación sexual, y así relató las consecuencias de una ley cuya intención no era "castigar": "Estuve 16 meses presos. Te transforma, te quita la mente, te la estropea, porque allí no había más que cargar piedras y agua. Había hombres que llegaban con 80 kilos y se quedaron pesando 45 o 50. Las palizas que yo vi allí... Como te equivocaras de paso te daban con una fusta".

Octavio, que tardó años en romper su silencio para contar las condiciones en las que vivían los presos de Tefía, quiso relatar su experiencia para "que se sepa lo que fue la homosexualidad, cómo la reprimían". Aquello le dejó graves secuelas que le persiguieron hasta su muerte: "¿Cuántos momentos por la noche me pongo a pensar y se me saltan las lágrimas? Me pongo a rezar y digo 'Dios mío, quítame estos pensamientos de la mente'". Como Octavio, miles de homosexuales fueron encerrados en establecimientos de trabajo y colonias agrícolas “única y exclusivamente por ser maricón". Por supuesto, el internamiento en estos campos de concentración no fue la única barbaridad que cometió el franquismo contra los gays.

Aquellos que no fueron apaleados o asesinados en plena calle por la policía del franquismo fueron encarcelados. Según datos oficiales, unos 5.000 homosexuales fueron apresados durante la dictadura. Aquellas escenas llegaron a verse como algo normal, e incluso adecuado, en ciertos sectores, y no era de extrañar: para la ley de vagos y maleantes, ser gay era tan grave como ser proxeneta, un mendigo o un enfermo sexual, y esto no solo incrementaba el temor a ser apresado por su condición; también, marcaba al colectivo LGTBI con un estigma que provocaba su exclusión en la mayor parte de los círculos sociales del país.

"Éramos los degenerados, los afeminados, los depravados; los violadores de niños", cuenta Elianne García. Fue una de todas esas víctimas perseguidas por el régimen por ser transexual, si bien cabe reseñar que el franquismo no hacía distinciones entre la orientación sexual y la identidad de género: para Franco, todos eran maricones —ni siquiera concebía la idea de lesbianismo—. El miedo acompañaba a Elianne diariamente, como a otros miles, y eran muchos los que si no optaban por no salir de casa era porque se decidieron por el exilio. Fue el caso de reconocidas figuras de la cultura como Luis Cernuda, Miguel de Molina o Eduardo Blanco. El terror blanco les obligó a buscar la libertad fuera de España. A quienes tuvieron la oportunidad, claro. "La inseguridad mía era estar en la calle. Si salía de mi casa era para salir del metro y meterme en el trabajo. Cuando iba llegando la hora de salida, era pánico lo que tenía", recuerda Elianne.

franquismo

Porque no todos los homosexuales detenidos pasaban por las colonias agrícolas. Algunos acababan directamente en la prisión, y era este el destino que les aterraba de verdad. Elianne pasó cuatro veces por la cárcel; la primera, a finales de los 60. Acabó en la de Carabanchel. En esta prisión madrileña, los gays eran trasladados a la quinta galería, también conocida de forma despectiva como 'palomar'. Allí estaban recluidos, según recuerda Elianne, "los violetas, los sarasas", sometidos a continuas vejaciones y agresiones. Lo común era que un homosexual fuera violado sistemáticamente al ser encarcelado y que "esto fuera propiciado incluso por muchos agentes penitenciarios", según explicó en su momento Carlos Slepoy, uno de los abogados que impulsaron la querella desde Argentina contra los crímenes del franquismo. Elianne fue testigo de esas atrocidades. "Yo he visto a una transexual que, por el hecho de llevar pechos, por la noche le dieron una paliza y la violaron".

La de Carabanchel no fue la única prisión usada como destino de pesadilla para los LGTBI represaliados. En la cárcel Modelo de Barcelona, reconvertida en centro de internamiento para homosexuales durante la dictadura, los maricones también fueron apaleados y violados por otros presos comunes que llegaban a pagar a los funcionarios de prisión para acceder al módulo donde se encontraban hacinadas las víctimas y agredirlas sexualmente; agresiones que en algunos casos llegaban al asesinato sin que el autor fuera juzgado por dicha muerte. En los penales de Huelva (para los que se consideraban "activos"), de Badajoz (para los "pasivos") y de Valencia también fueron recluidos los LGTBI durante meses o años, según el tiempo que fueran condenados, trabajando para el régimen al tiempo que se 'reformaban'.

Tras obtener la libertad, la represión seguía. La inmensa mayoría de condenas que se efectuaron contra homosexuales y LGTBI no acababa cuando salían de prisión o del campo de trabajo. Una vez fuera, eran desterrados. Durante al menos un año no podían vivir a menos de 100 kilómetros de su casa; hacerlo suponía regresar de nuevo a prisión o a la colonia agrícola, y por tanto a las vejaciones, torturas y violaciones a las que eran sometidos bajo las fauces del fascismo; no hacerlo suponía quedar marcado por la identidad u orientación frente a familiares y vecinos y acabar siendo un paria que debía, a ojos de la sociedad, volver a estar internado. Esto llevó a muchas víctimas a ejercer la prostitución como medio para subsistir, a la espera de un cambio que no solo tardó en llegar, si no que transformó a peor la situación.

La Ley de peligrosidad social, una amenaza extendida a la democracia

Con el paso de los años, hacia el final de la dictadura, España comenzó a vivir cierto aire aperturista en lo económico y social, inevitable por el colapso financiero que había provocado el régimen durante las décadas anteriores y por las demandas de las potencias extranjeras, que no podían hacer ya oídos sordos a los crímenes de lesa humanidad que se seguían llevando a cabo en el país. No tuvo la misma suerte el colectivo LGTBI, que tuvo que hacer frente a los últimos coletazos violentos de un dictador más muerto que vivo con una nueva reforma penal que sustituía a la ley de vagos y maleantes.

Con la Ley de peligrosidad y rehabilitación social aprobada en 1970, ser homosexual no solo seguía siendo un delito resuelto con multas, palizas o penas de hasta cinco años de cárcel —la mayor parte de los campos de trabajo quedaron inactivos al comienzo de esta década—. Como en la ley de vagos y maleantes, el objetivo era "reformar" a los LGTBI, y para ello, fueron internados en centros psiquiátricos donde sufrieron lobotomías, torturas psicológicas, descargas eléctricas y 'tratamientos' relacionados con el electroshock. Todo, claro, para reconvertirlos en personas "normales". La criminalización de los homosexuales no acabó tras la dictadura.

Durante la Transición y los primeros años de democracia, la ley siguió activa. Si bien su aplicación contra los homosexuales fue prácticamente nula, sí continuaba existiendo un rechazo social y legal amparado por las instituciones que mantenía el miedo a expresar la libertad de orientación sexual e identidad de género. La prueba está en que aunque en 1979 se eliminaron los decretos que ponían en tela de juicio "los actos de homosexualidad", la ley sobre el "escándalo público" se mantuvo vigente hasta 1989, fecha de su derogación. La lucha no ha acabado aún.

En un país que lleva 40 años sin considerar a los homosexuales "vagos y maleantes", se antoja imprescindible la reparación de la memoria de todas aquellas víctimas que fueron asesinadas, torturadas y exiliadas; represaliadas por entender su identidad y su forma de amar como un acto sincero y natural de la humanidad. Una dignificación a la que los sucesivos gobiernos se mantienen aún reticentes: tan sólo 116 personas gays que fueron represaliadas durante el franquismo han sido indemnizadas en los últimos diez años. Cabe la esperanza. Ya lo avisó Pedro Zerolo: "España jamás llegó puntual a la cita con la igualdad, y aún así fuimos los primeros".