INVESTIGACIÓN
Aspirina y cáncer: qué sabemos, qué creíamos saber y qué acaba de demostrar la ciencia
Un nuevo estudio, basado en datos de casi 20.000 personas, logra aclarar las aguas y, por ahora, inclinar el debate.

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Durante décadas, uno de los medicamentos más comunes, la aspirina, ha sido objeto de interés en la investigación del cáncer. Este fármaco, conocido sobre todo por aliviar el dolor, la fiebre y prevenir eventos cardiovasculares en ciertos pacientes, empezó a llamar la atención de los científicos por otra razón: la posibilidad de que pudiera reducir el riesgo de desarrollar algunos cánceres o incluso mejorar la supervivencia de quienes ya están enfermos.
La hipótesis no surgió de la nada. Desde finales del siglo XX, estudios experimentales y epidemiológicos observaron que los antiinflamatorios no esteroideos (AINE) como la aspirina podían inhibir procesos relacionados con inflamación, proliferación celular o angiogénesis (la formación de nuevos vasos sanguíneos que alimentan tumores), y que podrían influir en rutas biológicas implicadas en el cáncer. Estos efectos van más allá de bloquear la enzima COX-2, como se pensó inicialmente, y podrían incluir también mecanismos relacionados con apoptosis (muerte celular programada), la respuesta inmunitaria y otros procesos celulares clave en el desarrollo tumoral.
Una de las asociaciones más consistentes en la literatura ha sido con el cáncer colorrectal. Varios estudios observacionales han hallado que el uso regular de aspirina se asocia con reducciones apreciables en el riesgo de cáncer de colon y recto, y con menor mortalidad por este tipo de tumores, especialmente a largo plazo y con dosis continuadas.
Sin embargo, ese panorama no es completamente homogéneo: ensayos clínicos aleatorizados diseñados inicialmente para prevenir eventos cardiovasculares no siempre han mostrado una reducción clara del riesgo total de cáncer, y en algunos casos los efectos han sido modestos o incluso contradictorios, especialmente en poblaciones mayores, lo que ha generado debate científico en torno a cuándo y para quién la aspirina podría ser una estrategia útil.
Ante este panorama, esperanzador, pero incierto al mismo tiempo, un nuevo estudio podría ser el que dirime las agua. Se trata de los resultados de ASPREE ( siglas de Aspirin in Reducing Events in the Elderly o Aspirina en la reducción de eventos en los ancianos ), centrado en adultos mayores sin enfermedad cardiovascular conocida al inicio del estudio. El análisis actualizado se ha publicado en JAMA Oncology y permite por primera vez observar cómo se comporta el uso de aspirina en la incidencia y mortalidad por cáncer a largo plazo en este grupo específico.
Los resultados muestran que, en la población de adultos estudiada (19.114 mayores de 65 años), el uso diario de aspirina de baja dosis no redujo de manera significativa la incidencia global de cáncer ni la mortalidad por cáncer cuando se compara con placebo.
Esto puede parecer contradictorio con estudios observacionales previos, pero hay factores que ayudan a entender esta discrepancia: en ASPREE muchos participantes empezaron a tomar aspirina por primera vez, y la media de edad era alta, condiciones que podrían influir en la falta de efecto preventivo evidente en este análisis.
Lo que este nuevo estudio sugiere es que no hay una solución mágica y universal en forma de aspirina para prevenir todos los cánceres, y que sus efectos dependen del tipo de tumor, la duración del uso, la dosis y las características del individuo.
Por ejemplo, una gran parte de la evidencia más sólida apunta a que el uso regular de aspirina reduce el riesgo de cáncer colorrectal, con estimaciones de reducción de riesgo en torno al 20–30% en varios estudios observacionales y metaanálisis.
Además, ensayos clínicos en contextos específicos, como en pacientes con síndromes hereditarios de alto riesgo o en quienes ya han tenido un cáncer, han mostrado beneficios más claros, incluyendo reducciones en recurrencia tumoral o incluso en mortalidad, aunque estos efectos no son iguales para todos los cánceres ni para todas las personas.
Entonces, ¿por qué a veces funciona y otras no? Las razones propuestas para una posible acción anti-cáncer de la aspirina incluyen la inhibición de la inflamación crónica, que está implicada en la promoción tumoral. La aspirina también influye en la actividad plaquetaria, lo que puede afectar cómo las células tumorales evaden el sistema inmunitario y se diseminan.
No obstante, estos mecanismos no se traducen de forma uniforme en una reducción generalizada del cáncer en todos los contextos poblacionales; por ello, los expertos han sido cautos en recomendar aspirina como prevención de cáncer fuera de casos bien definidos.
Este nuevo estudio advierte que el beneficio de la aspirina no es automático ni universal y destaca la necesidad de considerar factores como la edad del paciente, el riesgo específico de cáncer, la duración esperada de uso y los potenciales efectos secundarios, especialmente el riesgo de hemorragias asociadas al tratamiento prolongado con aspirina.
En términos de salud pública, esto refuerza una idea ampliamente aceptada: ningún fármaco por sí solo sustituye hábitos saludables y estrategias de detección temprana, como cribado de cáncer colorrectal y control de factores de riesgo.
A estoy hay que sumarle otro factor determinante. Pese a que la enfermedad lleve la etiqueta de cáncer (sin importar el órgano que afecta), hay un componente genético que implica que a la etiqueta se le deba sumar nuestro apellido. Sí, existe el cáncer de páncreas, pero está vinculado a nuestros genes. Por lo tanto, asumir que una aspirina puede prevenirlo es muy osado y solo funciona, en ciertas dosis y en determinadas personas. Y ese es el centro de los próximos estudios, comprender el porqué.
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