El nivel de estrés al que se han visto sometidos los profesionales sanitarios desde hace meses por la pandemia de coronavirus es máximo. Y a muchos les ha empezado a pasar factura en su propia salud.

Es el caso de Alma, a la que le ha costado mucho poder volver a trabajar tras la vuelta de vacaciones. "Empezaba a notar que no tragaba, que tenía algo en la garganta. No respiraba bien, y eran crisis de ansiedad", explica la enfermera del 12 de Octubre.

Allí lleva trabajando desde el 26 de marzo. Antes lo hacía con Médicos sin Fronteras en el terreno, pero cuando supo que se necesitaban médicos se vino al hospital, en los días más difíciles que ha vivido.

"El nivel de estrés ha sido máximo durante todos estos meses porque no estamos acostumbradas a tanta muerte y a tanta falta de humanidad. No nos ha dado tiempo a ser tan humanas como solemos ser", lamenta.

Esto se suma a la precariedad laboral, o a la situación personal de cada uno de los trabajadores, que sienten el inevitable miedo de poder contagiar a sus familiares al coger el COVID-19 mientras trabajan.

Son los ingredientes que provocan el síndrome de 'burn out', o del sanitario 'quemado', que aseguran, es alarmante, porque no solo afecta al trabajador. Y es que la ansiedad, la alta exigencia emocional y la gran carga laboral contribuyen a que la atención al paciente no sea de la calidad que les gustaría.

En el hospital de Ferrol, el 78% de la UCI está colapsada y ya han empezado a derivar pacientes a otros hospitales. Los sanitarios están tensos y cansados después del esfuerzo de la primera ola del virus. El servicio de psiquiatría ha creado una red de apoyo para sus compañeros.

Entre 20 y 30 sanitarios en el centro ya están recibiendo ayuda psicológica de sus compañeros, quienes mejor les entienden y mejor les pueden tratar.