INVESTIGACIÓN
Miden el impacto de las pantallas en el desarrollo del lenguaje
Un nuevo análisis advierte que el tiempo frente a dispositivos en los primeros años puede moldear, y también limitar, el desarrollo del lenguaje. Con una excepción.

Publicidad
Hay una escena cotidiana que se repite en millones de hogares: un niño o niña, una pantalla encendida, unos minutos de calma. Es práctica, eficaz, casi inevitable. Y cada vez más frecuente. Pero, ¿cuáles son las consecuencias?
Entre el primer y el tercer año de vida, los menores atraviesan una auténtica explosión lingüística, incorporando palabras, sonidos y estructuras a un ritmo que no se repite a lo largo de la vida. Tanto que la Asociación Española de Pediatría recomienda no utilizar las pantallas hasta los 6 años: "No existe cantidad segura de exposición a las pantallas antes de esa edad", afirma.
Y en España tenemos un problema ya que vamos por la senda opuesta a esta recomendación: un 44% de los menores de 14 años dedican más de dos horas al día al uso de pantallas.
Ese cruce de pantallas en auge y lenguaje en formación, es el punto de partida de un nuevo estudio publicado en JAMA Pediatrics. El estudio, liderado por Lilian Sutton, de la Universidad de North Carolina, no parte de una idea nueva, pero sí de una preocupación creciente: el tiempo frente a pantallas no solo ocupa espacio… lo sustituye.
Cuando un menor de 6 años interactúa con un dispositivo, ocurre algo muy concreto: disminuyen las interacciones verbales con los adultos. Se escuchan menos palabras, se producen menos vocalizaciones y, sobre todo, se reduce el intercambio más importante para el aprendizaje del lenguaje: la conversación de ida y vuelta.
Y ahí está el matiz clave que señala el estudio: el lenguaje no se adquiere únicamente por exposición, sino por interacción. No basta con escuchar palabras, hay que responder, imitar, equivocarse y corregir.
El enfoque de la mayoría de este tipo de estudios es medir cuánto tiempo pasan los niños frente a pantallas y observar cómo cambia su entorno lingüístico. Pero el equipo de Sutton no solo analizó la cantidad de exposición, sino también el contexto: si hay adultos presentes, si existe conversación, si el contenido está diseñado para interactuar o simplemente para entretener. En paralelo, observaron indicadores del desarrollo del lenguaje: número de palabras escuchadas, frecuencia de vocalizaciones infantiles y calidad de la interacción con los cuidadores.
La primera conclusión fue casi obvia: a más tiempo de pantalla, menos lenguaje compartido. Pero al profundizar en tipos de uso surgió una diferencia clave: no todo uso de pantallas tiene el mismo efecto. El estudio distingue entre un uso pasivo y uno compartido.
Cuando un adulto acompaña al menor la dinámica cambia. Aparecen preguntas, comentarios, explicaciones. La pantalla es un medio y no un fin destinado al entretenimiento. Pasa de una herramienta pasiva a una activa.
Pero quizá lo más relevante del estudio no está en el efecto inmediato, sino en sus implicaciones. El desarrollo del lenguaje en los primeros años no es solo una habilidad más. Está profundamente ligado al rendimiento escolar, a la capacidad de aprendizaje y al desarrollo cognitivo general. Un entorno rico en lenguaje favorece no solo el vocabulario, sino también la comprensión, la memoria y la regulación emocional.
Y con esas conclusiones proponen una recomendación que entra en conflicto con las de la Asociación Española de Pediatría. Mientras este organismo habla de 6 años, el estudio de Sutton señala que el uso de pantallas debería evitarse en menores de 18 meses y limitarlo a menos de una hora diaria en niños de entre 2 y 5 años. Pero, y aquí está la distinción más importante, hacerlo acompañado. Y esto cambia el foco de un "problema tecnológico" al contexto en el que se utiliza el dispositivo. Si potencia una conversación, puede ser un recurso similar a un libro…
Publicidad





