Imaginad por un momento que vuestra madre muere sola, agonizando, asfixiándose y con dolor, sin acceso a medicamentos, paliativos, sufriendo y sin posibilidad de sentir la mano querida de un familiar. Muere así porque una orden de la consejería de Sanidad ha dictado que los viejos pobres y dependientes, los que no pueden pagar para ir a un hospital privado, se les niega asistencia hospitalaria. Mueren así porque la administración de Isabel Díaz Ayuso ha decidido con una orden política que van a morir como alimañas sin la más mínima atención sanitaria. Mueren así porque la cadena de mando sanitaria desde Isabel Díaz Ayuso, Enrique Ruiz Escudero, Ana Dávila o Carlos Mur han sentenciado que su muerte natural será con agonía y sin esperanza. Así murieron muchos de los 7.291 ancianos abandonados a su suerte por la Comunidad de Madrid en las residencias.
Imaginad ahora que la responsable de que eso suceda, y que vive en un ático pagado por los chanchullos fiscales y corruptos de su novio con Quirón, les insulta y les llama fracasados. Fracasados por querer buscar justicia y verdad sobre la muerte de las personas que más quieren. No es necesario imaginar que eso ha sucedido para cientos de familiares que han sufrido esa carnicería física y moral. Pero todos los que no lo han sufrido podrán empatizar sin problema sobre qué sentirían y qué les gustaría hacer. Yo lo he pensado. Pero no puedo escribirlo. Pensar por ahora me salva de cometer delitos.
Para poner en contexto lo que sucedió con las muertes en las residencias siempre recuerdo las actas redactadas por la policía local en la que se decía que los trabajadores de las residencias ni siquiera tenían palomillas, un material sanitario imprescindible para suministrar tratamientos paliativos. Acabo de despedir a mi madre en una UCI y lo único que me trae cierta paz es saber que ha sido sin dolor físico. Me volvería completamente loco si me enterara de que lo hubiera hecho sufriendo y con dolor porque la despreciable de Ayuso hubiera considerado que era demasiado pobre para derivarla a un hospital y despojarla de la oportunidad de morir con humanidad y en paz. Completamente loco.
Me cuesta mucho escribir esta columna sin calificar a Isabel Díaz Ayuso como la escoria infecta que es entrando en el terreno criminal. Todos sabemos que es un ser sin humanidad, que ha conseguido que la mayoría de la población madrileña no sintamos pena alguna cuando ella sufre el dolor que nos está provocando al resto. Entiendo incluso aquellos que lo celebren. Pero este escrito va más allá. Va hacia todos esos que el día antes de que se celebre el funeral por el accidente de Adamuz, y vivamos en este país en un respeto ceremonioso por su dolor sin importar lo que piensen políticamente de nadie, están callados como los cortesanos inmundos que son ante el hecho de que una líder político de la importancia de la presidenta de la Comunidad de Madrid haya insultado de manera cruel llamando fracasados a los familiares de las víctimas de los ancianos muertos en las residencias.
Soy consciente de que la mayoría de esa caterva periodística y política, que pretende dar lecciones de humanidad y respeto a las víctimas- de las que puede sacar rédito electoral - siendo serviles a la derecha, viven del dinero de las subvenciones de Miguel Ángel Rodríguez. Pero por encima de todo está la decencia y la dignidad. Soy consciente de que hace tiempo que la perdieron todos. Pero toda esa mierda guardada en la conciencia les va a aflorar tarde o temprano. Eso se somatiza. No se puede ser miserable tantos años sin que acabe haciéndose carne.



