No me importa demasiado cómo se llame el nuevo proyecto, quiénes lo lideren y cuántos partidos van a estar dentro, me conformo con que se comprometan a no entrar nunca más en un Gobierno que no lideren. Es de una lógica aplastante soportado por el peso de la historia y la cultura política de la que bebemos que no se puede transformar siendo subsidiario de un partido mayoritario garante de los resortes del sistema. Estos ocho años ya han demostrado que todo fue un inmenso error que conviene no repetir. No entiendo otro punto de partida para lo que venga. No al menos que piense en lo mejor para el colectivo.

El elefante en la habitación de la izquierda ha pisoteado las posibilidades para la próxima década y no descarto que sea el final de su capacidad para ser disruptiva aproximándose a la italianización del espectro. No es posible que exista nadie que pueda defender que la presencia de la izquierda en los gobiernos haya supuesto un cambio sustancial de la situación de la clase trabajadora, no hablo de cambio estructural, sino una mejora mínima. Es cierto que la coyuntura no ha ayudado, pero eso no importa, la carestía de la vida, el precio de la vivienda y la situación del transporte afectan de manera troncal a la vida diaria de la clase obrera, y eso ha ocurrido con la izquierda en el Gobierno generando una percepción tremendamente lesiva sobre la capacidad para cambiar las cosas de los que dicen querer cambiarlo todo. Si no has cambiado ni un poco tienes muy difícil hacer creer a la gente en una utopía. Porque la izquierda somos eso, ilusión y utopía.

No se puede calificar la presencia en el Gobierno desde el año 2017 de otra manera que fracaso. Resulta sorprendente que se esté eludiendo del debate estructural que tiene que manejar la izquierda el desgaste que provoca llevar ocho años en los gobiernos y si es necesario cambiar esa manera de proceder. Me resulta totalmente increíble que no se hayan planteado en ningún momento salir del ejecutivo y hacer presión desde fuera, pero más aún que eso no esté en los debates que se están dando de cara al futuro.

Agua pasada no mueve molino, y ahora toca volver a comenzar de nuevo un proyecto que mantenga en pie las cenizas de la resistencia. La izquierda política son demasiados pocos para estar peleados y es necesario una muestra de buena voluntad por parte de todo el mundo, incluidos aquellos que participamos en el debate público desde posiciones progresistas. El próximo 18 de febrero Gabriel Rufián y Emilio Delgado tienen un acto para hablar del futuro progresista, solo tres días después los partidos que forman parte de Sumar presentarán la hoja de ruta para el próximo ciclo. Les propongo a todos una idea, quizás voluntarista, pero que exprese un mensaje para todos aquellos votantes potenciales hartos de disputas y que ni siquiera conocen las guerras internas que siguen desatadas.

Simplemente que estén juntos compartiendo espacio, que Yolanda Díaz, Antonio Maillo, Mónica García e Ione Belarra acudan al acto de Gabriel Rufián y Emilio Delgado el día 18 de febrero, y que el 21 Gabriel Rufián y Emilio Delgado acudan al acto de 'Un paso al frente', y que después todos vayan a un acto de Podemos. Sin pedir nada, solo que estén, que se sienten juntos a la vista de todo el mundo, que la gente vea que pueden compartir espacio porque tienen las mismas ideas y valores. No importa lo que piensen unos de los otros, importa lo que la gente progresista que les puede votar piensa de ellos. Las elecciones de Aragón les puede dar una pista sobre lo que opinan de su eterna disputa. Barbarie o irrelevancia.

Estar juntos y mostrando buena voluntad no sirve solo para tejer una estructura con capacidad para mover voto en un momento de expansión reaccionaria. Hacen falta muchas manos actuando en la misma dirección y asumiendo su debilidad. Todos están débiles, algunos más que otros, pero tienen que abandonar su postura de máximos y cuotas y pensar en cuál es la mejor manera de construir un proyecto viable, no digo ya ambicioso, sino que tenga la capacidad de competir en unas elecciones sin perder de vista la construcción desde abajo de proyectos enraizados.

Pero todo pasa por hacer un diagnóstico serio y sincero sobre el tremendo coste que ha supuesto la entrada en los gobiernos de la izquierda poscomunista. El PCE ha hipotecado años de credibilidad al margen del poder por una secretaría de Estado de la que fue despojada con malas formas por otro partido del espacio. Todavía sigo sin comprender cómo es posible que IU se mantenga en un gobierno, con su situación de debilidad para poder influir, a cambio de un ministerio de consumo primero y otro de infancia después con unas competencias ridículas. El desgaste asociado a la presencia institucional en un ejecutivo que ha abandonado el Sáhara y ha mantenido una política migratoria similar a la del Frontex no puede ser compensado con ninguna política pública, pero menos aún con la que les permitían las competencias asumidas.

No tengo demasiado optimismo sobre el devenir de la izquierda transformadora en el próximo ciclo después de años conociendo las luchas criminales que hay dentro de formaciones que tendrían que ser hermanas. Al menos, se unan o no, se quieran o no, que nos brinden un debate de ideas, estrategias y futuro para evitar los errores del pasado. Que sean constructivos, que piensen en qué han logrado años después de participar de manera activa en el Gobierno. Si son honestos, si piensan en lo mejor para la izquierda, no pueden concluir que fue una buena idea entrar en el Gobierno. Salgan de ahí. Ya.

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