CURIOSIDAD
Sustos y miedo no son lo mismo: así los distingue el cerebro
Aprender a identificar cuándo estamos ante una reacción momentánea o ante un miedo más persistente permite gestionar mejor el estrés.

Publicidad
Aunque solemos usarlos como sinónimos, el susto y el miedo son dos emociones distintas que el cerebro procesa de forma diferente. Un susto es una reacción inmediata, un sobresalto que aparece sin previo aviso. El miedo, en cambio, es más profundo y duradero: se activa cuando percibimos una amenaza real o imaginaria, incluso si aún no está frente a nosotros.
El miedo cumple una función adaptativa: alejarnos de lo que podría poner en peligro nuestra integridad. Cuando sentimos miedo, el cuerpo reacciona para protegernos: se acelera el corazón, se dilatan las pupilas y la atención se concentra por completo en el posible riesgo. En cambio, el susto es una descarga rápida del sistema nervioso simpático que prepara al cuerpo para huir o defenderse, pero desaparece cuando confirmamos que no existe un peligro real.
Los científicos describen el miedo como una emoción subjetiva y compleja, difícil de definir en términos exactos. Sin embargo, ambos estados cumplen un papel esencial: nos mantienen alerta y ayudan al organismo a reaccionar ante lo inesperado. Incluso esos "sustos controlados" que buscamos en películas de terror o casas del miedo son una forma sana de poner a prueba nuestros reflejos y conocer mejor cómo responde nuestro cuerpo ante la tensión.
En la vida cotidiana, distinguir entre susto y miedo también puede ayudarnos a entender mejor nuestras propias reacciones emocionales. Un ruido fuerte en mitad de la noche puede provocarnos un susto instantáneo, pero si después empezamos a imaginar que alguien ha entrado en casa, ese sobresalto inicial puede transformarse en miedo sostenido. Es en ese paso donde intervienen nuestros pensamientos, recuerdos y expectativas, ampliando o reduciendo la sensación de amenaza.
Comprender esta diferencia no solo tiene interés teórico, sino también práctico. Aprender a identificar cuándo estamos ante una reacción momentánea o ante un miedo más persistente permite gestionar mejor el estrés y evitar que una alarma puntual se convierta en una preocupación constante. En ese sentido, reconocer cómo responde el cuerpo y darle tiempo para volver a la calma puede ser clave para mantener el equilibrio emocional frente a situaciones inesperadas.
Publicidad





