Si algo pone de relieve el personaje de Sidney Prescott a lo largo de la saga de películas de terror Scream (Grito) de Wes Craven es su tránsito desde el papel de víctima hacia un lugar de cabreo monumental en el que empieza a reaccionar ante las agresiones que sufre.

Sidney reconquista así su legítimo derecho al enfado por todas esas cosas que le están sucediendo y deja de huir para enfrentarse a su verdugo.

Se apropia del acontecimiento.

Esto en la ficción, claro.

En la realidad la ira ha estado sustraída históricamente del espectro de las emociones "válidas" que las mujeres podían sentir.

Así, una mujer que expone sus ideas con vehemencia ha sido siempre considerada una "histérica".

Calificativo dirigido explícitamente a desactivar la indignación de las mujeres.

A mantenerlas en el redil de la mansedumbre y la dulzura.

Un sitio el que no resultan incómodas.

Mientras que un hombre que ha demostrado con firmeza sus ideas ha sido siempre considerado un líder.

Alguien capaz de imponerse.

Él, un hombre apasionado.

Y ella, una loca del coño.

Hay muchas mujeres que reprimen una y otra vez su ira.

Que han aprendido que las "buenas mujeres" son aquellas que son complacientes que lo comprenden todo.

Lo exculpan todo.

Lo salvan, también, todo.

Mujeres que no se muestran iracundas frente a los hombres por un temor reverencial a no ser aceptadas.

Para que la mirada masculina sobre ellas no se enturbie.

Quedando así libres de toda sospecha.

Evitando de esta manera ser consideradas mujeres conflictivas.

Bajo la amenaza de que nadie va a querer trabajar o amar nunca a alguien conflictivo.

Las mujeres tienen razones de sobra para la ira.

Las están asesinando todos los días por el hecho de ser mujeres.

Mientras salen a correr.

Las violan y las agreden sexualmente todos los días.

Mientras están de fiesta.

Tienen que seguir luchando para defender sus propios cuerpos.

Mientras hombres legislan sobre ellos.

Están obligadas a la dialéctica del miedo.

Mientras otros detentamos el privilegio de la tranquilidad.

No deberíamos menospreciar el enojo de las mujeres.

Deberíamos comprender el malestar.

El coraje que hace falta para desobedecer los mandatos de lo apacible como marca de lo femenino.

Para no perpetuar la sumisión.

Por eso es importante entender que hay otro tipo de gritos.

No solo los que se dan cuando se siente miedo.

Sino aquellos gritos que vienen de la rabia.

Que se encienden en las gargantas y unen a unas mujeres con otras a través del tiempo.

Gritos.

Que reivindican un espacio en igualdad.

Dentro de la humanidad.