EXPLICACIÓN CIENTÍFICA

Ducharte con agua helada durante una ola de calor parece buena idea, pero tu cuerpo puede reaccionar justo al contrario

Cuando el termómetro se dispara, una ducha con agua helada parece la solución perfecta para refrescarse. Sin embargo, los expertos advierten de que esa sensación de alivio puede ser solo temporal y que el organismo responde de una forma mucho más compleja.

Hombre en la ducha

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Cuando el calor aprieta, muchas personas recurren directamente al grifo de agua fría con la idea de bajar su temperatura corporal cuanto antes. La sensación es inmediata: el cuerpo se refresca, disminuye el sudor y el alivio parece instantáneo.

Sin embargo, la ciencia explica que esa estrategia no siempre es la más eficaz y, en determinadas circunstancias, incluso puede resultar contraproducente.

El cuerpo entra en "modo protección"

Al entrar en contacto con agua muy fría, el organismo interpreta que está sufriendo una pérdida brusca de calor.

Como respuesta, los vasos sanguíneos de la piel se contraen (un proceso conocido como vasoconstricción) para conservar el calor en el interior del cuerpo. Es un mecanismo normal de defensa que ayuda a mantener estable la temperatura interna.

El problema es que, al reducirse el flujo de sangre hacia la piel, el organismo también pierde parte de su capacidad para liberar calor al exterior.

Por eso, aunque durante la ducha la sensación sea muy agradable, algunas personas vuelven a sentir mucho calor pocos minutos después de salir.

¿Entonces una ducha helada puede hacer que tengas más calor?

No exactamente, pero sí puede dificultar que el cuerpo elimine el exceso de temperatura durante un breve periodo.

Los expertos explican que el agua extremadamente fría provoca una reacción de estrés en el organismo. Cuando termina la ducha y desaparece ese estímulo, los vasos sanguíneos vuelven a dilatarse y el cuerpo retoma sus mecanismos habituales para disipar el calor, lo que puede hacer que reaparezca rápidamente la sensación de sofoco.

La mejor opción no es la más fría

Tanto el NHS británico como diversos especialistas coinciden en que, cuando hace mucho calor, lo más recomendable es utilizar agua fresca o templada, evitando los cambios bruscos de temperatura.

Una ducha fresca ayuda a enfriar la piel de forma gradual sin desencadenar una respuesta intensa de vasoconstricción y permite que el cuerpo continúe regulando su temperatura con normalidad.

Además de la ducha, los expertos recomiendan beber líquidos con frecuencia, evitar la exposición al sol durante las horas centrales del día y vestir ropa ligera y transpirable.

¿Hay personas que deberían evitar las duchas muy frías?

Sí.

La Cleveland Clinic señala que las personas con enfermedades cardiovasculares, alteraciones del ritmo cardíaco o determinados problemas de salud deben tener especial precaución con las duchas muy frías.

La exposición repentina al agua helada puede activar el sistema nervioso simpático, elevando de forma brusca la frecuencia cardíaca y la presión arterial. En personas sanas suele tratarse de una respuesta pasajera, pero en quienes padecen ciertas patologías puede aumentar el riesgo de complicaciones.

Entonces, ¿qué temperatura es la ideal?

Si el objetivo es combatir el calor, la mejor estrategia no consiste en buscar el agua más fría posible.

Los especialistas recomiendan una ducha fresca o ligeramente templada, suficiente para ayudar al organismo a disipar el calor sin provocar un cambio brusco que altere sus mecanismos naturales de regulación. De esta forma, el alivio suele ser más progresivo y duradero.

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