Entrevista
Inquilinos: relatos de una vida en cuenta atrás
Los detalles La escritora mallorquina Llucia Ramis pone el foco en los inquilinos en su libro 'Un metro cuadrado', galardonado con el Premio de No Ficción Libros del Asteroide, y denuncia: "Estamos convirtiendo el hogar en un producto de inversión".

Resumen IA supervisado
El libro "Un metro cuadrado" de Llucia Ramis aborda la crisis de vivienda desde las experiencias personales de inquilinos que enfrentan la precariedad del mercado de alquiler. Historias de personas obligadas a dejar sus hogares debido a los altos costos y la inestabilidad del alquiler ilustran una problemática que ha dejado de ser generacional para convertirse en estructural. Ramis explora cómo esta situación afecta la identidad, ya que la constante provisionalidad impide construir un hogar estable. La gentrificación y la transformación de los barrios agravan el problema, convirtiendo espacios de convivencia en productos de consumo. Ramis critica la falta de voluntad política para abordar esta crisis y destaca el papel emergente de los sindicatos de inquilinos como una forma de resistencia y reconocimiento de derechos.
* Resumen supervisado por periodistas.
Una pareja de Valladolid llegó a Madrid hace años: con trabajo, planes, con la idea de quedarse. Hasta que el precio del alquiler cruzó esa línea invisible que separa lo difícil de lo imposible. Entonces tuvieron que tomar una decisión: volver a Valladolid. Seguir trabajando en Madrid. Ir y venir cada día en tren. Una hora. A veces algo más. No pasa nada, se dicen. O eso intentan.
No es un caso aislado. En Ibiza, un hombre con plaza en el Ayuntamiento atraviesa una separación. Busca vivienda. No encuentra. Lo único disponible: habitaciones compartidas por 600, 700, hasta 800 euros al mes. Tiene un hijo. Y eso lo condiciona todo.
Aceptar una de esas habitaciones supondría perder la custodia compartida. No es un entorno en el que pueda vivir con él. La solución: mudarse a casa de sus padres, en Mallorca. Trabaja en una isla. Reside en otra.
Otra historia. Otra generación. Una pareja que ha vivido siempre de alquiler. Nunca pudo acceder a una vivienda en propiedad. Ahora, con 80 años, se ve obligada a abandonar Barcelona. No puede asumir el coste de seguir allí.
No son anécdotas. Son historias que se repiten, que cambian de rostro pero no de fondo, y que emergen una y otra vez cuando alguien toma la palabra tras la presentación de 'Un metro cuadrado', el último libro de Llucia Ramis y premio de No Ficción Libros del Asteroide.
Son, sobre todo, las voces de inquilinos —a menudo relegadas en el debate sobre la vivienda— las que la autora sitúa en primer plano desde la primera página. Voces que quedan condensadas ya en la dedicatoria, casi como una advertencia: "A los que no saben dónde vivirán el año que viene".
No es un tema nuevo en su obra. La periodista mallorquina —afincada desde hace años en Barcelona— lleva tiempo explorando en sus libros 'Cosas que te pasan en Barcelona cuando tienes 30 años' y 'Las posesiones', como en su trabajo periodístico, el acceso a la vivienda, el mercado del alquiler y una precariedad que durante mucho tiempo se interpretó como algo transitorio.
"Se suponía que nos acercábamos a la vida adulta, pero seguíamos viviendo como a los 20 y empezábamos a tener la crisis de los 40. ¿Cómo puede ser que haya hecho todo lo que se esperaba? Empecé a trabajar en segundo de carrera, estudiaba y trabajaba a la vez. Compartía piso pensando que era algo temporal...", cuenta en una entrevista con laSexta durante su visita a Madrid.
Pero ese "mientras tanto" nunca terminó.
Lo que parecía un fenómeno generacional ha acabado consolidándose como una condición estructural. Y en ese desplazamiento hay algo más que una dificultad económica: el problema se vuelve más profundo, afecta a la identidad. "Las casas determinan nuestro presente y nuestro futuro. Determinan quiénes somos. La casa lo es todo: ahí está nuestra intimidad, ahí está nuestra vida", explica.
La pregunta, entonces, es inevitable: cómo construir esa identidad cuando el lugar en el que vives está sometido a una lógica de caducidad.
"Se vive con una provisionalidad constante. Lo contrario de lo que debería ser un hogar"
Ramis lo describe con la misma inercia con la que ocurre —y con la que ella misma lo ha vivido. "Desde el momento en que se firma un contrato de alquiler —tres años, cinco como mucho— empieza una cuenta atrás. Una fecha de caducidad que no se olvida. A medida que se acerca el final, aparece la inquietud: habrá que volver a buscar, volver a empezar. Y casi siempre en peores condiciones. Pisos más caros, más pequeños, más precarios. Mientras tanto, los sueldos siguen igual.
Ese ciclo —buscar, mudarse, adaptarse, volver a empezar— termina por instalar una lógica de inestabilidad permanente. Cuesta proyectarse a largo plazo. Cuesta imaginar una vida. Y, poco a poco, todo empieza a tener fecha de vencimiento: la casa, el barrio, incluso las relaciones. Se vive con una sensación de provisionalidad constante, de inminencia. Justo lo contrario de lo que debería ser un hogar". Respira.
En ese intento de entender qué queda cuando todo se mueve, Ramis en su libro mira hacia atrás a través de un trabajo arqueológico. Recorre los lugares en los que ha vivido, los diez pisos que han marcado distintas etapas de su vida. Habla con quienes los ocupan ahora, observa lo que permanece, lo que ha cambiado, lo que desapareció.
Es una forma de preguntarse de dónde es uno cuando ya no puede quedarse en ningún sitio. Un ejercicio de memoria, sí, pero también de pertenencia. "Me hacía gracia encontrar, por ejemplo, la misma grieta que ya estaba en mi época, o pequeños secretos del piso que solo conoces si has vivido allí", relata.
Lo que la gentrificación ha ido dejando a su paso
En ese recorrido aparece también otra capa del problema: la transformación de los barrios. Lo que la gentrificación ha ido dejando a su paso. "Han perdido parte de su función social para convertirse en espacios más comerciales", explica.
Los espacios cambian de manos, de uso, de sentido. Dejan de estar pensados para quienes los habitan y empiezan a responder a quienes llegan de paso, a quienes consumen.
Así, barrios como Gràcia —donde vivió— se vuelven inaccesibles. "Ahora no podría permitirme vivir allí", lamenta. O como ocurre con Mallorca, la isla en la que nació, convertida poco a poco en un recuerdo empaquetado: un souvenir, un cenicero, una postal.
Dejan de pertenecerle. Y, al mismo tiempo, ella deja también de pertenecer a ellos.
La revelación es incómoda: el hogar deja de ser hogar. "Estamos convirtiendo lo más humano que hay en un producto de inversión", revela. Lo mismo ocurre con las ciudades, que dejan de ser lugares de convivencia para convertirse en espacios de consumo.
"Si la democracia es el gobierno del pueblo, el pueblo deja de tener poder sobre el lugar en el que vive o transita"
Las consecuencias no se quedan en lo urbano o lo económico. Alcanzan a la democracia. Porque el lenguaje cambia. Las lógicas cambian. Donde antes podía haber colaboración, aparece la competencia. El otro deja de ser un vecino para convertirse en un rival, especialmente cuando se trata de encontrar vivienda.
Esa tensión constante —marcada por precios, condiciones y escasez— acaba erosionando el tejido social y reforzando el individualismo.
"Cada vez estamos más expulsados del mercado del alquiler. Cada vez es más difícil acceder a él. Y todo eso deshilacha el tejido social, hasta el punto de que perdemos el control sobre la ciudad. Y si la democracia es el gobierno del pueblo, el pueblo deja de tener poder sobre el lugar en el que vive o transita", explica Ramis.
"Un final resignado"
Tras la secuencia de las viviendas por las Llucia Ramis pasa hay, en apariencia, un cierre. Llega a una hipoteca. Firma. Se queda. Podría leerse como un desenlace feliz, una casilla marcada en el itinerario esperado. Pero ella no lo cuenta así. Lo llama de otra manera: "Un final resignado".
Como si no fuera exactamente una elección, sino lo que queda.
Porque tampoco cree que ese deba ser el destino. No para todos. No como norma. Endeudarse durante décadas para espantar el miedo. Convertir la estabilidad en una deuda. "No puede ser que la única solución sea hipotecarte en un país que ya vivió una crisis inmobiliaria. O que todo dependa de heredar. O de poder volver a casa de tus padres".
A la hora de proponer soluciones su mirada se vuelve seca. No disimula su escepticismo. "Parece que no hay una voluntad política real", dice.
Las alternativas existen, pero están lejos. Cita, por ejemplo, las propuestas de Jaime Palomera: el modelo de Viena, basado en un amplio parque público de alquiler que garantiza precios accesibles, o el de Singapur, donde el acceso a una primera vivienda está asegurado y la carga fiscal aumenta progresivamente a partir de la segunda.
Y, sin embargo, en medio de ese panorama, hay algo que sí se ha movido y que ella considera "muy valioso": los sindicatos de inquilinos. La posibilidad de decir "esto no me pasa solo a mí", de reconocer en el otro la misma grieta.
"Antes el inquilino se sentía muy solo", explica. "Pensaba que lo suyo era un caso aislado. Y de pronto alguien le dice: tienes derechos, puedes reclamar. Hasta entonces, tú simplemente aceptabas lo que decía el casero".
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