En Lo de Évole
Alba Flores habla de su familia, el franquismo, el racismo y Antonio Flores: "Necesito darme el permiso de vivir más que mi padre"
Al detalle La actriz abre las puertas de su memoria y de su familia en Lo de Évole, un viaje entre recuerdos, emociones y compromiso social. Entre el Rastro de Madrid y su casa, revela su historia, el legado de los Flores y su mirada crítica.

Alba Flores no es solo una de las actrices más reconocidas de su generación, aunque su cara haya servido para enarbolar luchas políticas y feministas. Es también una mujer que ha aprendido a revisitar su historia y la de su mediática familia de una manera personal, mezclando en su análisis algo que para los Flores es indivisible: lo que ocurre delante y detrás de las cámaras.
Hija de Antonio Flores y nieta de Lola Flores, su identidad se construye en diálogo constante con un legado cultural inmenso, pero también con las heridas y contradicciones que este tipo de análisis familiares siempre arrojan. En el segundo programa de la nueva temporada de Lo de Évole, grabado un día después de recibir el premio Forqué por Flores para Antonio -el documental que ha conmovido a toda España-, Jordi Évole se acerca a ella desde un lugar íntimo, pero severo. Alba no tiene pelos en la lengua y él va a descubrirlo pronto.
El programa comienza en el Rastro de Madrid, un lugar que para Alba no es un decorado, sino un mapa de su infancia. Allí, en la calle donde vivía su familia materna, regatea para comprar una revista antigua en la que se habla del nacimiento de su padre y lee un detalle llamativo que dice más de lo que parece a primera vista: "El primer sonajero se lo regaló Estrellita Castro". La España de entonces sabía hasta quién le había comprado el primer sonajero a Antonio Flores.
La presencia de los Flores se hace palpable en cada puesto, y Alba lo vive con naturalidad: "Para mí es mi vida, pero tú flipas". Todo, o casi todo lo que rodea a su familia es de dominio público y no encuentra nada extraño en ello. Entre los puestos aparecen también recuerdos incómodos. Una revista Interviú remite a un momento doloroso: Alba recuerda el juicio que ganó tras la publicación de una fotografía suya tomada cuando era menor, aunque se difundiera justo al cumplir 18 años. "La cagaron muchísimo, porque yo tenía 17 años". En esa misma revista aparecieron también su madre y sus tías.
Su sinceridad sobre Antonio Flores
En ese paseo por el Rastro se encuentra con su madre, Ana Villa, quien aporta una nueva ventana por la que asomarnos a la personalidad de su hija y a la cotidianeidad de la familia que formó con Antonio Flores. Sobre él, habla con honestidad. "Aunque nos separamos, seguíamos haciendo muchas cosas juntos", explica. Nunca dejó de quererle y siempre quiso volver con él: "Yo estaba enamorada, hubiese tenido seis hijos".
El documental Flores para Antonio removió heridas profundas en las mujeres de Antonio. Y es que volver a sumergirse en ese legado familiar documentado hasta el extremo por esta narrativa audiovisual ha sido muy duro para ella, y también "para Lolita y Rosario".
La presencia de Elena Furiase amplía el retrato familiar. "Vayas a donde vayas, hay algo de ellos", afirma sobre la huella cultural de los Flores. Juntas recuerdan a su abuela Lola Flores y las historias que les contaba para dormir: "Nos contaba cuentos rarísimos, eran como de David Lynch, los podía hacer Tim Burton".
La conversación se mezcla entre admiración y sorpresa por la influencia cultural y mediática de los Flores, pero también por la manera en que han sobrevivido al juicio del tiempo y la fama. También evocan a su abuelo El Pescaílla, siempre pendiente: "¿Has comido? ¿Tienes dinero? ¿Estás bien?". Alba corrige cuando Jordi lo define como "patriarca": "Eso es un invento payo".
Machismo en 'La Casa de Papel'

En ese contexto, la conversación se desplaza a la fama de Alba y su personaje en La Casa de Papel. Évole recuerda a Nairobi, su personaje icónico, pero para Alba, algo controvertido: "A mí no me parece una serie especialmente feminista. No lo es. No es por mucho que mi personaje dijera lo de 'empieza el matriarcado' y se convirtiera como en un símbolo", reconoce, aunque esa escena haya servido "para reivindicar muchas luchas, por ejemplo la del aborto en Argentina".
Su personaje fue una bandera: "Para mí, perfecto. Pero en origen, el contenido no era tan fuerte, consciente y nutritivo como el significado que luego le ha dado la gente".
La conversación se relaja con recuerdos de infancia compartida. Elena y ella jugaban a hacer entrevistas a la familia, incluso a Juan El Golosina, al que Elena preguntó si era "un hombre un poquito mujer". El humor llega con la confesión de Évole: tuvo -y sigue teniendo- un "crush" con Elena. "Al igual que tú le dijiste a Henar Álvarez...", refiere el presentador rememorando a una entrevista que Alba concedió al programa 'Al cielo con ella', presentado, precisamente, por el 'crush' de Alba.
Jordi admite que ya se lo había contado a Lolita en un programa de la temporada anterior de Lo de Évole, pero lo eliminó del montaje: "Se lo dije a tu madre en la entrevista y lo quité luego". "No le hizo ni puta gracia", confiesa entre risas. Alba cierra la escena con un 'dardo' magistral: "Me has engañado para tener una cita con mi prima. Cucha el payo".
La fama, los paparazzi desde la infancia
La fama se muestra como una presencia incómoda desde la infancia para ellas. Ambas recuerdan crecer perseguidas por paparazzi. "Antes no se protegía a los niños en la televisión. Nos perseguían en los coches, a mi hermano le tiraron un helado y se puso a llorar, yo lo veía muy abusivo", cuenta Elena.
Aun así, Alba reivindica el sentido profundo de pertenencia a su raíz: "Somos una familia gremial de artistas, lo que nos conecta no es la gloria y la fama, sino el amor al arte y al público". Y añade: "Mi tía Lolita, mi tía Rosario, mi prima y yo no vivimos de las rentas; trabajamos como cabronas y lo seguimos haciendo".
El programa entra entonces en uno de sus núcleos más políticos. Alba denuncia haber sufrido racismo toda su vida. Pone de ejemplo el momento en el que se mudó a un nuevo barrio, donde los vecinos empezaron a temer que iba a armar allí mucho follón: "No creo que a Bárbara Lennie ni a Aitana les pase esto; no es por artista, es porque somos gitanos".
La corrección a Évole

En el segundo programa, Jordi Évole visita a Alba en su casa. Cocinan un cocido vegano con la receta de Ana Villa mientras hablan de fama y privilegio. "Es un problema de privilegiado, eso no es un problema de la vida", dice Alba.
Jordi reflexiona sobre la polarización social y recuerda que alguien le gritó "Viva España". Alba añade que a ella le gritaron "Arriba, España" cuando iba con su amigue no binarie. También da su opinión acerca de la extrema derecha, el machismo y el patriarcado: "El patriarcado nos oprime a todas y a todos, a los hombres os brutaliza". Cita a Pamela Palenciano y bromea con la necesidad de "talleres de cortar cebollas para las nuevas masculinidades".
Habla también de su "familia escogida": "Tengo amigas, amigos y amigues". Algo que a su familia le cuesta entender, por mucha curiosidad que tenga por entenderlo. Alba reflexiona sobre la represión de la libertad sexual y el fascismo: "Si eres capaz de renunciar a eso, puedes obedecer con cualquier cosa". Y va más allá en su reflexión sobre por qué "los fascismos se oponen a la libertad sexual": "Si nos hubieran enseñado a relacionarlos de manera libre con la sexualidad, ¿quién coño iba a trabajar ocho horas al día?".
La relación de los Flores con el franquismo
Alba reconoce que le hubiera gustado que los Flores fueran "más combativos" contra el régimen, aunque contextualiza a su abuela, que afirmaba que con Franco había vivido "muy bien" y que habría dicho lo mismo de "los barbudos" -como ella llamaba a los comunistas- si la hubieran tratado igual.
Frente a esa ambigüedad, reivindica a su padre: "Claramente, mi padre sí que tenía una ideología antifascista". Y después recita algunos versos de canciones que dan buena cuenta de ello.
Évole señala que Alba es quien menos se expone en el documental Flores para Antonio. Ella recuerda haber dejado fuera momentos en los que se rompía: "No funcionaba, era demasiado pornográfico". Habla también de una expareja de siete años y de cómo esa relación le permitió profundizar en sus heridas."No he tenido espacios para recrearme en que yo estaba enamorada de mi padre", sabe reconocer ahora. Cuando Jordi le pide que diga algo negativo sobre su padre, Alba responde: "Vivía muy al riesgo y eso era muy difícil de llevar para quien estaba a su alrededor".
El encuentro con Carla Simón

La llegada de Carla Simón, que entra en la propia casa de Alba Flores, abre un bloque intenso. La actriz comparte con la directora de Estiu 1993, Alcarràs y Romería la experiencia de perder a sus padres muy jóvenes por la droga y reflexionan sobre el estigma. Alba recuerda cuando un niño insultó a su padre diciéndole "yonqui" cuando estaban en el colegio: "Me fui a mi casa y le pregunté a mi madre". Carla comparte cómo supo que sus padres murieron de sida. Ambas han superado la edad en la que sus padres murieron y tienen una sensación extraña. En su 33 cumpleaños, Alba compartió una tarta con los suyos. "Necesito darme permiso para vivir más que mi padre", reflexionaba entonces.
Ambas reflexionan sobre la generación de los 80 y le dan una nueva lectura que reconoce su valentía y su capacidad de romper reglas. Alba conecta esta nueva visión con el presente: "No hemos tenido permiso para parecernos a ellos en lo que mola, en la libertad, en cuestionar el sistema". Reconoce también que se sorprendió admirando a su padre por haber conseguido desintoxicarse y aguantar el mono durante el proceso de creación del documental.
Al despedirse, Alba le agradece a Carla haber hecho Estiu 1993, una película en la que ella se vio sumamente reflejada. Por ella también se preocuparon cuando no lloraba tras la muerte de su padre. "Es que Alba no llora", decían. Tampoco lo hacía la niña protagonista de Estiu.
La emoción de Alba al escuchar No dudaría
El programa termina con Alba colocando flores a la estatua de Lorca, cruzándose con un coro que canta villancicos en la plaza de Santa Ana. La emoción asoma en su rostro cuando empiezan a cantar No dudaría al verla. Ella no puede seguirles con su voz, pero sí con su mirada. Alba ya no canta, pero escucha, habla y siente.
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