Las lluvias han disminuido más de un 20% en sólo 50 años. Para asegurarse el suministro de agua potable, la ciudad ha puesto en marcha un sistema casi único en el mundo: un proceso de filtración por el que convierten el agua residual en apta para el consumo.

Para potabilizar este agua que llega de los baños, de las duchas o de las industrias, el primer paso es la ultrafiltración. Aquí el agua pasa a través de unos tubitos, por unos agujeros muy pequeños, que hace que todo el agua pase y queden los sólidos y las bacterias más grandes.

Con el agua que se ha filtrado, lo que hacen en el segundo paso es parecido a lo que se hace con la desalinización del mar. Con unas hojas que giran, se filtran químicamente las impurezas que aún quedan, y el agua pasa a muy alta presión a través de una membrana.

Antes del tercer paso, el agua es casi potable, pero aún queda la desinfección ultravioleta que mata definitivamente todas las bacterias que aún puedan quedar.

Tras esto, el agua ya está limpia y en condiciones de volver a la tierra. Sin embargo, no se podría consumir porque es un agua muy pura, como el agua destilada. Por eso en este último paso tiene que volver al suelo para remineralizarse y convertirse en esa manera en el agua que se puede beber.

Nick Turner, director de proyectos estratégicos, explica que llevan 15 años explicando a la gente que este "agua es segura para beber y ahora la mayoría lo acepta con normalidad".

Un 5% de la población ya bebe de esta agua aunque se prevé que se aumente a un 10% y a largo plazo acabe consumiéndola un 30%. "Estamos salvando el futuro", asegura.

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