INVESTIGACIÓN
Un análisis de sangre predice cuándo comenzarán los síntomas del Alzheimer
"Nuestro estudio muestra la viabilidad de utilizar análisis de sangre, más económicos y accesibles, para predecir el inicio de los síntomas del alzhéimer", señala un nuevo estudio.

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Afortunadamente hemos cambiado. Nuestra percepción de la salud mental ya no es la de unas décadas atrás y avanzamos no solo en conocimiento o tratamiento, sino también en la aceptación social de las mismas. Eso ha permitido que estemos más atentos a síntomas y detalles que antes pasaban desapercibidos por completo. Un ejemplo de ello es la enfermedad de Alzheimer.
El alzhéimer se ha convertido en una de las grandes epidemias silenciosas del siglo XXI. A medida que aumenta la esperanza de vida, también lo hace el número de personas que desarrollan esta enfermedad neurodegenerativa, la forma más común de demencia. A nivel global, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, hay más de 80 millones de personas que la padecen y estima que cada año se diagnosticarán 10 millones de casos nuevos.
El problema con esta dolencia es doble. Por un lado, no existe todavía una cura definitiva. Por otro, cuando aparecen los síntomas (pérdida de memoria, desorientación, dificultades en el lenguaje o en la toma de decisiones) el daño ya está muy presente en el cerebro y lleva años gestándose.
El alzhéimer no comienza cuando olvidamos un nombre, sino décadas antes, cuando proteínas anómalas empiezan a acumularse silenciosamente en el cerebro. Por eso, uno de los grandes objetivos de la investigación actual es detectar el proceso lo antes posible, idealmente antes de que surjan los primeros signos clínicos.
En este contexto se sitúa un estudio publicado en Nature Medicine, en el que científicos de la Universidad de Washington presentan un avance significativo y esperanzador: un modelo capaz de predecir cuándo una persona desarrollará síntomas de alzhéimer a partir de un único análisis de sangre.
Los autores, liderados por Suzanne E. Schindler y Kellen K. Petersen, demuestran que sus modelos pueden estimar la edad de inicio de los síntomas con un margen de error de tres a cuatro años. No se trata solo de diagnosticar la enfermedad cuando ya hay deterioro cognitivo, sino de anticipar el momento en que podrían comenzar los síntomas.
"Nuestro trabajo muestra la viabilidad de utilizar análisis de sangre, que son sustancialmente más económicos y accesibles que las pruebas de imagen cerebral o las punciones lumbares, para predecir el inicio de los síntomas del alzhéimer", afirma Schindler.
El modelo se basa en la medición de una proteína llamada p-tau217 en el plasma. Esta proteína ya se utiliza para apoyar el diagnóstico en personas que presentan deterioro cognitivo, pero no se recomienda todavía en individuos sin síntomas fuera del ámbito de la investigación. Lo que hace novedoso este estudio es que no se limita a detectar la presencia de la enfermedad, sino que estima el intervalo entre la elevación de p-tau217 y la aparición de los síntomas.
Para ello, el equipo de Schindler y Petersen analizó datos de 603 adultos mayores que vivían de forma independiente y que participaban en dos grandes iniciativas de investigación sobre alzhéimer: el Knight Alzheimer Disease Research y la Iniciativa de Neuroimagen de la Enfermedad de Alzheimer (ADNI por sus siglas en inglés). A los voluntarios les midieron los niveles de p-tau217 con distintos test comerciales, incluido uno ya disponible clínicamente, y comprobaron que el modelo funcionaba de forma consistente con diferentes métodos de análisis, lo que refuerza su fiabilidad.
La clave biológica está en que la p-tau217 en sangre refleja la acumulación de dos proteínas mal plegadas en el cerebro: el amiloide y la tau, consideradas las "huellas dactilares" del alzhéimer. Estas proteínas comienzan a depositarse muchos años antes de que aparezcan los síntomas.
"Los niveles de amiloide y tau son similares a los anillos de un árbol: si sabemos cuántos anillos tiene, sabemos cuántos años tiene – añade Petersen -. Resulta que el amiloide y la tau también se acumulan siguiendo un patrón consistente, y la edad en que se vuelven positivos predice fuertemente cuándo alguien desarrollará síntomas. Descubrimos que esto también es cierto para la p-tau217 en plasma".
Los resultados muestran además un matiz interesante: la edad importa. Las personas en las que la p-tau217 se eleva a edades más tempranas tienden a tardar más en desarrollar síntomas que aquellas en las que el aumento se detecta a edades avanzadas. Por ejemplo, si un individuo presentaba niveles elevados a los 60 años, los síntomas aparecían, de media, unos 20 años después. En cambio, si la elevación se producía a los 80 años, los síntomas surgían aproximadamente 11 años más tarde. Esto sugiere que el cerebro más joven podría ser más resiliente frente a la neurodegeneración, mientras que en edades avanzadas bastaría un menor grado de patología para desencadenar manifestaciones clínicas.
Si los científicos pueden identificar a personas que probablemente desarrollarán síntomas en un intervalo determinado, podrán probar tratamientos preventivos en grupos mejor seleccionados y en periodos más cortos, reduciendo costes y tiempos.
A más largo plazo, el objetivo es aún más ambicioso. "Eventualmente, la meta es poder decirles a los pacientes cuándo es probable que desarrollen síntomas, lo que les ayudará a ellos y a sus médicos a desarrollar una estrategia para prevenir o retrasar los síntomas", añade Schindler.
Quedan preguntas éticas y médicas por resolver. ¿Cómo comunicar a una persona asintomática que podría desarrollar alzhéimer dentro de 10 o 15 años? ¿Qué intervenciones estarán disponibles entonces para modificar ese destino? Hoy por hoy, no existe un tratamiento curativo. Pero si la enfermedad empieza décadas antes de que la notemos, la única ventana real de intervención está precisamente ahí, en esa fase silenciosa en la que es posible actuar para retrasar la aparición de los síntomas, pero… ¿querrías saberlo?
Este nuevo test no es una solución definitiva, pero sí un paso hacia una medicina más predictiva. En una patología que avanza sin hacer ruido durante años, disponer de un “reloj biológico” en sangre que marque el tiempo hasta los síntomas podría cambiar la forma en que entendemos, investigamos y, algún día, tratamos el alzhéimer.
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