José María Aznar López envejece aún mejor que Isabel Preysler. No tiene un gramo de grasa, no ha perdido un solo folículo capilar ni con la edad ni con la pandemia y mantiene la sequedad castellana tal y como lo conocimos cuando llegó a nuestras vidas. Reconozcámoslo de una vez por todas: es un ser superior.

Es un hombre (y qué hombre) tan fiel a las tradiciones que se agradece que no innove con algunos de los males de la política actual. No rapea al hablar, no engola la voz ni hace latiguillos o chistes sin gracia, tampoco se apropia de frases marketinianas procedentes del argumentario de un spin doctor.

Josemari, como dice que le llaman sus amigos, es austero hasta a la hora de abrir la boca y hace un enorme esfuerzo por resultar simpático. Por eso cuando sonríe emite un sonido muy extraño, una onomatopeya más propia de un equino que de un ser humano.

En la entrevista con Jordi Évole mintió varias veces pero frunció menos el ceño que en otras ocasiones. Fue un Aznar vestido de blanco y luto, con gemelos en la camisa (otra tradición de la derecha de toda la vida) al que sin embargo vimos algo más relajado. Recuerdo un mano a mano con Sarkozy en la Universidad Francisco de Vitoria en la que permaneció todo el rato encorsetado y sonriendo de manera exagerada ante sus propios chistes. Una se lo imagina lamentando su suerte por tener enfrente a un rival también flaco, también con pelo, pero francés. Digamos que de esa contienda salió regular parado.

Regañó poco a Évole y también a los demás, cosa que es toda una novedad. Se gustó con creces, algo que no necesita ensayar porque, por si aún necesitan ustedes que se lo repita, cuando nos gobernó lo hizo absolutamente todo bien. Y si acaso hubiera alguna duda, se ha tirado un buen porrón de horas en el Congreso de los Diputados, templo de la soberanía popular, dando explicaciones.

Citó a Cánovas del Castillo, a Winston Churchill y habló de bridgers y breakers con soltura y con altura. "Soy muy de tender puentes", dijo. En casa nos reímos muchísimo con ese gag. Fue un Aznar más pagado de sí mismo que nunca porque además ha mejorado mucho su inglés desde aquella vez que le escuchamos ese acento tan extraño con el "estamos trabajando en ello".

Como hombre fiel a las tradiciones, sigue intentando convencernos de que los atentados del 11M no quedaron esclarecidos del todo y siguen teniendo un tufillo raro. Señaló a periodistas, renegó de cualquier tipo de comportamiento inmoral o corrupto en su expediente. Él no sabía nada porque habría amputado a la mínima. La cámara enfoca directamente a su rostro y a esa mirada laxante que comparte con Isabel Pantoja. Enmudecimos todos en el salón. Cómo eres, JM.

Y si algo pasó, no se enteró. O fue cosa de otros. Por eso, si desfilaron por el Patio de los Reyes del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial una fauna y flora poco recomendable, es porque venían de parte del novio. Qué fantasía de señor, no me digan que no.

A Aznar le gustan la Constitución, el vino y pagar pocos impuestos, y no le gustan los separatistas ni los terroristas. Entre sus planes a corto plazo no tiene prevista ninguna reunión con Oriol Junqueras y considera que "Pujol, enano, habla castellano" es la típica reacción jocosa ante una victoria electoral. Tampoco prevé volver a la política ni ocupar su tiempo en asesorar a Pablo Casado mientras le zozobra el barco. Aznar no quiere oler ni de cerca la palabra fracaso ni juntar el apellido Abascal con otra palabra: la ultraderecha.

Resumiendo: es uno y trino. Y encima con pelazo.