Voy en un avión completamente lleno. La persona que llevo al lado se quita la mascarilla para comer un bocadillo y beber un refresco. Media hora sin mascarilla en un vuelo de tan solo cincuenta minutos. El riesgo de transmisión en esta situación es muy alto. Con todo lo que sabemos a estas alturas no entiendo cómo se permite, ni a quién se le ocurre.

Unas horas después estoy paseando a solas por la orilla de la playa de Laxe. No hay nadie alrededor, ni siquiera al alcance de la vista. Me quito la mascarilla unos segundos para sentir el mar, que el salitre y el dimetilsulfuro arraiguen en mi nariz. Miro a un lado y a otro como una delincuente.

Dicen que en julio se podrá prescindir de la mascarilla en exteriores, según cómo vaya la incidencia y las vacunaciones. Enciendo la radio y dicen que es cuestión de semanas, quizá días. Dicen que la inmunidad de rebaño podría lograrse cuando alcancemos un 60-70% de población vacunada. Mientras escribo esto rozamos el 15% con pauta completa en España, en algunas comunidades llegamos al 20%.

En EEUU hay estados al 36% de vacunación y los Centros de Control y Prevención de Enfermedades (CDC) consideran que es seguro que las personas que llevan más de dos semanas vacunadas puedan ir sin mascarilla al aire libre, siempre y cuando sea posible mantener la distancia de seguridad. Vamos unos puntos porcentuales por detrás. Quizá esto se traduzca en semanas con mascarilla obligatoria por el monte o el arrabal.

El cambio de parecer de los CDC se debe a dos recientes hallazgos científicos: pocas personas vacunadas se infectan con el virus y su contribución a la transmisión parece aún más rara; y las vacunas parecen ser eficaces contra todas las variantes conocidas del coronavirus.

El pasado viernes los CDC publicaron los resultados de otro gran estudio que muestra que las vacunas de ARNm fabricadas por Pfizer y Moderna tienen un 94% de efectividad en la prevención de enfermedades sintomáticas (leves y moderadas) en aquellos que estaban completamente vacunados, de casi un 100% contra la enfermedad grave, y un 82% de efectividad incluso en aquellos solo parcialmente vacunados.

Una de las preocupaciones persistentes era que una persona vacunada podría ser portadora del virus, quizás brevemente, sin síntomas, y contagiarlo a otras personas. Pero la investigación de los CDC, incluidos otros estudios recientes, confirman que las personas que se infectan después de la vacunación portan una cantidad tan pequeña de virus que es prácticamente imposible que contagien a otras personas. Estos hallazgos todavía no se han comprobado con otras vacunas como la de Janssen, debido a que su autorización ha sido más tardía y no ha dado tiempo a sacar conclusiones.

Lo que sí sabemos hace meses es que la mascarilla es una barrera más, pero no la única. Si se le suman la distancia de seguridad y la ventilación (o los exteriores) la mascarilla pasa a un segundo plano porque el riesgo de contagio es muy bajo. Si a esto le sumamos una pauta completa de vacunación, la evidencia indica que el riesgo es prácticamente cero, tanto de contagiarse como de contagiar a otros.

La duda está en cuándo, dónde y a quiénes se le permitirá ir sin mascarilla al aire libre. El cuándo seguramente se infiera de cómo le esté yendo a los que ya han tomado esta medida. El dónde dependerá de lo fácil que sea mantener la distancia de seguridad. No es lo mismo pasear por un amplio espacio natural, que por un mercadillo lleno de gente, que por una ciudad con alta densidad poblacional. Esto puede crear agravios comparativos entre territorios. Habrá polémica. ¿La norma se irá aplicando de forma escalonada según las características del territorio o se esperará al "o todos o ninguno"? Ante este tipo de cuestiones la ciencia me parece mucho menos compleja que la política.

Todas las normas sanitarias merecen ser explicadas. Es algo que ha faltado sistemáticamente. Pero si además las normas se mantienen por cuestiones ajenas a la ciencia, no ofrecer explicaciones va a incrementar el agotamiento, la percepción de arbitrariedad, va a debilitar la confianza en nuestros gestores y provocar que más personas se salten las medidas que más importan. ¿Con qué criterio va a decidir alguien sin conocimientos científicos qué medidas son más importantes para su protección? Bocadillo en el avión y mascarilla en la playa.

A quiénes afectará la exención del uso de mascarilla dependerá de la pauta vacunal: dos semanas después de recibir la pauta completa, que es cuando la vacuna ofrece la máxima eficacia. Podría emplearse un sistema de identificación, o será una cuestión de honor, como dicen en EEUU. Como viene siendo costumbre, la decisión dependerá de la confianza que se tenga en la responsabilidad individual, es decir, en lo responsables que sean los demás (nótese la retranca). No es una cuestión menor. No es menor por lo que revela de quien toma decisiones, ni es menor porque no es una cuestión fácilmente mensurable. Los energúmenos tienden al ruido, tanto que aparentan mayoría, pero afortunadamente no lo son. Me vienen a la mente quienes participaron en las juergas multitudinarias tras la finalización del estado de alarma. Hay clases en lo que concierne al compromiso con lo civilizado.

Si todo sigue yendo bien (si disponemos de vacunas y no surge ninguna variante resistente) es lógico que las mascarillas al aire libre desaparezcan pronto para los vacunados. Sin embargo, cabe esperar que sigan siendo obligatorias en espacios cerrados y en el transporte público. Cuando esto suceda exijo a nuestros gestores que la divulgación científica forme parte de la estrategia sanitaria de contención del virus; que se explique de forma clara y transparente por qué se toman estas medidas, bajo qué criterios, a quiénes afectan, cómo, dónde y con qué limitaciones. No lo exijo para dejar de hacer mi trabajo, por supuesto lo seguiré haciendo, sino para que cada uno cumpla con el suyo.