El 23 de abril comenzó el Ramadán para los musulmanes. Su mes sagrado de ayuno, reflexión y contención. Un confinamiento espiritual que cada día termina con un festín al anochecer llamado Iftar, el momento en el que toda esa estoicidad soportada desde el amanecer sin probar bocado termina en una vorágine de opulencia gastronómica. En Vox llevan más de un mes de ayuno de protagonismo desde que comenzó la pandemia, su discurso en este tiempo se ha convertido en irrelevante para la opinión pública. Precisamente por eso cada vez que Abascal sale de su Ramadán mediático y va al Congreso busca tener su cuota de protagonismo escandalizado que antes tenía cada dos días por sus correspondientes barbaridades y discurso de adolescente hormonado.

El confinamiento de los líderes de Vox no ha sido muy productivo y les está dejando en una situación difícil para poder lanzar sus peroratas. Comenzó con sus dirigentes contagiados de Covid-19 después de haber celebrado el acto de Vistalegre, lo que los dejaba en mala posición para poder criticar con credibilidad al Gobierno por la manifestación del 8M. No es fácil para el acostumbrado a ladrar más fuerte quedarse sin el espantajo preferido de la carcunda.

La agresividad y preeminencia en las redes sociales del mensaje de la extrema derecha es una muestra más de su incapacidad para hacerse notar en los lugares donde la opinión pública es influyente. La desaparición de sus líderes del discurso público ha provocado la ausencia en los medios de las ocurrencias con las que solían marcar el paso de la agenda pública y por ende de todos los actores políticos antagónicos que salían al paso de sus soflamas para rechazarlas. La extrema derecha se ha hecho más virulenta en redes sociales cuando ha visto una oportunidad de medrar o cuando no podía bramar desde lugares con más influencia. La pandemia es para ellos más mala noticia por lo que les oculta que por lo que nos mata.

'Necesitan que se les haga caso de forma desesperada'
Vox dejó en segundo plano las redes y dio más importancia a los medios tradicionales cuando su resultado en las elecciones de abril fue menos importante que sus expectativas. Cayó en la cuenta entonces de que las redes no sirven en España más que para lograr una posición marginal, para crecer y ser relevantes necesitan a las televisiones. Durante la pandemia han perdido ese lugar de visibilidad y han vuelto al único lugar del que no dependen de actores externos, pero eso es muestra de debilidad. Más ruido en redes significa menor influencia electoral. Necesitan que se les haga caso de forma desesperada.

Su desconcierto es de tal magnitud que Santiago Abascal intentó dar un paso en una dirección lisérgica al arrogarse como defensor de los homosexuales ante Pedro Sánchez. La sensibilidad hacia el colectivo homosexual es uno de los rasgos identificativos del Frente Nacional de Marine Le Pen que incluso tiene a Florian Philippot, uno de sus máximos dirigentes, paseando en una revista con su marido. El movimiento de Abascal va en la línea de optar a nichos electorales que la extrema derecha francesa ha cooptado con cierto éxito. Vox ya lo intentó con elementos estéticos del chovinismo del bienestar para buscar el voto obrero haciéndose una foto en una carpintería o grabando un vídeo contra las casas de apuestas en los barrios pobres. Intentos vanos con nula credibilidad, sin coherencia y sin convencimiento. Marine Le Pen dijo en 2011: ¡Tanto si se es hombre o mujer, heterosexual u homosexual, cristiano, judío, musulmán o no creyente, primero se es francés!, un mensaje que no tiene visos de calar en un electorado como el de Vox que ha crecido con la criminalización de muchos de esos colectivos.

La posibilidad de que Vox logre convencer al electorado de que le preocupan los derechos de las personas homosexuales después de haberlas deshumanizado, denigrado, insultado y perseguido con listas negras de trabajadores en las escuelas públicas es similar a la que Pablo Iglesias pueda tener en un cuartel de la Legión en Melilla con una bandera de España pidiendo el voto y salir ovacionado. El desajuste de la extrema derecha en tiempo de pandemia es de tal calibre que no es descartable que por un minuto de tiempo en los telediarios el próximo día que Santiago Abascal tenga su iftar y le pongan un micrófono pida el voto a los musulmanes al grito de Al·lahu- àkbar.