Las fiestas de San Fermín son conocidas en el mundo entero, y cada año cientos de miles de personas acuden a las celebraciones que tienen lugar en Pamplona del 6 al 14 de julio. Sin embargo, el origen del santo que da nombre a estas fiestas no es tan popular. De hecho, se trata de una leyenda que nació en Amiens, una localidad del norte de Francia, durante el Imperio Romano y que llegó a Pamplona en el siglo XII.

Uno de los primeros textos que recogen la historia de San Fermín es 'La leyenda dorada' de Jacobo Voragine, que data de 1264. El relato cuenta que Fermín era el hijo de Firmus, un senador bajo el mandato de los emperadores romanos Diocleciano y Maximiano, que era gobernador general de la región. Según afirma la leyenda, Firmus encargó la educación del niño al presbítero Honesto, quien envió a Fermín a Toulouse para que finalizase sus estudios y pidió al arzobispo que lo ordenase sacerdote para que éste predicase la fe cristiana.

Años más tarde, tras ser nombrado obispo, Fermín llegó a Pamplona con la misión de evangelizar y permaneció allí hasta los 31 años, cuando volvió a las Galias. Estuvo entonces en Agen, Beauvais y, por último, Amiens, donde, tras sufrir la persecución romana, logró convertir a 3.000 personas. Pero esta hazaña fue duramente condenada por los gobernadores romanos, quienes, tras detenerlo y encerrarlo en la cárcel, lo degollaron en secreto. De acuerdo a la historia, su martirio tuvo lugar un 25 de septiembre.

El cuerpo de Fermín fue sepultado por algunos cristianos y apareció siglos después (en el año 615), durante el episcopado de San Salvio. La ciudad de Amiens escogió a Fermín como el santo que cristianizaría la ciudad, según indica el historiador Roldán Jimeno, por sus raíces vasconas y romanas, algo que resultaba atractivo en la época. "Era muy normal escoger un personaje extranjero que diese cierto toque exótico y relevante a la urbe", apunta.

Pero la historia de San Fermín no llegó a Pamplona hasta el siglo XII, cuando Pedro de París, el entonces arzobispo, conoció la leyenda y trajo consigo una reliquia que depositó en el altar de la Catedral de Pamplona. El culto al santo que, según contaba la Iglesia, había sido el primer arzobispo de la ciudad fue extendiéndose por todo Navarra. A lo largo de los años, diferentes historiadores recogieron esta versión y la fueron adornando cada vez más.

Pero fue en el siglo XVIII cuando se dieron a conocer 'Las actas sinceras', del presbítero Miguel Joseph de Maceda, que narraban la historia pamplonesa y consiguieron popularizarla. Cuando comenzaron a celebrarse las fiestas de San Fermín se empezó a usar también el famoso 'pañuelico' rojo como símbolo de la muerte por degollación del santo.

No obstante, varios historiadores indican que la leyenda de San Fermín no posee base histórica. En los años 70, el bibliotecario de la Catedral de Pamplona, José Goñi, llegó a la conclusión de que se trataba de una historia "legendaria e inverosímil".

Así lo confirmaron, años más tarde, el historiador Jimeno Jurio tras una exhaustiva investigación y, recientemente, la tesis de Roldán Jimeno. Una de las razones de mayor peso es que existen contradicciones temporales entre las versiones de Pamplona y Amiens (los primeros sitúan la leyenda en el siglo I y los segundos en el III), que, a su vez, no coinciden con la fecha en la que se dio la cristianización de ambos territorios (siglo III en el caso de Pamplona).

Además, no existe ninguna referencia a San Fermín en Pamplona hasta el siglo XII. Otro dato que llama la atención es que el santo tampoco tenía ninguna iglesia ni ermita en su nombre. Leyenda o no, el copatrón de Navarra sigue atrayendo a miles de personas que celebran las fiestas en su nombre y cada mañana de San Fermín, minutos antes del encierro, le cantan emocionados pidiendo su bendición.