Patronato de la Mujer

'Ruega por nosotras', la España de los 80 que encerró a sus jóvenes en régimen de explotación: "Les hicieron pensar que eran culpables de haber nacido"

El contexto Fumar en la calle, llevar la falda corta, quedarse embarazada fuera del matrimonio... Son algunos de los motivos por los que las jóvenes eran entregadas al Patronato de la Mujer, una organización de origen franquista que siguió operando en España hasta 1985. Una historia de represión y terror que Daniel Monzón lleva ahora a las salas de cine.

Escena de la película 'Ruega por nosotras', dirigida por Daniel Monzón Escena de la película 'Ruega por nosotras', dirigida por Daniel MonzónElastica Films
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"Bájate las bragas.

No será la primera vez que lo haces.

Bájate las bragas y súbete a la camilla"

Era uno de los exámenes médicos a los que las jóvenes eran sometidas a su llegada al Patronato de Protección de la Mujer. No llegaban por voluntad propia al Centro de Observación y Clasificación, sino que eran "encomendadas" por sus familias o las autoridades para ser enderezadas y "encontrar el camino de la rectitud". Llevar la falda corta, fumar en la calle, quedarse embarazada fuera del matrimonio o simplemente ser considerada una "chica rebelde" eran motivos suficientes para ser encerradas en los centros del Patronato, una institución especializada en "mujeres caídas o en riesgo de caer".

No, esto no pasó hace muchos años en nuestro país. Creados en 1941, y amadrinados por Carmen Polo, los centros del Patronato (gestionados en su mayoría por órdenes religiosas femeninas) siguieron funcionando tras la muerte de Franco, hasta 1985. Ahora, el director Daniel Monzón lleva a los cines 'Ruega por nosotras', la historia de uno de los capítulos más silenciados y vergonzantes de nuestra historia reciente.

"Era una institución que yo desconocía por completo y, tras leer un artículo en 2020, empiezo a preguntar e investigar. Pero es una institución que había permanecido acallada", explica Monzón a laSexta, que descubrió que al lado de su casa había existido uno de estos centros. "Siendo yo un adolescente que iba al cine, había chicas al lado encerradas. Al caer en ello sentí mucha ira y vergüenza. Había que contarlo", añade.

Así, a través de la historia de Ana María (Zoe Bonafonte) y Sole (Manuela Calle), dos jóvenes que en 1974 coinciden internas en uno de esos centros, se relatan muchas de las situaciones y vejaciones a las que las jóvenes eran sometidas a diario.

Las jóvenes eran encerradas y obligadas a trabajar para los centros del Patronato Las jóvenes eran encerradas y obligadas a trabajar para los centros del PatronatoElastica Films

Rebeldes, explotadas y sin perdón de Dios

"Era un día laborable y yo tenía que ir a clase, a la academia. Era muy temprano y yo estaba durmiendo. De pronto, se abrió la puerta de mi habitación, se encendió la luz de una forma violenta y vi a mi madre y al médico de cabecera de la familia, que era del Opus Dei. No pude reaccionar", relata en una entrevista radiofónica Consuelo, que pasó las siguientes 24 horas dormida. "¿Cuántas inyecciones me pudieron poner? No lo sé. Al despertar, me encuentro en un reformatorio y pierdo la libertad. Estaba en una habitación, encerrada con llave, con la boca seca. Alguien me había metido en una cama y me había vestido", añade.

Consuelo García del Cid Guerra es una de las supervivientes del Patronato de Protección de la Mujer. Con su testimonio destapó uno de los capítulos más silenciados de la represión franquista. Consuelo fue internada por su familia con 15 años y pasó por centros de las Adoratrices y el Buen Pastor (mencionados en la película de Monzón) donde fue víctima de aislamientos, trabajos forzosos y violencia institucional. Su historia es una de las que inspiró a Monzón para la película.

"Para las monjas las jóvenes de pago (su madre pagaba 25.000 pesetas por su ingreso) éramos las peores de todas. Nos decían que nosotras no teníamos perdón de Dios porque veníamos de familias buenas, es decir fascistas y católicas. Nos habíamos torcido y decían que allí nos iban a enderezar", añade Consuelo.

Disfrazados como colegios, lo cierto es que las jóvenes solo tenían tres horas de clase al día. El resto del tiempo eran obligadas a fregar suelos, cocinar, limpiar y a trabajar gratis en los "talleres" de los centros. Una violencia sistémica y constante que se evidencia en cada escena de la película. "Cogían a niñas de entre 16 y 21 años, pero lo podían prolongar hasta los 25 si consideraban que no habían sido reconducidas. Llegaban incluso a ingresarlas en centros psiquiátricos por su orientación sexual", indica Monzón a laSexta.

Racionamiento de comida, robo de bebés a las madres solteras, matrimonios concertados por los centros, abusos y castigos físicos constantes a modo de correctivo. Todo envuelto en un adoctrinamiento religioso extremo. "No teníamos derecho a una llamada telefónica libre. Las visitas eran con una monja delante. Estaba todo montado para que tú no pudieras contar nada, aunque nuestros padres no nos creían", añade Consuelo en otra de sus entrevistas.

El miedo imperaba e impregnaba cada resquicio de esos centros, algo que Monzón logra que el espectador capte desde el inicio: "La película remueve mucho dolor, a todas las mujeres que pasaron por allí las quebraron, las rompieron y condicionaron para el resto de sus días. Les hicieron pensar que eran pecadoras, que eran culpables de haber nacido, que eran mujeres de segunda categoría".

Ninguna institución, ni siquiera llegada la democracia, veló por ellas. De hecho, no fue hasta el año pasado cuando fueron reconocidas como víctimas del franquismo. Una situación de desamparo que también se refleja en los diálogos entre Ana, una de las jóvenes, y la hermana Socorro, la directora del centro interpretada por una sobresaliente Adelfa Calvo. (Sí, se le coge mucha manía a su personaje desde el inicio, todo el rato). Calvo pone piel y voz a todos los que sometieron, doblegaron y menospreciaron durante décadas a las mujeres.

Un entramado de 500 centros repartidos en toda España que permaneció silenciado hasta la muerte de Inmaculada Valderrama. A la menor de 14 años la encontraron en bragas, semidesnuda y sin zapatos tras caer desde una tercera planta en 1983. Intentaron disfrazar su muerte como un intento de fuga. Fue el inicio del fin de una institución en la que tuvieron lugar las mayores vulneraciones de los derechos de la mujer. "Por su culpa, por su culpa, por su gran culpa. Ruega por nosotras".

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