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La ciudad de Jaén donde Machado dio clase de francés durante siete años

El poeta llegó huyendo del dolor tras la muerte de Leonor y acabó dedicándole versos a sus campos. Su aula se conserva y se puede visitar.

Baeza, en Jaén

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Si estás dándole vueltas a una escapada cultural por Andalucía, apunta este nombre: nos vamos hasta la comarca de La Loma, en pleno corazón de Jaén, donde una pequeña ciudad dorada consiguió algo muy difícil: devolverle las ganas de escribir a un poeta roto. Hablamos de Baeza, el refugio andaluz de Antonio Machado.

El poeta llegó en octubre de 1912, semanas después de perder a su esposa Leonor Izquierdo, fallecida en Soria con solo 18 años, y aquí pasó siete cursos dando clase. Hoy, su huella y un casco histórico del siglo XVI en estado de conservación asombroso hacen de Baeza una de las escapadas más redondas del sur.

Baeza, en Jaén
Baeza, en Jaén | iStock

Baeza forma junto a Úbeda los Conjuntos Monumentales Renacentistas declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco el 23 de julio de 2003. Son dos ciudades separadas por apenas nueve kilómetros que funcionaron durante siglos casi como una sola: mientras Baeza desarrolló una importante arquitectura pública civil y religiosa, Úbeda concentró los palacios de la nobleza.

Detrás de buena parte de ese esplendor está Andrés de Vandelvira, el gran arquitecto del Renacimiento andaluz y maestro del arte de cortar la piedra, cuya obra influyó incluso en catedrales americanas como las de México, Puebla o Lima. Visitar las dos en un mismo fin de semana es el plan lógico; dormir en una y desayunar en la otra, el acierto.

Qué ver en Baeza

El paseo empieza en la Plaza de Santa María, presidida por la Catedral de la Natividad, levantada sobre la antigua mezquita, donde conviven el gótico de sus bóvedas de nervios y su rosetón con los arcos renacentistas que añadió Vandelvira en el siglo XVI.

Muy cerca espera la Plaza del Pópulo, el rincón más fotografiado de la ciudad, con la Casa del Pópulo, las Antiguas Carnicerías y la Fuente de los Leones. Según la tradición, la fuente procede de la ciudad iberorromana de Cástulo y fue trasladada aquí en el siglo XVI; la figura femenina que la corona sería Imilce, la princesa íbera esposa del general cartaginés Aníbal. Leyenda o no, pocas fuentes en España tienen mejor historia que contar. Completan la lista imprescindible el Palacio de Jabalquinto, el Convento de San Francisco, las Casas Consistoriales Altas y la Antigua Universidad.

El 1 de noviembre de 1912, Machado tomó posesión como catedrático de Gramática Francesa en el instituto de la Santísima Trinidad, instalado en el edificio renacentista de la Antigua Universidad, que había dejado de funcionar como tal casi un siglo antes: fue universidad hasta 1824. No vino a estudiar, sino a enseñar; y, sobre todo, a intentar sobrevivir a su pena.

Lo consiguió escribiendo. Su etapa baezana, hasta noviembre de 1919, está considerada una de las más prolíficas de su carrera: aquí gestó las 'Nuevas canciones', con versos dedicados a estos campos: "¡Campo de Baeza, soñaré contigo cuando no te vea!". La mejor noticia para el viajero es que ese mundo sigue ahí: el actual IES Santísima Trinidad acoge un espacio interpretativo dedicado al poeta y a la educación de su tiempo, con el aula donde impartía sus clases de francés como gran reliquia.

Palacio de Jabalquinto. Baeza
Palacio de Jabalquinto. Baeza | Imagen de Zarateman en Wikipedia, licencia: CC BY-SA 3.0

Baeza se asoma desde sus miradores a un océano verde: los olivares de Jaén que marcaron la vida y la economía de la comarca durante siglos, y de los que sale uno de los aceites de oliva más reconocidos del mundo. Entre monumento y monumento, la parada obligada es una tostada con un buen virgen extra local; y si hay tiempo, una ruta a pie o en bici entre olivos para entender por qué el poeta les escribía.

Machado llegó a Baeza buscando un sitio donde esconderse del dolor y encontró una ciudad que acabó metida en sus versos. Más de un siglo después, el viajero puede sentarse en su aula, beber de la fuente de la princesa íbera y perderse en el mismo mar de olivos. Pocas escapadas permiten entrar tan adentro en la vida de un poeta.

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