El autodenominado Caudillo de España no solo estableció un régimen dictatorial que duró 36 años. También, se encargó de expoliarlo de arriba abajo; de sacar hasta el último céntimo a un país lleno de ruina y miseria tras la Guerra Civil, que luchaba a duras penas por salir adelante entre cartillas de racionamiento y mercados negros. Mientras, Franco se hacía cada vez más rico, y con él, todos los familiares y amigos que no perdieron la oportunidad de enriquecerse a costa de las salvajes políticas y movimientos financieros efectuados por el régimen. Y de eso, casi de forma irónica, ya advertía el propio Franco en un discurso proclamado en Vigo en 1942: "Nuestra cruzada es la única lucha en la que los ricos que fueron a la guerra salieron más ricos".

Pasa en todas las contiendas. Los victoriosos celebran la victoria sobre los caídos. Pero no se queda ahí. ¿De qué sirve una guerra si no puedes lucrarte durante y después de la misma? Eso debió pensar Franco cuando, tras la muerte de Mola en un accidente de avión, decidió liderar en solitario la lucha contra la República. Así lo demuestran las cuentas del dictador: en 1936, Franco tomaba el control del Ejército de África con poco más de 2.000 pesetas en su cuenta. Tras su muerte, el patrimonio del dictador que heredó su familia se tasó en aproximadamente 500 millones. ¿Cómo consiguió tal cantidad?

Amigos y corrupción en una España devastada

Franco ganaba al año "1.500-1600 pesetas, más bien menos que más"
Al término de la Guerra Civil, España se había convertido en un mar de ruinas: muertos encima y bajo tierra, pueblos enteros bombardeados, carreteras y redes ferroviarias destruidas y servicios de atención básica inoperantes. Y todo lo que ello conlleva: pobreza, hambre y desempleo. El país necesitaba ser reconstruido, y Franco vio en la miseria de su guerra el primer filón para su beneficio y el de los suyos. El dictador ya venía con los bolsillos cargados frente al desolador panorama. Si en 1938 ya cobraba unas 30.000 pesetas anuales como Capitán General del Ejército, se estima que cuando acabó la guerra tenía en su poder 34 millones de pesetas. Él, que se hacía ver como un salvador de la patria en lo político y un trabajador más en lo económico, lo negó en reiteradas ocasiones.

Quiso dejarlo claro en una entrevista que concedió al diario 'Informaciones': ganaba, en sus propias palabras, "1.500-1600 pesetas, más bien menos que más. Total, unos 4.000 duros al año". No era cierto. Durante la guerra, ya guardaba en sus arcas privadas parte de las donaciones que hacían los empresarios que se unieron a la causa fascista; entre ellas, las de Juan March, el empresario que pagó el alquiler del 'Dragon Rapide' con el que Franco voló a Marruecos para comenzar la sublevación y principal financiador del golpe. No era esta la única vía de financiación del dictador.

Más allá de los donativos y suscripciones que se realizaron para mantener el esfuerzo de guerra del bando franquista, las subvenciones que se debían destinar para ayudas a huérfanos y a soldados indígenas, o para la reconstrucción del alcázar y las obras públicas, también fueron a parar a su cuenta. ¿Por qué? Por la mismísima voluntad de Franco. Él, que había librado a España del germen rojo de los comunistas y conducía al país a un glorioso futuro, entendió que debía recompensarse a sí mismo por el éxito de su "cruzada", y esto pasaba por poner a su disposición y gestionar los fondos del tesoro público como le placiera. Y los del tesoro privado también.

Franco supo premiar a todas las figuras de relevancia que le prestaron su apoyo durante la guerra; siempre y cuando, claro, aquella negociación le repercutiera beneficios directos. Con la reestructuración de una España caída en desgracia, el Palacio del Pardo se había convertido en el centro neurálgico del enriquecimiento de los ricos. Allí se acercaban toda clase de empresarios y banqueros para mostrar su apoyo incondicional al régimen y, por supuesto, su servicio. El ‘modus operandi’ era similar en todas las reuniones llevadas a cabo allí: Franco adjudicaba a dedo los planes de reconstrucción de casas, pantanos y otras obras a las empresas. A cambio, estas ofrecían regalos y donativos privados, a la vez que integraban en sus consejos de administración a familiares y allegados del dictador, que llegó a tener influencia en hasta 150 grandes empresas. Así, todos se hacían de oro. Uno de los mejores ejemplos de este entramado es el Valle de los Caídos. El mayor homenaje al fascismo en España se retrasó en su construcción más de lo que el dictador estaba dispuesto a permitir, y por ello envió a trabajar a miles de presos, la mayoría políticos, engañados por el Sistema de Redención de Penas. Las empresas a las que se les adjudicó la edificación del Valle pedían a la administración franquista un número casi ilimitado de reclusos. Se embolsaban grandes cantidades por el servicio de obra que se traducían en sueldos de miseria que abonaban, a través de la misma administración, a estos reclusos: cobraban dos pesetas, de las que 1,5 se usaban para cubrir su manutención. Los 50 céntimos restantes les eran entregados en mano.

Construcciones Huarte, que pasaría a ser conocida en el futuro como Obrascón Huarte Lain (OHL), una de las principales compañías del Ibex35, fue una de las empresas que se lucró con el trabajo de los esclavos en el Valle de los Caídos. Construcciones Huarte no fue la única que se lucró de la ‘generosidad’ del franquismo. Según el escritor e historiador Mariano Sánchez, Fomento de Construcciones y Contratas (FCC), imperio de los Koplowitz, donde se colocó al yerno de Franco, o la Banca March, vinculada directamente con Juan March, dobló todo su patrimonio al término de la Guerra Civil. Estas fueron algunas de las otras empresas que conocemos a día de hoy que recibieron el don de gracia económico del régimen, y que ahora, cuatro décadas después del final de la dictadura, amasan algunas de las fortunas más importantes del país.

Los regalos a Franco

Franco no solo recibió regalos de las adjudicaciones y donativos, como el que consta por parte de la Compañía Telefónica Mensual en una nota que expone "las cantidades a disposición de su excelencia el jefe del estado en agosto de 1940": 10.000 pesetas mensuales; también, fue obsequiado con palacios y monumentos y, a través de múltiples sociedades, con el dinero que iba expoliando y el cobro de numerosas mordidas, se realizaron inversiones que se extienden a lo largo y ancho de toda la geografía nacional e internacional. En total, se conocen más de una veintena de propiedades inmobiliarias divididas en Madrid, Guadalajara, Córdoba o A Coruña, e incluso en lugares como Miami o Filipinas, de las que hay constancia a través de diversos documentos, pero que nunca se han podido cuantificar a razón de la Ley de Secretos Oficiales. En conjunto, forman un patrimonio superior a los 300 millones.

Pero, sin duda, los regalos más famosos y polémicos que obtuvo Franco tras vencer a los republicanos son el Canto del Pico y el Pazo de Meirás. El primero, propiedad de José María del Palacio y Abárzuza, conde de las Almenas, es un enorme palacio de 2.000 metros cuadrados ubicado en la Sierra de Madrid, en lo alto de las montañas, rodeado de más de 100 hectáreas de finca. Llegó a ser bastión militar temporal de los republicanos, pues está en un punto al que nadie podía acceder sin ser visto, pero tras el fin de la Guerra Civil, el conde de las Almenas dejó las escrituras a Franco como herencia. Actualmente, esta fortaleza se encuentra en ruinas. La familia Franco la vendió en 1988 a un empresario español por 320 millones de pesetas, que equivaldrían a día de hoy a 29 millones de euros. El comprador quiso hacer del palacio un hotel, pero debido a que el Canto del Pico estaba construido en terreno protegido, acabó por desechar el proyecto.

El Pazo de Meirás, por su parte, fue regalado a la fuerza. Literalmente. Si bien el NODO anunció que "Galicia, su tierra natal, ha ofrecido a Franco" el edificio, lo cierto es que el dictador se hizo con él a través de una donación promovida por varios empresarios. Esto es, con dinero detraído a los funcionarios de A Coruña y con una suscripción popular, que en realidad era un 'puerta a puerta' de la gente de la Falange a los vecinos. Quién iba a decir que no. Así, en diciembre de 1938, Franco recogió el regalo por parte de Pedro Barrié de la Maza, representante legal del dictador en dicha transacción por la que luego obtendría en reconocimiento el condado de Fenosa. El Pazo de Meirás está actualmente en venta por ocho millones de euros. La familia de Franco siempre ha intentado deshacerse de todo el patrimonio tras su muerte por los grandes costes que supone su mantenimiento.

El Pazo de Meirás y el Canto del Pico | Agencias

No menos importantes, aunque sí más desconocidas, son las escrituras de la finca de Valdefuentes en Arroyomolinos en el año 51 que ocupa diez millones de metros cuadrado. El dictador se gastó 13 millones de pesetas en su compra. En aquella época, Franco ya había pasado a cobrar como jefe de Estado 600.000 pesetas al año. Las cuentas no fallan: hubiera necesitado 22 años para pagar la finca de Valdefuentes. Entonces, ¿de dónde sacó el dinero? En la actualidad, sigue en manos de los herederos de Franco, si bien tercio de la finca se recalificó años después. Allí se construyeron 3.000 casas, tres polígonos y hasta un centro comercial. La familia mantiene aún dos grandes mansiones de 500 metros cuadrados dentro de ese perímetro.

El tesoro de Calviño y la 'operación Café'

Se podría decir que el tesoro de Calviño fue uno de los episodios más oscuros en la ambición de Franco por ampliar su patrimonio de forma ilimitada. José Calviño fue funcionario de Hacienda y agente para la compra de armas y munición desde París durante la Guerra Civil durante los gobiernos republicanos de Largo Caballero y Negrín. Ayudó además a proteger y evacuar a los refugiados españoles. Tras el fin de la guerra, era conocido por la administración franquista que Calviño gestionaba una gran suma de activos y mucha información sobre el exilio de notorias figuras de la República: su tesoro, que se convirtió en el objetivo de Franco.

El dictador franquista acordó con el gobierno francés en obligar a Calviño a que se 'deshiciera' de ese material, pero lo cierto es que el dinero y la información pudieron acabar también en las cuentas personales de Franco. Así lo expone un informe de Pedro Urraca, recaudador de Franco, que se reunión con Calviño en la capital francesa "a fin de arreglar la reintegración a España de los valores que el citado Calviño detentaba aún en su poder". En dicho documento, Urraca aseguraba que se podía recuperar el dinero líquido que poseía Calviño: 19.000 dólares y 15 millones de francos depositados en la aduana de Marsella. De dicho informe se desprenden además dos cifras que llamaban especialmente la atención: un montante que se "podría recuperar fácilmente" y que "podría ascender a un millón de dólares", y el resto, "a unos 100 millones de francos".

Pero una de las mayores operaciones de Franco que desenmascaró su falso desapego por el dinero fue la llamada ‘operación Café’. El escritor e historiador Ángel Viñas desveló en ‘La otra cara del caudillo’ que, acabada la Guerra Civil, el dictador brasileño Getúlio Vargas regaló a España 600 toneladas de café. Este era uno de los productos que más escaseaban en los años de posguerra, por lo que su demanda creció notablemente en los mercados de estraperlo. Franco lo sabía, y se aprovechó: vendió ese café a precio tasado por la propia administración e ingresó en una de sus cuentas 7,5 millones de pesetas, que en la actualidad equivaldrían a más de 85 millones de euros.

Las cuentas ocultas de Franco

¿Había interés en ocultar los movimientos bancarios del dictador? En el Archivo Histórico de Salamanca hay localizadas al menos cuatro cuentas pertenecientes a Franco en los años 1940, 1950, 1956 y 1959. Se desconoce el paradero del resto y no consta en ningún registro público, salvo la del segundo trimestre de 1961; documentos a los que pudo acceder el programa Equipo de Investigación tras realizar una solicitud a la Fundación Francisco Franco. En las 12 hojas recibidas se expone que, entre dinero en metálico y en valores, Franco tenía unos 23 millones de pesetas. En el año 40, Franco contaba con cuatro millones.

El hecho de que ese registro del año 61 no fuera público certificaría que existen más documentos que no han visto la luz. Pero ¿cómo es posible que no se tengan datos de las otras cuentas? Entre el año 2000 y 2001, 25 años después de la muerte de Franco, sus papeles pasan a ser públicos. El Ministerio de Cultura del Gobierno de Aznar otorgó 150.000 euros a la Fundación para "la informatización del fondo y la realización de una copia de seguridad del mismo (microfilmada y digital)" que tenía en su poder. No fue una subvención común: rayaba el tope de las más altas, según reconoció en su momento José Manuel González, técnico del Ministerio de Cultura que se encargó de controlar cómo se invirtió el dinero que recibió la fundación.

Él mismo afirmó que es "imposible" conocer si en el fondo de Franco se hallaban todos los documentos "íntegros": "Podría haber documentos guardados en un cajón o que se hayan eliminado, pero es muy difícil saberlo". La Fundación Francisco Franco destinó parte del dinero a la contratación de una empresa para microfilmar el archivo del dictador, trabajo que se realizó en la propia sede de la institución de forma "muy controlada", si bien, como confesó Millán Villalvilla, responsable de dicha labor, no había un encargado de velar que todos los documentos que había en el archivo de la Fundación fueran microfilmados. Esto da a entender que es posible que el patrimonio que manejó Franco durante los últimos años de su régimen y que pasó a gestionar la familia tras su muerte fuese mucho mayor de lo que se ha calculado tras las investigaciones realizadas y los papeles disponibles.