CAMBIO CLIMÁTICO
¿Adiós al Tour de France? El calentamiento global cambiaría el calendario deportivo
Un nuevo estudio señala que en los últimos años las temperaturas han alcanzado el nivel crítico determinado por la Unión Ciclista.

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En las últimas décadas el verano europeo se ha ido calentando de forma silenciosa pero constante. Según el servicio climático europeo Copernicus, 2023, 2024, 2025 son los años más cálidos jamás registrados en el continente, y la tendencia de fondo muestra un ascenso sostenido de la temperatura media desde finales del siglo XX. La Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) documenta, en el caso de España, un aumento aproximado de 1,7 °C desde la era preindustrial, con una clara intensificación de las olas de calor en frecuencia, duración e intensidad. A escala global, el IPCC confirma que la temperatura media del planeta ya supera en torno a 1,1–1,2 °C los niveles preindustriales, y Europa se calienta a un ritmo superior a la media mundial. Este contexto no es una abstracción estadística: tiene consecuencias directas sobre cómo trabajamos, cómo nos desplazamos y, también, cómo competimos en deporte.
El deporte de élite, especialmente el que se practica al aire libre en verano, se ha convertido en un termómetro involuntario del cambio climático. Un nuevo estudio, publicado en Scientific Reports, analiza más de medio siglo del Tour de Francia y concluye que "el aumento progresivo de las temperaturas supone una amenaza creciente para la celebración de eventos deportivos de verano en Europa y, más específicamente, para el Tour de Francia, debido al mayor riesgo de estrés térmico para los atletas".
El estudio ha sido liderado por el Instituto de Investigación para el Desarrollo (IRD) en el marco del proyecto europeo TipESM y el Barcelona Institute for Global Health (ISGlobal).
El objetivo era concreto: evaluar bajo qué niveles de riesgo por calor se ha disputado la mítica carrera entre 1974 y 2023, teniendo en cuenta las fechas y localizaciones exactas de cada edición. El resultado muestra un incremento constante del riesgo de estrés térmico en los lugares y momentos en que se celebra la prueba, con la última década acumulando el mayor número de episodios de calor extremo. Aun así, el Tour ha evitado hasta ahora las condiciones de máximo riesgo sanitario, en algunos casos "por cuestión de días o de décimas de grado", según los autores.
"En nuestro análisis – señala Ivana Cvijanovic, líder del estudio - observamos que la ciudad de París, por ejemplo, ha superado el umbral de alto riesgo por calor en cinco ocasiones en julio, cuatro de ellas desde 2014. Otras ciudades han experimentado muchos días de calor extremo en julio, pero afortunadamente no en la fecha de una etapa del Tour de Francia. En cierto modo, podemos decir que es una carrera extremadamente afortunada, pero con olas de calor récord cada vez más frecuentes, es solo cuestión de tiempo que el Tour se enfrente a un día de estrés térmico extremo que pondrá a prueba los protocolos de seguridad existentes".

Para medir ese riesgo, los científicos no se basan únicamente en la temperatura del aire. Utilizan un índice conocido como Wet Bulb Globe Temperature (Temperatura de Globo y Bulbo Húmedo o WBGT por sus siglas en inglés), una medida que integra temperatura, humedad relativa, radiación solar y viento para estimar la carga térmica real que soporta el cuerpo humano. A diferencia del termómetro convencional, el WBGT tiene en cuenta que la evaporación del sudor (nuestro principal mecanismo de refrigeración) se ve comprometida cuando la humedad es alta, y que el sol directo incrementa de forma notable la sensación térmica y el riesgo fisiológico. Muchos protocolos de seguridad en el deporte internacional establecen umbrales de actuación en función de este índice. En el caso de la Unión Ciclista Internacional (UCI), la categoría de alto riesgo se activa por encima de 28 °C de WBGT.
Al analizar los registros meteorológicos históricos de doce localizaciones habituales del Tour y calcular los valores de WBGT para todas las fechas de julio correspondientes a las distintas ediciones, el equipo de Cvijanovic comprobó que los episodios de niveles peligrosos de calor han sido más frecuentes en el suroeste de Francia, en torno a Toulouse, Pau y Burdeos, y en el sureste, en áreas como Nimes y Perpiñán. También advierten que ciudades como París y Lyon cruzan cada vez con más frecuencia el umbral de alto riesgo, convirtiéndose en nuevos focos de estrés térmico. "Se debería extremar la precaución al planificar etapas en estas regiones", señala Desislava Petrova, coautora del estudio.
En contraste, enclaves clásicos de montaña como el Col du Tourmalet o Alpe d'Huez se han mantenido históricamente en umbrales de riesgo bajo o moderado, sin episodios registrados de riesgo extremo. Hasta la fecha. Además, el análisis confirma algo intuitivo pero crucial para la organización: las primeras horas de la mañana siguen siendo las más seguras, mientras que los niveles elevados de estrés térmico pueden prolongarse hasta bien entrada la tarde.
El Tour de Francia es, en este estudio, un caso emblemático de un problema más amplio. El calor no solo merma el rendimiento deportivo; puede desencadenar golpes de calor, deshidratación severa y complicaciones cardiovasculares. Por eso, federaciones como la UCI o la FIFA han desarrollado protocolos específicos que incluyen pausas para hidratación, ajustes de horario o medidas de enfriamiento. Sin embargo, cada organismo define sus propios umbrales y no existe un estándar universal entre disciplinas.
"La ciencia aún tiene muchas preguntas sin respuesta sobre cómo responde el cuerpo humano al calor – añade James Begg, coautor del estudio -, y más aún en el caso de atletas de élite, que afrontan un esfuerzo físico sostenido y cuentan con una condición física muy superior a la de la población general". Y añade que, para afinar la evaluación del riesgo específico en cada deporte, sería necesario disponer de datos fisiológicos anonimizados que permitan ir más allá de los índices térmicos y comprender mejor la vulnerabilidad real de los deportistas.
El estudio no augura el fin inmediato del Tour, pero sí plantea un escenario en el que la planificación deberá ser cada vez más flexible y basada en evidencia climática. Adaptar recorridos, adelantar horarios, rediseñar protocolos y reforzar las medidas de protección para ciclistas, equipos, personal y espectadores será parte de la nueva normalidad. Si el clima del pasado garantizaba, en cierto modo, la viabilidad de las grandes citas estivales, el clima del futuro obliga a repensarlas.
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