Mucho ha cambiado desde que una convocatoria que saltó de muro en muro por internet acabó siendo el germen del movimiento social, político e institucional que sacudió nuestro país para siempre, hace este sábado diez años. Se cumple una década del 15M y, a ratos, todo puede parecer similar: las mismas crisis, el mismo hastío, la misma poca representación en las instituciones.

Pero hemos cambiado, y mucho. Especialmente en el tablero político. Se encendió la mecha de la indignación ciudadana: cristalizó en la creación de Podemos, revolucionó los resortes del Estado -la mayoría de ocasiones, sólo estéticamente- y terminó, como cualquier fiesta, con las luces encendidas y los restos del naufragio sobre la pista.

En este caso, con un partido que integra la coalición de gobierno de España, que ostenta la vicepresidencia tercera y algunos ministerios clave, buscando esta misma semana, ya con Yolanda Díaz, volver a acercarse al origen. A lo que fueron. Sí, al 15M.

Indignados, régimen del 78 y la casta

“El 15M fue un momento en esa coyuntura de la crisis política, institucional, de representación que se vivía aquellos años”, saluda a laSexta al otro lado del teléfono el politólogo Eduardo Bayón. En los albores de aquel mayo de 2011 la decepción era generalizada.

El descontento, la desazón, el hastío que hizo que, tras una marcha combinada en más de 50 ciudades del país, un grupo de manifestantes decidieran hacer noche en Sol hasta las siguientes elecciones, programadas el día 22 de ese mismo mes. Eran locales y autonómicas. Y ahí se gestó una nueva manera de entender la política: asamblearia, horizontal y que exigía la atención sobre los gobernados.

Bienvenidas las asambleas ciudadanas, la rendición de cuentas. La distribución mucho más horizontal del poder. Conceptos como “indignados”, “régimen del 78”, o el ya manoseado “casta”. Aquello fue la explosión del hartazgo ante una crisis sin fin. Y, paradójicamente, ahora se vuelve al punto de partida.

Una nueva política: igual, pero con primarias

“Es algo, empezando por esos postulados, compartido por países de nuestro entorno. Los partidos políticos se habían refugiado en el Estado durante los años 80 y 90, aquellos en los que se configuró el modelo productivo del trabajo, y eso había erosionado el papel de los votantes”, analiza Bayón. “Se ve muy claramente en los partidos socialdemócratas: en España, al PSOE le importaba mucho más el gobierno y el grupo parlamentario en lugar de la militancia”.

En España, de hecho, esta tendencia representativa explota con la crisis económica, y, sumado a todas las expectativas frustradas del 15M, germina en el primer Podemos. “De esto bebe Podemos, pero de la resaca bebe el resto de partidos”, comenta el experto. “Y el máximo exponente son las primarias”, explica.

Y para muestra, un botón. Ya no hay formación política que se precie -con la excepción de Vox, un partido joven en comparación-, que no cuente con este método de elección de candidatos. “Se introducen estos mecanismos, erosionando a sus propios órganos y estructuras. En el caso del PSOE, el Comité Federal tiene menos peso; los liderazgos territoriales, también”. Cambian las dinámicas. Las formaciones pasan a ser más presidencialistas.

Con Podemos sucede igual. El viaje, corto pero intensísimo, del partido pasó por una organización asamblearia heredera de lo que se vivió en Sol -círculos, estamentos puramente horizontales dentro de la formación- a un partido con hiperliderazgo, muy personalista. “Alejado de esos mecanismos de participación que venían reivindicando”, sintetiza Bayón.

Pablo Iglesias y su viaje paralelo

Hay quien puede personalizar el viaje del ciclo político del 15M en no sólo Podemos, sino en el propio Pablo Iglesias. De profesor universitario y tertuliano ocasional en los medios, a revolucionar la política española, para pasar diferentes procesos internos -Vistalegre tras Vistalegre- y acabar, en cuestión de un par de meses, fuera de cualquier cargo tras haber ostentado la vicepresidencia segunda del Gobierno de España.

Eduardo Bayón discrepa con esta imagen, si al cambio de tendencia política se refiere. “El ciclo 15M se cerró como muy tarde en 2019, con los propios resultados electorales”, ahonda. “Si te fijas, el 15M y las aspiraciones políticas del primer Podemos eran muy de transformación, de cambio. Y han acabado, desde noviembre de 2019 (con la irrupción Vox), en esos espacios políticos jugando a la contra y a conservar lo que ya había. Casi por satisfechos con eso”.

Sin embargo, sí admite que las trayectorias entre el movimiento e Iglesias sean similares. Es lo que le pasó al propio 15M: su figura surge en ese contexto, tienen una ascensión y protagonismo meteórico, se convierte en referente, sus pretensiones son transformadoras, desde ‘asaltar los cielos’ a las aspiraciones de transformar por completo la política española y el país, para acabar jugando a la resistencia. Eso en las madrileñas se ha visto”.

En qué ha quedado el 15M

Ahora, a diez años vista, el poder del 15M tiene un valor más cultural y de hito para una generación que de algo que materialmente y efectivamente haya producido una transformación política. En el fondo, más allá de variaciones muy visibles, como los ejercicios de transparencia que se exige al ámbito público, todo sigue un poco igual.

“Sí hay una herencia, porque estábamos en ese contexto de crisis y ahora estamos en otra”, apunta Bayón. “La importancia de la política mediáticamente, en los temas de conversación, está bastante presente”.

A sus ojos, “se han perdido más otras cuestiones como la regeneración democrática, o las exigencias de casos de corrupción. Como el sistema de partidos se transformó y entraron en juego nuevas opciones, la oferta y la canalización sí hubo ahí cierto desplazamiento a la institucional. Pero muchas críticas las siguen padeciendo: por ejemplo, la opacidad de la Casa Real o la eterna reforma del Senado”, considera el politólogo.