Finales de febrero de 2020. Una joven italiana llega al Hospital Clínic de Barcelona, el centro de referencia para pacientes con alto nivel de infección. "Estaba consciente, no me dio una sensación de peligro o de que fuese un paciente complejo", cuenta Miquel Sanz, coordinador de enfermería de la UCI hepática del hospital, recordando aquel día de hace poco más de un año cuando se desconocía todo sobre el COVID-19.

La chica presentaba poca afectación grave, el grupo UCI se reunió para valorar cómo organizarse y se expusieron las previsiones que tenía la Generalitat. No eran tan malas. "Nadie supo dimensionar bien hasta que nos fuimos acercando. Empezamos a notar la sensación de que era algo grande". Tanto que a día de hoy más de 70.000 personas han muerto en España por este virus.

En pocas semanas —no se sabía entonces— el Gobierno decretaría el estado de alarma. El 14 de marzo quedaba atrás la "fase de contención reforzada" en la que habíamos permanecido hasta entonces. Con 5.753 casos registrados (1.519 casos nuevos en esas últimas 24 horas), una tasa de incidencia acumulada de 12,23 casos por 100.000 habitantes, 136 fallecidos y 293 pacientes COVID en UCI, se prohibía la libertad de movimiento, se bajaba la persiana de los comercios no esenciales y se cerraban todos los colegios. Nuestro objetivo pasó a ser el de "doblegar la curva".

Un año después hablamos con ellos, los sanitarios que se han dedicado a salvar vidas y a los que todavía les arrastra la ola pandémica, los epidemiólogos que nos han ayudado a conocer en todo momento qué ocurría y los peligros ante los que debíamos estar alerta, y también con quienes investigando han abierto un camino de esperanza gracias a un año duro de trabajo a contracorriente.

Fue en cuestión de días, cuenta Sanz en conversación con laSexta, que "la cosa empezaba a tomar otra dimensión" en el hospital. "Las reuniones cambiaron de tono, venía un problema muy grande, lo empezamos a intuir. Yo decía: 'Esto se va a complicar muchísimo', y la gente me respondía que no sería para tanto".

El día antes del estado de alarma su UCI se convirtió en UCI COVID. "Sacamos a todos los pacientes y empezamos a prepararnos, sin saber a qué". Los pasillos del hospital se llenaron de tomas de oxígeno y muchos todavía eran incapaces de imaginarse que allí, en pleno pasillo, tendrían que atender al gran cúmulo de enfermos.

A Matilde Cañelles, investigadora en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), le ocurrió algo parecido: "Era la loca". Ganó credibilidad cuando se vio que el virus entraba en España, pero desde que se instaló en China ella supo que era grave y cuando llegó a Italia, entró en "pánico".

Nos preguntaron cuánto tiempo de nuestra jornada dedicaríamos al coronavirus, dijimos que el 20%"

Matilde Cañelles, investigadora del CSIC

Cuenta la científica que el organismo estuvo orientado de "manera excelente", poniendo a disposición de todos los investigadores una plataforma interdisciplinar para colaborar y una lista de e-mails donde se hacía común toda la información que llegaba. Después, la búsqueda de financiación externa para proyectos relacionados con el coronavirus, entre otros el liderado por Cañelles, que cuenta con filósofos, antropólogos o biólogos para difundir información accesible sobre el virus.

Preguntados en un primer momento por el CSIC sobre cuánto tiempo iban a dedicar al coronavirus de su jornada laboral, los investigadores afirmaron que el 20%. Pronto tuvieron que consagrarse solo a la pandemia: "Estamos a tope porque en el CISC se están desarrollando tres vacunas, mascarillas, investigando sobre la parte ética del famoso pasaporte de vacunación o abordando qué ocurrirá con la gente que no quiera vacunarse".

Las olas, los pacientes y los sanitarios

Mediáticamente hablamos de tres olas —cuando los casos se disparan y hay trasmisión descontrolada y generalizada— pero en los hospitales se vivió de forma diferente y son muchas más las oleadas que acumulan a lo largo de estos intensos 12 meses, con momentos, como el 27 de enero de 2021, en los que la incidencia acumulada llegó a trepar a los 899 casos por cada 100.000 habitantes.

Miquel Sanz lo describe como un "tsunami" que llegó cuando la Sanidad en España llevaba al menos diez años siendo maltratada. Más allá de que tuvieron que aprender a toda prisa a tratar con pacientes COVID, a saber cómo protegerse con los EPI y qué material tenían que utilizar, a lidiar con este desconocimiento y el miedo al contagio, se evidenció lo que ellos ya denunciaban: el cronificado déficit del sistema. "Para la vida diaria íbamos tirando, pero se demostró que nos faltaban materiales. Hemos pagado un precio muy alto de las crisis de los últimos diez años".

Ocurría lo que habitualmente no pasa con otras enfermedades: "El paciente llegaba directamente crítico. Eso nos parecía tremendo porque no hacía una evolución de la sala y después a la UCI. Su estado empeoraba en cuestión de horas y llegaban necesitando una intubación para respirar".

De la primera a las últimas olas "no hay color". "El paciente lo hemos normalizado, ya forma parte de nuestro paciente tipo, ya lo sabemos atender".

Nuevas formas de trabajar

Las prioridades en los hospitales españoles cambiaron y protegerse los unos a los otros pasó a formar parte de su trabajo. Sanz lo describe así: "Aprendimos realmente el concepto de trabajo en equipo. Todos nos vigilábamos para que siempre estuviéramos protegidos. Desde enfermeras a personal de limpieza del hospital o médicos". "Llevo 30 años trabajando en la UCI y no había visto nunca esa compenetración", atestigua.

También con los pacientes fue diferente: el personal del hospital tuvo que suplir a las familias y acompañarlos en ese proceso en el que estaban solos y aislados, pero especialmente en enfermería se volcaron a la hora de buscar sistemas para mantenerlos conectados con el exterior. "Ha sido de lo más emotivo y ver lo bien que ha funcionado", recuerda Sanz.

Esta es una de las cosas que espera que perduren, junto con acabar con la precariedad ya que, sostiene el enfermero, "no puede ser que una persona viva de un contrato después de otro". "Si eso no cambia después del COVID-19, no habrá cambiado nada el hospital. Eso les toca a los políticos".

Profesionales agotados emocionalmente

Antes de ponerme el casco y volver a casa, lloraba un rato. Lo necesitaba"

Miquel Sanz, coordinador de Enfermería en una UCI

La fatiga pandémica, que en mayor o menor medida nos ha golpeado a todos, ha arrasado con los sanitarios. Y tiene que ver con que cuando salen del hospital siguen encerrados, sin sistemas de evasión. "Llegaba a casa y me ponía partidos que ya sabía el resultado para que mi mente se pusiera en blanco", cuenta Sanz.

También lloraba un rato antes de ponerse el casco y conducir la moto hasta su casa. Ese quizás era el momento más liberador para él en los meses duros de confinamiento: "El contacto del aire en la cara era lo más emocionante, para descargar adrenalina, era estrictamente necesario. Cada profesional encontró su manera de bajar la adrenalina y la frustración".

Ahora, que bajo restricciones se pueden hacer más cosas, al sanitario le preocupa el síndrome postraumático que sufren los militares cuando vuelven de una guerra. "A nivel sanitario seguro que se producirá. Hay gente que emocionalmente ha sufrido demasiado, eso tiene un precio", asegura.

La atención primaria, la base del sistema

Si bien la enfermería ha sufrido más en la última ola de la pandemia, cuando se ha intentado mantener la vida hospitalaria al tiempo que se atienden pacientes COVID, el cierre de la atención primaria en la primera ola fue de lo más duro y su papel, esencial en las siguientes.

"Hay que reconocer el enorme esfuerzo que han hecho. Primero les pilló un volumen importante de pacientes, encargados de hacer los test y tratando a los pacientes con otras necesidades; y ahora les ha tocado la vacuna", cuenta Sanz. Su ayuda ha sido crucial para filtrar a los pacientes y rebajar la presión en los hospitales.

Atajando al virus con mascarilla, distancia social y confinamiento

Los expertos siguen sin ponerse de acuerdo en cuál habría sido la mejor manera de detener al COVID-19 en España, y quizás sea necesario una perspectiva temporal más amplia. "La única medida efectiva es la de la estrategia 0 COVID, no intentar convivir con él sino intentar que no exista", señala la investigadora del CSIC. Enfrenta así las medidas de Nueva Zelanda o los países asiáticos, que cree que deberían de habernos servido de ejemplo, a lo que se ha hecho en Europa, Estados Unidos o América Latina. "Aquí hemos intentado convivir con él y cuando se nos va de las manos y se saturan las UCI tomamos medidas. En ese momento ya no hay más remedio que confinar". Eso, dice Cañelles, es "destructivo para la economía y el estado de ánimo de la población".

El confinamiento estricto no tiene por qué ser la estrategia más idónea"

Pedro Gullón, epidemiólogo

Y añade en favor de este argumento que "a nivel político se tendría que haber dicho que el 100% del tiempo teníamos que estar pensando en cómo solucionar esto. Habría dado resultado". Pero para el epidemiólogo social y médico especialista en medicina preventiva y salud pública Pedro Gullón no se podían tomar las mismas medidas que en países que tenían poca trasmisión comunitaria. "Una transmisión comunitaria descontrolada es prácticamente imposible que llegue a la erradicación. El debate que se ha planteado es un poco falso, y es que creo que ningún país de nuestro entorno tuvo las circunstancias para ello", sostiene.

También recuerda que la pérdida de recursos que acarreó el confinamiento domiciliario sobre determinados grupos de la población tiene un importante impacto en la salud mental. Por todo ello, cree que hemos aprendido que "el confinamiento estricto no tiene por qué ser la estrategia más idónea". Sus apuestas son "el teletrabajo y hacer todo lo que se pueda en exteriores, ir más a los parques y menos a las casas".

Para el sanitario Sanz, sin embargo, "la medida eficaz en nuestro medio es el confinamiento". Eso y la vacuna, porque otras medidas también esenciales como la mascarilla y la distancia interpersonal son "muy fáciles de pervertir y hay mucha facilidad de que no se cumpla estrictamente".

La pesadilla de los científicos: un virus que se transmite por el aire y con casos asintomáticos

La científica Matilde Cañelles cae en cuenta de la "gran transición mental" que ha habido sobre cómo se transmite el virus. "Todos queríamos que fuese un virus normal, contagiado por gotículas y cuando tocas algo que está infectado. Pero fue un error garrafal que se demostró al corroborar que se transmite por aerosoles". "Sabíamos lo que eso significaba, si se transmite por aerosoles tienes que estar pendiente de no respirar el aire que ha estado respirando una persona que tiene el virus y eso es más difícil de atajar", cuenta.

Las medidas, al descubrir esto, "empiezan a ser más drásticas, como el no estar en sitios cerrados, la necesidad de mantener ventanas abiertas en las clases, o la importancia de no meter a no convivientes en casa…", afirma la científica.

Además de conocer al virus para saber cómo se transmite, ha sido importante saber quién lo transmite. Gullón dirige la atención en el rol de los casos asintomáticos. "Los sistemas de alerta que tenemos preparados en España para estas cosas estaban bastante basados en la gripe, y la gripe no suele tener tantos casos asintomáticos como el COVID-19", explica.

¿Cuánto deben preocuparnos las variantes?

Las vacunas son la única solución para acabar con la pandemia, pero preocupa que las mutaciones del virus —que nos hicieron saltar todas las alarmas en la tercera ola— hagan inservibles las fórmulas que se crean. ¿Hasta qué punto debemos inquietarnos?

Pedro Gullón apuesta por mantenernos en "una calma tensa", sin extremar la alerta, pero siendo constantes a la hora de vigilarlo. Sí nos tenemos que preocupar de las variantes porque pueden ser más contagiosas, pero sigue siendo el mismo virus y la forma de atajarlo seguirá siendo la misma.

La científica Cañelles cree que de cualquier manera "debemos vacunar a tope para protegernos", y aunque algunas protejan menos contra las variantes brasileña o sudafricana sí que activan las células que nos ayudan a combatir el virus. Todavía no sabemos si este "nos ha enseñado todo de lo que es capaz o no", pero el máximo problema es que nos tuviesen que vacunar cuando surja una variante nueva.

En este caso, cuenta la experta, la creación de la vacuna no empezaría desde cero, "se rescataría de los ensayos clínicos a quienes han sido vacunados contra la variante anterior". Para saber en qué situación nos encontramos y encontraremos todavía tiene que pasar tiempo.

Varias vacunas en un año y las que están por venir

Si en menos de un año tenemos no una sino varias soluciones para vacunar se debe a que la emergencia mundial ha afectado también a los países que disponen de recursos para desarrollar la tecnología sanitaria. Así lo explica Pedro Gullón, que no olvida que, para otros virus, como el Ébola, el proceso no ha sido tan veloz. También, explica Matilde Cañelles, las vacunas son el resultado de muchos países "poniendo su granito de arena".

Destaca el epidemiólogo que para hacer frente al coronavirus se ha usado una tecnología en la que se trabajaba desde hace 20 años y que gracias a una rápida secuenciación del virus se han podido poner en marcha. Esta investigación básica, que se pensaba usar contra el cáncer y que ha servido para el COVID-19, cuenta la investigadora, "es un buen ejemplo de que hay que invertir mucho en ciencia básica". Y en esto se muestra optimista, cree que "tras este gran susto no queremos otro", la sociedad sale concienciada y vendrá una "época de inversión fuerte en ciencia".

Aunque para Cañelles hay que tener en cuenta que "se han desarrollado las primeras vacunas que se podían desarrollar, pero no necesariamente son las mejores para parar el virus". Una de las que está por venir es ‘made in Spain’, una fórmula que pronto empezará con la fase 1 de ensayos clínicos, y que podría administrarse por vía nasal y oral en la zona de las mucosas. "Si fuese así, directamente se desarrollan las defensas en las mucosas y paran la trasmisión del virus".

Desde una perspectiva sanitaria, Miquel Sanz plantea que a corto plazo seguiremos teniendo olas que "cada vez serán menores y más manejables", en gran parte porque los sanitarios han sido unos de los primeros grupos en vacunarse. "Hubo quién no entendió por qué debíamos ser los primeros, pero es que perdíamos a mucho personal que caía enfermo y eso minimiza las camas que se pueden atender", explica.

Lo cierto es que a día de hoy convivimos con dudas sobre el proceso de vacunación: si se puede transmitir o no y ser portador del virus tras recibir la dosis; si será necesario vacunarse cada año o la vacuna logrará erradicar el virus. Pero en cuestión de seguridad, y es lo que tiene que mantenernos confiados y tranquilos por el momento, el perfil de las vacunas es "bastante bueno", recalca Gullón.

Lo mismo ocurre con la capacidad de administrarlas, que en España es buena. Cañelles se muestra esperanzada en que España pueda producir dosis a nivel nacional para ir poniéndolas a un mejor ritmo.

Pero de nada servirá vacunar a la población si no se hace en todos y cada uno de los rincones a los que ha llegado este virus en el mundo. "Es importantísimo que no haya ninguna bolsa donde el virus circule a su antojo", cuenta la investigadora, que resalta la iniciativa Covax, con un gran respaldo internacional, para hacer llegar la vacuna a bajo coste a todos los países. Parece que en esto también los países en situaciones privilegiadas están dispuestos a sumar.