Huida histórica

"Quiero quedarme y ser libre": 65 años del salto a la libertad del bailarín de la URSS que se enfrentó a la KGB

Los detalles Bailarín y coreógrafo de éxito, Rudolf Nureyev aprovechó su primera gira internacional con el ballet de Leningrado para desertar.

El bailarín Rudolf Nureyev
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El bailarín Rudolf Nureyev revolucionó el ballet en el siglo XX, pero ese no fue su mejor salto. Era uno de los bailarines más importantes de la historia de la danza y su gran salto fue a la libertad frente a la URSS y la KGB. Este miércoles se han cumplido 65 años desde su histórica deserción. Para la Unión Soviética fue un traidor, pero en el resto del mundo dejó una huella imborrable en la cultura.

Toda su vida fue de película. Nació en un tren transiberiano en 1938 y, en el primer viaje que hizo fuera de la URSS, aprovechó para desertar. Fue justo después de actuar en París, durante su primera gira internacional con el ballet de Leningrado.

La KGB tenía controlada a toda la compañía, y él y su rebeldía enseguida pasaron a estar en el punto de mira. Hasta tal punto llegaban las sospechas, que cuando fueron al aeropuerto para coger el avión a la siguiente parada, Londres, ordenaron a Nureyev volver a la Unión Soviética.

Su respuesta fue clara: "Quiero quedarme y ser libre". Desobedeció la orden en el mismo aeropuerto de París y pidió a la policía quedarse en Francia, asegurando que le encarcelarían si regresaba.

Fue un gran escándalo, noticia internacional, y un golpe durísimo para la imagen de la Unión Soviética, que provocó incluso la destitución del director del KGB.

En su país le acusaban de traidor y de enemigo de la patria, mientras en el resto del mundo se convertía en uno de los bailarines más grandes del siglo XX. Bailarín de éxito, coreógrafo, director de los principales cuerpos de baile del mundo, revolucionó la danza y muchos expertos consideran que modernizó el ballet.

26 años después se le permitió volver brevemente a su país para visitar a su madre enferma. También regresó en dos ocasiones para actuar, una de ellas en San Petersburgo y otra dirigiendo 'Romeo y Julieta'. Murió con 54 años de sida, una enfermedad que nunca asumió y de la que ni siquiera quiso tratarse.

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