El (correcto) mantenimiento de nuestro coche es la base para conseguir alargar su vida lo máximo posible. Al fin y al cabo, con un coche bien mantenido es mucho más fácil rodar cientos de miles de kilómetros sin que su salud mecánica se resienta, algo que no es posible con vehículos que no han sido correctamente mantenidos, sobre todo cuando ya tienen cierta edad.

Una de las creencias más extendidas es que cuando un vehículo no se utiliza o se usa muy poco a lo largo del año, se pueden alargar los cambios de aceite de forma casi indefinida, ahorrándose así unos euros. Nada más lejos de la realidad: cuando un vehículo no se utiliza, o se hace de manera muy esporádica, no conviene, para nada, alargar los cambios de aceite. ¿Por qué? VER VÍDEO DE ARRIBA.

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El aceite lubricante es una pieza clave en el puzle del motor. De él depende que el motor no sufra desgaste en exceso, y por tanto tenga pérdidas excesivas de energía, se caliente demasiado y/o sufra averías. Además también previene la corrosión, por lo que elegir el aceite correcto para nuestro motor no es baladí; es más importante de lo que parece.

Uno de los parámetros clave a la hora de identificar un aceite es su nivel o índice de viscosidad. Este se rige por la norma SAE J 300 de la Society of Automotive Engineers, y son los números que aparecen en la etiqueta frontal de cualquier lata de aceite.

Actualmente, la mayoría de aceites son multigrado: esto significa que cumplen su función tanto en frío como en altas temperaturas, de ahí que aparezcan dos números junto a la letra W (por Winter, o ‘invierno’ en inglés). El número a la izquierda de la W hace referencia al índice de viscosidad a bajas temperaturas; el número de la derecha, al índice de viscosidad en temperaturas altas (próximas a la temperatura de servicio del motor).