Hemos sido capaces de capturar imágenes de agujeros negros, de cúmulos de galaxias o de predecir tormentas, pero cuando se trata de los volcanes parecemos seres impotentes nuevamente. La revista científica ‘Nature’ ha hecho una recopilación de estudios sobre la detección de actividad volcánica y parece que estamos más preocupados por los asteroides que por las explosiones cuando las probabilidades de presenciar una erupción de magnitud siete este siglo son mayores, de una de seis.

Sin embargo, aunque algunos medios advierten que los especialistas avisan de una gran erupción volcánica, casi un cataclismo, esto no es cierto. Nature solo avisa que hay unas probabilidades significativas —pero aun así siguen siendo de un 16% aproximadamente. Lo que buscaba principalmente este articulo era informar sobre los peligros de una sociedad poco preparada ante las erupciones.

El protagonista de estas reflexiones es la erupción a principios de año del volcán Hunga Tonga–Hunga Ha‘apai en Tonga —un reino polinésico formado por un conjunto de 177 islas, casi todas deshabitadas—. La explosión fue la más grande que se ha experimentado desde 1991 cuando erupcionó el Monte Pinatubo en Filipinas y la más grande que han registrado los instrumentos actuales. Con estos datos la explosión de Tonga fue de temer: causó una onda expansiva global y tsunamis que llegaron a las costas de Japón y América del norte y sur. Por suerte la erupción solo duró 11 horas, pero aun así cortó la comunicación de la isla con el mundo por varios días y los daños supusieron un 18,5% del PIB.

Sin ir más lejos, erupciones como las que presenciamos en La Palma solo demostraron lo poco preparados que estamos para una explosión de magnitud mayor e igual de duradera. La erupción de Cumbre Vieja fue de tres en una escala de ocho; los daños por uno de magnitud 7 serían mucho mayores.

Caída de una parte del cono del volcán de Cumbre Vieja

Estas probabilidades significan que un evento así es cientos de veces más probable que el impacto de asteroides y cometas, juntos. Sin embargo, se han invertido más de 300 millones de dólares en el proyecto Test de Redirección Doble de Asteroide (DART por sus siglas en inglés) de la NASA para desviar un asteroide en septiembre, mientras que a las investigaciones volcánicas no se les trata con la misma urgencia.

La erupción de un volcán de una magnitud tan grande supondría cambios climáticos importantes como el descenso de 1ºC en el mundo, además de pérdidas de capital humano, infraestructural y económico importantes no solo en el lugar de la explosión sino en todo el mundo. La globalización ha causado que seamos más dependientes del comercio internacional que nunca; la pandemia y la guerra en Ucrania son ejemplos de esto.

Las predicciones pueden hacerse viendo datos sobre erupciones pasadas. Según los expertos “en el 2021 los investigadores analizaron ambos polos y encontraron 1.113 registros de erupciones en Groenlandia y 737 en Antártida” y después de sus estudios concluyeron que “los eventos de magnitud siete ocurren aproximadamente cada 625 años y los de magnitud ocho (también llamados ‘supererupciones’) cada 14.300 años”.

La última erupción de magnitud 7 fue la ocurrida en Tambora, Indonesia, en 1815. Esta resultó en 100.000 muertes “como resultado de los flujos volcánicos, los tsunamis, la deposición de rocas pesadas y cenizas sobre los cultivos y las casas, y los efectos posteriores”. De hecho, la temperatura global descendió 1ºC como resultado, tal y como dicen las predicciones.

Los efectos en la actualidad probablemente serían distintos y catastróficos en distintas áreas. Estamos más preparados para las evacuaciones y tenemos mejores infraestructuras y conocimientos, pero la población mundial es ocho veces mayor a la que había en 1800 y la dependencia en el comercio internacional se ha multiplicado por mil.

Medidas que habría que tomar

Lo primero y primordial sería aumentar el número de estudios e instrumentos para detectar las explosiones. Solo el 27% de las erupciones desde 1950 han sido monitoreadas con al menos un instrumento como podría ser el conocido sismómetro. Asimismo, es imperante que se mejore el tiempo de espera para recibir imágenes de satélites públicos. Por ejemplo, las primeras imágenes de la erupción del volcán de Tonga fueron capturadas por el Centinela-1A de la Unión Europea 12 horas después.

La captura de imágenes es primordial para detectar y estudiar las erupciones volcánicas. El proyecto del Comité de Satélites de Observación de la Tierra (CEOs por las siglas en inglés) demostró que las imágenes que muestran las deformaciones de la tierra pueden ser utilizadas para detectar la actividad volcánica en Latinoamérica.

Asimismo, ‘Nature’ pone énfasis en la necesidad de mayor educación para las comunidades. Se puede ofrecer información a tiempo real para los ciudadanos haciendo provecho de los mensajes de texto o de los sistemas de alertas públicos que dan notificaciones en los móviles. Corea del Sur los utiliza para actualizaciones diarias sobre el COVID-19 —y otros sucesos— y Estados Unidos para las alertas AMBER (alerta por niño desaparecido).

En los casos en los que esta clase de sistemas tecnológicos no sean posibles, la propia comunidad puede organizarse por su cuenta. La revista destacó el caso del Proyecto de las Comunidades Volcano Ready, en San Vicente y las Granadinas, que ayudaron a la evacuación de 21.000 personas ante las erupciones y lograron que no hubiera ni un fallecido.