"Que el pueblo se espabile, ¡hay que pelear, hay que pelear y hay que pelear!". Fue una de las firmes y reivindicadoras frases que acompañaron a Paquita Martín (1925), incansable luchadora por los derechos y libertades de quienes siempre fueron castigados y golpeados por los males de España, hasta el fin de sus días. Ha fallecido este domingo a los 95 años, pero deja tras de sí un extenso legado de movilizaciones y protestas, siempre con la intención de mejorar y proteger la vida de las personas más vulnerables.

Especialmente, la de los mayores, que depositaron en ella la severa convicción de denunciar la falta de soluciones a la situación crítica que atravesaban sus pensiones. Paquita se convirtió en la voz tardía de una generación, la suya, que ya no estaba dispuesta, como sigue sin estarlo ahora, a aceptar más indiferencia e inacción por parte de gobiernos e instituciones. "Estoy harta de cuentos y milongas a mis casi 93 años". Así respondía cuando le preguntaban por las propuestas del expresidente Mariano Rajoy para los pensionistas.

Fue clara y concisa: no quería palabras, quería responsabilidad y hechos. Y los reclamó cuantas veces se lo permitió su edad. No fueron pocas. Porque siempre, desde una pronta juventud, rechazó y denunció a los altos mandos del país; a quienes se apoyaron en los débiles e indefensos para salir reforzados. Nunca toleró que quisieran "terminar con todos los viejos para no tener que pagar pensiones", aunque estos no encontrasen la manera. Con la misma firmeza le llegó a decir a Celia Villalobos, por entonces coordinadora de la Comisión del Pacto de Toledo, que qué culpa tenía ella si no se moría. Y tenía razón.

Paquita sabía que el de los jubilados no era el único problema que sufría nuestro país. Decía que "a España la están deshaciendo, y no sólo con las pensiones". Y argumentó esta consideración apuntando a otra de las grandes lacras, también relacionada con las pensiones: la desigualdad de género. Se preguntaba no sin motivos "por qué tienen que tener las mujeres la pensión más baja que los hombres". Su lamento iba más allá: "Las mujeres seguimos marginadas y debemos luchar para conseguir la igualdad con el hombre".

Ello llevó a Paquita a exigir más vergüenza y menos palabrería a los políticos para rendir las muchas cuentas pendientes que mantiene este país con los suyos. Pero también pidió seriedad y actitud a su pueblo, a todos como parte del todo. Reclamó no en pocas ocasiones más indignación, más protesta, más calle; más lucha y acción para que no pisotearan lo hasta ahora conseguido a través de históricas movilizaciones: "A ver si la gente joven se entera de que está muy mal y no tiene derecho a vivir así".

Precisamente a los jóvenes dirigió muchos de sus mensajes, incapaz de aceptar de que no hubiese un mayor apoyo intergeneracional respecto a una causa común. "Ellos son el porvenir, si es que tenemos porvenir", avisaba, al tiempo que afirmaba que no peleaba sólo por ella; también, "para los jóvenes que vienen detrás". Y para ello iba a todas las movilizaciones y manifestaciones que hubiera, o "donde hiciera falta". Porque Paquita tenía clara una cosa: no se puede ser feliz viendo las necesidades de otro y quedándote con los brazos cruzados.

"En esta vida todo se ha conseguido luchando, desde los tiempos remotos de los esclavos hasta ahora, pero no se moviliza todo el mundo que debería hacerlo". Porque, decía, en este pueblo que es España "se protesta poco" frente a la crisis que sólo tienen unos pocos, los de siempre. Y recordaba, cuando su rostro se volvió popular entre tertulias de televisión y radio, entre entrevistas y dedicaciones pasadas, que ella no era "ni Paquita la activista ni Súperpaquita". Era solo "una mujer del pueblo". Bueno, algo más: "Mayor, pero no gilipollas". E invitaba a estar siempre alerta para nover vulnerados los derechos: "Tratan de engañarnos".