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Infecciones, ansiedad, infartos: el rastro que un terremoto deja después del temblor

Los terremotos que acaban de sacudir Venezuela han dejado cientos de víctimas, pero su impacto en la salud no termina ahí. La ciencia advierte que las secuelas más graves de un sismo pueden aparecer días, semanas e incluso meses después.

Terremoto en Venezuela

Terremoto en Venezuela Reuters

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Cuando pensamos en un terremoto, lo primero que viene a la mente son los derrumbes, los escombros y las víctimas inmediatas. Pero los especialistas llevan tiempo advirtiendo de algo menos visible: los efectos de un sismo se prolongan mucho más allá del momento del temblor. De hecho, un informe publicado en la revista científica The Lancet llegó a calificar los terremotos como los desastres naturales más mortíferos del mundo.

Las primeras muertes se producen por aplastamientos y traumatismos graves, pero existe una segunda fase crítica que llega horas después. Muchas personas con hemorragias, fracturas complejas o infecciones no logran recibir atención a tiempo porque los hospitales, las carreteras y los servicios de emergencia han quedado colapsados. En un país como Venezuela, donde el acceso a medicamentos y atención médica ya era limitado antes de la catástrofe, ese riesgo se multiplica.

El peligro no desaparece con el paso de los días. Cuando miles de personas pierden su vivienda, los refugios temporales se convierten en su nuevo hogar, y con ellos llegan nuevos problemas: infecciones respiratorias, gastrointestinales y de la piel. El hacinamiento, la falta de agua potable y las dificultades para mantener la higiene son el caldo de cultivo perfecto para las enfermedades. A esto se suma una población especialmente vulnerable: quienes padecen enfermedades crónicas como diabetes, hipertensión o problemas cardíacos y se quedan, de un día para otro, sin sus medicamentos ni sus controles médicos. No es casualidad que, tras el terremoto de Northridge (California), los infartos aumentaran un 35% durante la semana siguiente al desastre.

Pero quizás la herida más duradera sea la que no se ve. El miedo a las réplicas, la pérdida de seres queridos y la incertidumbre dejan una huella emocional profunda. El insomnio suele ser uno de los primeros síntomas, junto con las pesadillas y un estado constante de alerta, a los que con frecuencia siguen cuadros de ansiedad, depresión y estrés postraumático. Según los estudios recogidos por The Lancet, la prevalencia de depresión tras un sismo puede ir del 6% al 72%, dependiendo del país y de la magnitud del desastre.

Por eso los expertos insisten en una idea: responder a un terremoto no puede limitarse a rescatar víctimas entre los escombros. Garantizar atención médica, acceso a medicamentos y apoyo psicológico es igual de urgente para evitar que la tragedia se siga cobrando vidas mucho después del último temblor.

Porque, al final, ¿de qué sirve sobrevivir al terremoto si lo que viene después también puede ser mortal?

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