En plena crisis sanitaria por el coronavirus y ante el temor generalizado al contagio, las mascarillas se han convertido en un bien muy escaso, prácticamente imposible de encontrar. A pesar de que las autoridades sanitarias han repetido hasta la saciedad que la población general sana, en principio, no necesita utilizarlas, la demanda se ha disparado desde que comenzó la crisis.

Desde el Ministerio de Sanidad insisten en que las mascarillas ayudan a prevenir la transmisión del virus cuando las llevan las personas que están enfermas y advierten de que su uso inadecuado puede contribuir al desabastecimiento para quienes realmente las necesitan.

En estas circunstancias, proliferan en Internet todo tipo de tutoriales acerca de cómo fabricar mascarillas de forma casera, en un momento en que estos productos sanitarios son más complicados de conseguir que nunca. Pero, ¿sirve realmente para algo una mascarilla hecha por nosotros en casa?

En primer lugar, conviene diferenciar entre los distintos tipos de mascarillas homologadas existentes y para qué sirve realmente cada una de ellas.

Mascarillas quirúrgicas

Son aquellas con las que estamos más familiarizados: desechables, formadas por varias capas y que cubren la nariz y la boca. No protegen del contagio a quien las lleva, pero sí a los demás si quien la usa está infectado. "La mascarilla quirúrgica se llama así porque lo que hace es impedir que a la persona a la que estás operando puedas contagiarla tú, que eres el que operas", explica al respecto Juan Antonio Abascal, especialista en Medicina Preventiva y Microbiología.

Así, apunta, si tenemos coronavirus y nos la ponemos, la mascarilla quirúrgica actuará a modo de "barrera que protege al que está fuera de la infección que tú llevas dentro". "Solamente valen si la persona infectada eres tú -resume el experto-. Para protegerte tú no tiene ningún sentido".

Una mujer con una mascarilla quirúrgica | Pixabay

Mascarillas filtrantes

Las mascarillas que sí sirven como protección para quien las lleva son mascarillas filtrantes. Estas "basan su protección en la existencia de un filtro, que evita que pasen partículas a quien las lleva", según indica el doctor Carlos Aibar, profesor de Medicina Preventiva y Salud Pública en la Universidad de Zaragoza.

Conocidas como FFP, por sus siglas en inglés ('Filtering Facepiece'), la legislación europea establece tres categorías o niveles de protección: FFP1, con una eficacia de filtración baja, del 78%; FFP2, con una eficacia del 92%, considerada media; y FFP3, de filtración alta, del 98%. Los últimos dos estándares son las recomendados como protección frente al coronavirus, pero escasean, por lo que se prioriza su uso para el personal sanitario.

"La mascarilla 'buena', la FFP 2 o FFP3, lleva un filtro que lo que hace es proteger y filtrarte a ti los gérmenes que te pueden llegar desde fuera", resume por su parte el doctor Abascal.

Mascarilla FFP3 | Wikimedia Commons

¿Y las mascarillas caseras?

¿Qué pasa entonces con las mascarillas que podamos fabricar nosotros mismos? Para el doctor Aibar, "fuera del efecto psicológico, no valen para nada". Incluso, advierte, pueden darnos una "falsa tranquilidad" que nos lleve a relajar otras medidas preventivas, con el consiguiente riesgo de contagio.

En este sentido, Juan Antonio Abascal recuerda que el virus viaja de una persona a otra en las gotículas que expulsamos al expeler aire. "Cuando echas el aliento, salen a una velocidad muy pequeña, pero si toses o estornudas pueden llegar a los 60-70 kilómetros por hora", precisa. "Una mascarilla que no está pensada para poder hacer una barrera antihumedad a una velocidad de 60 km por hora no vale para nada. ¿Qué es lo que ocurre? Que las mascarillas que se hacen en casa normalmente son de tela y tampoco están previstas para impedir la velocidad", añade el experto.

Una mascarilla húmeda es "caldo de cultivo para todo tipo de gérmenes", advierte el doctor Aibar

No obstante, señala, una mascarilla fabricada con diferentes capas de distintos niveles de permeabilidad sí podría tener una cierta utilidad para proteger a los demás de nuestras secreciones. Sin embargo, matiza, es importante que la mascarilla no retenga la humedad. "Si está mojada lo que le va a servir es de depósito y va a ir filtrándose de fuera para adentro", advierte.

A este respecto, el especialista recuerda la recomendación general de no tocarnos los ojos, la nariz ni la boca con las manos para prevenir un contagio. Si la mascarilla queda húmeda, advierte, el efecto es equiparable al de llevar la mano en la boca, con el consiguiente riesgo de aspirar los gérmenes. "Eso puede pasar con las mascarillas que no están homologadas y se hacen deprisa, corriendo y de cualquier forma", apunta.

Carlos Aibar coincide con esta comparación, y alerta de que una mascarilla de tela, "al cabo de dos o cuatro horas está humidificada y es caldo de cultivo para todo tipo de gérmenes". Como barrera, insiste, estas mascarillas "sirven de muy poco" y, aun en el caso de que para elaborarlas se utilice "una tela muy tupida o un gramaje muy cerrado", ese efecto barrera es de "escasa duración". Si el tejido empleado además favorece la sudoración y la acumulación de humedad, su uso puede ser peligroso, añade.

Un efecto de "placebo social"

Juan Antonio Abascal sostiene que una mascarilla casera, aunque no sea eficaz en cuanto a la filtración de partículas, puede suponer una ventaja en términos psicológicos, al producir un efecto de "placebo social": que otros, al vernos con ella, guarden la distancia de seguridad. "La persona de enfrente lo que va a pensar es que usted está malo, con lo cual se va a retirar", apunta el experto, que señala que esta es una reacción de rechazo "humana".

Carlos Aibar, en cambio, cree que el principal problema es justamente la "falsa tranquilidad" que puedan aportar estas mascarillas improvisadas, "que puede ser hasta peligrosa", por lo que desaconseja su uso. "Hay mucha gente que lleva la mascarilla de tela y se acerca más porque piensa que de alguna manera va totalmente protegido", advierte.

En este sentido, este especialista considera que lo fundamental a la hora de prevenir el contagio es la higiene de manos, así como evitar tocarnos la cara, algo que -reconoce- es "muy difícil", además de mantener la distancia de seguridad y, ante todo, obedecer la recomendación de "quedarse en casa".

Recomendaciones sobre el uso de mascarillas

En cualquier caso, la Organización Mundial de la Salud (OMS) indica que, si estamos sanos, solo debemos usar mascarilla si atendemos a alguien con sospecha de contagio o nosotros mismos presentamos síntomas. Además, recuerda, no son eficaces si su uso no se combina con una higiene de manos concienzuda.

Estas son las recomendaciones de la OMS sobre cómo ponerse, quitarse y desechar correctamente una mascarilla:

- Antes de ponerse una mascarilla, lavarse las manos con agua y jabón o gel hidroalcohólico.

- Cubrirse la boca y la nariz con la mascarilla, asegurándonos de que no haya espacios entre la cara y la máscara.

- No tocar la mascarilla mientras se usa; si la tocamos, hay que lavarse las manos.

- La mascarilla debe cambiarse en cuanto esté húmeda. No se deben reutilizar las de un solo uso.

- Quitarse la mascarilla sin tocar la parte delantera y desecharla inmediatamente en un recipiente cerrado, lavándonos a continuación las manos.