COMUNICACIÓN
¿Qué quiere decir cuando un médico dice "esto es normal"? ¿Implica algún peligro?
Son las conclusiones de un estudio realizado con casi 10.000 voluntarios que señala una brecha en la comunicación médico-paciente.

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Hay una palabra que puede tranquilizar a un médico y preocupar, o incluso desanimar, a un paciente: normal. Lo que se dice es "En este caso es normal que tengas estos síntomas".
Para el médico puede significar: esto es frecuente, conocemos este cuadro y no parece que haya nada extraordinario detrás de lo que te ocurre. Pero el paciente puede escuchar algo muy diferente: si es normal, entonces no debo preocuparme, no hay que hacer nada.
Y ahí puede comenzar un problema. Un nuevo estudio realizado por científicos de la Universidad de California en San Diego y publicado en Nature, muestra que esta diferencia aparentemente pequeña en el significado de una palabra puede tener consecuencias reales. Cuando los médicos describen determinados síntomas como "normales", los pacientes pueden interpretar que tampoco es necesario tratarlos y se muestran menos dispuestos a buscar ayuda.
Seyi Lawal, primera autora del estudio, llegó a esta cuestión a partir de una situación especialmente reveladora: la comunicación médica alrededor de la menopausia. Algunas mujeres describen que, cuando consultan por síntomas que afectan a su vida cotidiana, reciben como respuesta que se trata simplemente de algo "normal" asociado a la edad.
Lawal se preguntó si médicos y pacientes podían estar interpretando de manera diferente exactamente la misma frase. Para comprobarlo, realizó 14 experimentos con 9.371 participantes, incluyendo tanto población general como profesionales sanitarios. Los escenarios planteaban problemas de salud muy diferentes, desde síntomas de la menopausia y migrañas hasta dolor dental, alergias estacionales o niveles elevados de glucosa.
En algunos casos, el profesional describía los síntomas como normales. En otros, no utilizaba esa palabra. Después, el equipo de Lawal preguntó a los participantes hasta qué punto estarían dispuestos a buscar tratamiento.
El resultado fue consistente en cada "cara de la moneda". Mientras los médicos pensaban que normalizar los síntomas ayudaría a tranquilizar al paciente y, como mínimo, no modificaría su intención de tratarse, los pacientes, en cambio, tendían a interpretar el mensaje de otra manera: si algo es normal, ¿para qué tratarlo?
"Los profesionales esperaban que normalizar los síntomas aumentara la probabilidad de que los pacientes buscaran tratamiento, o que, como mucho, no tuviera ningún efecto - afirma Lawal -. Pero los pacientes reaccionaron en la dirección contraria".
La clave está en que "normal" puede tener dos significados. Uno es estadístico: algo es habitual, frecuente o se encuentra dentro de un determinado rango. El otro es normativo: algo es aceptable, no constituye un problema o no necesita ser corregido.
Para un médico, decir que un síntoma es normal puede pertenecer al primer significado y, para un paciente, puede transformarse automáticamente en el segundo.
Un dolor de cabeza puede ser frecuente y seguir siendo incapacitante. Los sofocos pueden ser habituales durante la menopausia y, al mismo tiempo, interferir gravemente con el sueño o el trabajo. Un determinado nivel de glucosa puede aparecer con frecuencia en una población y, aun así, requerir seguimiento.
Que algo sea normal no significa necesariamente que haya que "aguantarse". Pero esa distinción no siempre se hace explícita durante una consulta. El equipo de Lawal comprobó, además, que el efecto podía reducirse con dos modificaciones muy sencillas. Una consistía en acompañar la palabra "normal" de una recomendación explícita sobre el tratamiento. La otra, en explicar que el uso de esta palabra era en un sentido estadístico y no para decir que el paciente debía aceptar sus síntomas sin hacer nada. Cuando se hacía una de estas dos cosas, la distancia entre lo que pretendía comunicar el profesional y lo que entendía el paciente se reducía.
El estudio llega en un momento en el que la conversación entre médico y paciente ha cambiado radicalmente. Hace unas décadas, para muchas personas la consulta médica era prácticamente el primer lugar al que acudían para intentar entender qué les estaba pasando. Hoy, muchas veces es el segundo.
Antes de sentarse frente al médico, un paciente puede haber pasado horas buscando sus síntomas en Google, leyendo páginas de hospitales, consultando foros, viendo vídeos en redes sociales o preguntando a un sistema de inteligencia artificial.
Eso tiene una ventaja evidente: el paciente llega a la consulta con más información y, en algunos casos, con mejores preguntas. Pero también introduce un nuevo problema. Médico y paciente pueden llegar a la misma consulta con dos mapas completamente diferentes de la enfermedad.
El profesional piensa en probabilidades, diagnósticos diferenciales, factores de riesgo, antecedentes y evidencia clínica. El paciente llega después de haber leído diez explicaciones posibles, algunas rigurosas y otras no tanto, y puede estar intentando averiguar si lo que siente es importante o si está exagerando. En ese contexto, una palabra ambigua puede pesar todavía más.
"Los médicos suelen tener una intención noble. Quieren aliviar la ansiedad, pero de alguna manera el mensaje puede volverse en su contra – concluye On Amir, coautor del estudio -. Normal no significa que tienes que vivir con ello. Un paciente no debería interpretar automáticamente que un síntoma deja de merecer atención porque un médico lo haya descrito como normal".
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