En algunos medios de comunicación y en las redes sociales se está diciendo que Pfizer ha reconocido ante el Parlamento Europeo que su vacuna contra la COVID-19 no fue testada para frenar la transmisión antes de salir al mercado. Esto se dice como si fuese algo nuevo, algo negativo sobre la vacuna o algo que se ha ocultado hasta ahora. No es así. Ni es información nueva, ni es información relevante, ni se ha ocultado. Esto ya se sabía desde que se aprobó la vacuna. Para muestra este artículo que publiqué hace más de un año en este mismo medio explicando qué se sabía en ese momento sobre cómo las vacunas influían en la transmisión.

Hace un año la desinformación que circulaba por las redes sociales para disuadir a la gente de la vacunación era que las personas vacunadas contagiaban igual. Sin embargo, por aquel entonces, cuando en España ya teníamos una tasa se vacunación por encima del 90%, ya había varios estudios que sugerían que las personas vacunadas contagiaban menos que las no vacunadas. Esto se debe a varios factores, como por ejemplo que las personas vacunadas eliminan de su organismo el virus de forma mucho más rápida que los parcialmente vacunados o no vacunados. Además, muestran menor carga viral general, menos síntomas y menor duración de la enfermedad, lo que contribuye a que la probabilidad de contagiar a otras personas sea menor. No obstante, en ningún momento se dijo que las vacunas evitaban el contagio o la transmisión del virus, solo se dijo que indirectamente estaban ayudando a reducir el número de contagios.

Lo más importante de las vacunas contra la COVID-19 es que protegen de la muerte y las hospitalizaciones en un 70%-90% de los casos. Sin embargo, no son vacunas esterilizantes, es decir, pueden disminuir la probabilidad de contagio, pero no lo evitan completamente. Esto no es algo nuevo o inusual en una vacuna; la mayoría de las vacunas que tenemos en el calendario vacunal no son esterilizantes, aun así han servido para reducir la transmisión, para reducir la presión sanitaria y, lo más importante, han salvado innumerables vidas.

La vacuna de Pfizer y el resto de las vacunas contra la COVID-19 fueron aprobadas por las autoridades sanitarias porque pasaron con muy buena puntuación los dos exámenes que se les exigían: seguridad y eficacia. Son vacunas seguras, puesto que los efectos adversos son conocidos y asumibles. Y son vacunas efectivas, puesto que han convertido a la COVID-19 en una enfermedad leve para la mayoría de la población.

Las vacunas contra la COVID-19 han sido una de las mayores proezas científica de la historia. Tan solo diez meses después de identificar que un nuevo coronavirus estaba causando una pandemia, varias farmacéuticas anunciaron haber conseguido vacunas seguras y de gran eficacia. En menos de un año arrancaron las campañas de vacunación.

Tras el Comité Especial sobre la pandemia de COVID-19 que se celebró el pasado 10 de octubre en el Parlamento Europeo, se produjo todo este revuelo informativo a partir de una pregunta de Rob Roos, eurodiputado del partido político holandés JA21, a Janine Small, presidenta regional de la división de vacunas de Pfizer en los mercados internacionales. En su intervención, Roos le preguntó: “¿Se probó la vacuna de Pfizer para detener la transmisión del virus antes de que entrara en el mercado?”. A lo que Small respondió: "No, tuvimos que movernos a la velocidad de la ciencia".

La respuesta de Small es una respuesta correcta ante una pregunta tendenciosa y absurda, puesto que en los ensayos en fase III no se evalúa la transmisión. Lo que se evaluó en todas las vacunas es si reducían el riesgo de muerte y la gravedad de la enfermedad. Y esto lo cumplieron todas las vacunas con sobresaliente. Fue después de la fase III, cuando las vacunas ya se empezaron a administrar a la población, cuando se pudo estudiar si las vacunas prevenían la infección asintomática y la transmisión.

¿Por qué no se estudió la probabilidad de infección asintomática y la transmisión en la fase III de los ensayos? Primero, porque nunca fue un requerimiento de las autoridades sanitarias. Y segundo, porque para que una vacuna evite la transmisión de un virus ha de ser esterilizante y prácticamente ninguna vacuna lo es. Tampoco las vacunas de la hepatitis B, de rotavirus, de varicela, de difteria, etc. son esterilizantes.

El protocolo del ensayo clínico en fase III de Pfizer se publicó en noviembre de 2020. En él se puede ver que no fue diseñado para evaluar la eficacia de la vacuna contra la transmisión del SARS-CoV-2, tal y como se dijo en el Parlamento Europeo. El ensayo en fase III fue diseñado y desarrollado para evaluar la eficacia de la vacuna para prevenir la enfermedad causada por el SARS-CoV-2, incluida la enfermedad grave. Así, en los resultados de los ensayos clínicos de la vacuna de Pfizer, publicados en la revista científica The New England Journal of Medicine en diciembre de 2020, no se menciona ningún estudio de la transmisión. Lo que sí sugería el estudio es que la eficacia de la vacuna con respecto al desarrollo de síntomas era del 95%, lo cual fue todo un éxito.

Por todo esto, en medio de una pandemia tan grave no se le podía exigir a una vacuna algo que ni siquiera se les ha pedido a las demás vacunas. La transmisión del virus de las personas vacunadas se podía estudiar después, como así se hizo. Por eso la respuesta de Small fue correcta: "Tuvimos que movernos a la velocidad de la ciencia".