Todo lo que se puede saber o conocer sobre el patriotero arte del pendulazo de los advenedizos mediáticos y culturales se encuentra leyendo la magna y maledicente obra de Gregorio Morán sobre los intelectuales en la Transición llamada 'El cura y los mandarines'. Un libro que narra con maestría el afilado arte de meter codos renunciando a todas las ideas defendidas para ganar posiciones a la hora de conseguir dádivas cuando la veleta cambia de dirección apuntando a una nueva era política. Estos seres de afilado olfato son capaces de predecir el nuevo tiempo y ubicarse en las primeras líneas de salida antes de que a los demás les arrase el vendaval de su propia coherencia.
El espectáculo contemporáneo de figuras progresistasde todos los ámbitos desistiendo de sus ideas y valores, si es que alguna vez los tuvieron, para subirse al carro ganador reaccionario es de una expresividad política incalificable pero en cierto modo bella y romántica. La degradación es también un espectáculo natural admirable, hay cierto encanto en asistir a la putrefacción. Mírenlo así, como si grabaran cada día un fotograma de una fruta sobre un pasto de hojas secas y lo juntan en un time lapse en el que aparecen todos los colores de la naturaleza mientras se pudre.
El proceso de savaterización de muchas figuras de nuestro tiempo en el fondo es eso, una degradación lenta y constante por el sometimiento al capital. Todos esos bandazos no son más que eso, la inversión decadente en la bolsa política de los advenedizos incapaces de verse a sí mismos con el nivel suficiente para ganarse la vida defendiendo sus propias ideas. Siempre al calor del poder, buscando donde sopla el aire para poner el velamen, siguiendo el ritmo del diapasón.
Hay un consenso generalizado entre los que marcan la temperatura social publicada sobre el hecho de que habrá elecciones en poco tiempo y que eso traerá un Gobierno de PP y Vox. Rabioso y que solo aceptará adhesiones inquebrantable. Ante esa tesitura, entre la profesión con sensibilidad progresista, hay quien aceptará la nueva realidad y seguirá haciendo lo que pueda, donde pueda y como pueda y quien busca abrirse hueco a codazos entre una plétora de soldados de la reacción que llevan años remando a favor del reaccionarismo institucional y político.
Una de las figuras más deseadas por la opinión pública reaccionaria en este interregno es la de la figura pública, que dice ser progresista, pero que ha visto la luz y ahora ya no puede soportar la degradación sanchista. Nadie puede obviar las magnas figuras de Leguina, Guerra o González haciéndose pasar por constitucionalistas hastiados del nuevo PSOE y con tribunas en todos los medios conservadores. Estos ya no necesitan pasta, pero marcan el camino a los que sí, que se convierten en los tontos útiles de los ultras para lograr su llegada al poder dejándose utilizar a cambio de unas migajas. No os será difícil poner varios nombres a esta descripción.
Trabajar en los grandes medios como un impostor de clase habiendo llegado desde los márgenes te lleva a sufrir continuas faltas de respeto de estrellitas soberbias y con ínfulas larvadas en carísimas universidades privadas. Eso enseña mucho y crea callo. Los desprecios clasistas los tengo guardados porque los de mi clase tenemos un rencor social que nos hace esperaros para devolverlas. Algún día pasaremos la cuenta. Os tenemos calados. Roma no paga traidores.
Muchos y muchas que ahora están siendo instrumentalizados por la reacción, lo sepan o no, serán despreciados cuando haya que repartir los puestos económicamente más sustanciosos que están reservados a los patanegra de la nueva etapa posfascista. Esos que te dan migajas siendo serviles al poder, porque contra el poder, en mayúscula, nunca se posicionarán. Ingenuos los que creen que todo el poder está en Moncloa. Hay gente que no distingue el poder blando del duro, ni el Gobierno del Estado. Pero de creer eso nos cura el marxismo.
Lo que ven en política y medios es una guerra de clases aunque no sepan leerlo de esa manera. Aprendan a mirarlo con esas gafas y entenderán todos los movimientos. Sigan el dinero. En mi paso por el espacio mediático siempre he sentido cierta conmiseración al conocer personajes de la vida pública y política que llevan unos trenes de vida tan altos que tienen que pagarlo con su propia coherencia. Son esclavos de otros tiempos donde los que construían la esfera pública vivían con sueldos y facturas de varios ceros y a los que les cuesta mucho adaptarse. En el fondo son solo burgueses nostálgicos creyendo que España les debe algo.



