¿TE PASA?

Esta es la razón por la que dormimos mal en un lugar desconocido

Unas neuronas específicas son las responsables. Esto ayudaría a desarrollar fármacos para personas con estrés post-traumático o ansiedad.

Las neuronas CRF del IPACL (verde) se activan cuando los ratones encuentran nuevos entornos y liberan neurotensina para mantener el estado de alerta

Las neuronas CRF del IPACL (verde) se activan cuando los ratones encuentran nuevos entornos y liberan neurotensina para mantener el estado de alertaHung et al.

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Dormir es una de las actividades a la que nos entregamos con mayor disciplina… Y una de las más misteriosas al mismo tiempo. Pasamos cerca de un tercio de nuestra vida con la conciencia apagada, confiando en que ese apagón sea justo lo que el cerebro necesita para funcionar al día siguiente. Sabemos que durante el sueño se consolidan los recuerdos, se "limpian" las conexiones neuronales, se regulan las emociones, se refuerza el sistema inmunitario y se ajusta el metabolismo. Esto es el para qué dormimos, el propósito. Sin embargo, cuando intentamos responder a la pregunta más básica (¿por qué dormimos?, la razón y no el propósito) la ciencia todavía titubea. Hay hipótesis sólidas, piezas bien encajadas, pero no una respuesta única y definitiva. El sueño, en cierto modo, sigue siendo una "fosa mariana" biológica, nos sumergimos en ella, pero no llegamos al fondo.

Y quizás por eso nos desconcierta tanto cuando falla. El ejemplo clásico de esto es cuando intentamos conciliar el sueño en un lugar nuevo. La escena es conocida: llegamos a un hotel, a la casa de un amigo, a una vivienda recién estrenada. Las sábanas están limpias, el silencio es razonable, la cama parece cómoda. Aun así, damos vueltas, despertamos con facilidad y sentimos que el descanso no termina de llegar. Curiosamente, la segunda noche suele ser mucho mejor. Algo en nuestro cerebro necesitaba una primera inspección nocturna.

Este fenómeno, conocido como "el efecto de la primera noche", no es exclusivo de los humanos. Desde hace años se sabe que los ratones (uno de los modelos favoritos de la neurociencia) también duermen peor cuando se enfrentan a un entorno desconocido. La arquitectura general del sueño es sorprendentemente similar entre mamíferos: alternamos fases profundas y superficiales, compartimos patrones de actividad eléctrica cerebral y utilizamos un repertorio muy parecido de neurotransmisores y hormonas para regular el descanso y la vigilia. Esa continuidad evolutiva sugiere que, si un mecanismo existe en ratones, probablemente tenga un equivalente en nuestro propio cerebro.

Precisamente, ese es el eje de un nuevo estudio publicado en Proceedings of The National Academy of Sciences y liderado por Daisuke Ono, de la Universidad de Nagoya. Gracias al análisis de ratones colocados en jaulas nuevas, el equipo de Ono, le puso "nombre y apellido neuronal" a esa inquietud de la primera noche. Se trata de un grupo específico de neuronas que se activan cuando entramos en un entorno desconocido.

"La amígdala extendida es una región cerebral que procesa las emociones y el estrés en los mamíferos – explica Ono en un comunicado -. Dentro de esta región, neuronas específicas llamadas neuronas IPACL CRF producen neurotensina y se activan al percibir un nuevo entorno. La neurotensina afecta entonces a la sustancia negra, un área cerebral que controla el movimiento y el estado de alerta".

Cuando el equipo de Ono registró la actividad cerebral de los ratones, observaron que estas neuronas se encendían con intensidad en los nuevos entornos. Si se inhibían artificialmente, los ratones se dormían con rapidez incluso en una jaula desconocida. Si se activaban, permanecían despiertos durante mucho más tiempo, aunque fuera su nido habitual. El circuito estaba claro: la neurotensina liberada por estas neuronas actuaba sobre la sustancia negra, una región cerebral relacionada con el control del movimiento y el estado de alerta.

El resultado es una especie de "guardia nocturno" neuronal. Aunque el cuerpo esté cansado, una parte del cerebro decide mantenerse vigilante hasta comprobar que el entorno no es peligroso. Desde un punto de vista evolutivo, tiene todo el sentido: dormir profundamente en territorio desconocido podía ser una sentencia de muerte. La mala noche, en este caso, es el precio de la supervivencia.

Lo interesante es que tanto la amígdala extendida como la sustancia negra están presentes en todos los mamíferos, incluidos los humanos. Eso refuerza la idea de que el mismo circuito podría estar actuando cuando no pegamos ojo en un hotel. Y abre una puerta clínica sugerente. Muchas personas con trastorno de estrés postraumático, ansiedad crónica o hipervigilancia nocturna describen una sensación similar: el cerebro se niega a bajar la guardia cuando cae la noche. Si se lograra modular este sistema de neurotensina, quizás sería posible ayudarles a dormir sin apagar del todo los sistemas de alerta que nos mantienen a salvo.

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