Aniversario del 11S
EEUU, 25 años después del 11S: un trauma global en una nación que hoy vive dividida
Los detalles Generaciones que no conocieron el desencanto de la guerra de Vietnam o la Guerra Fría llevan viviendo desde 2001 en un escenario de grises, post-verdad y crisis (particularmente económicas) que se solapan. Ahora, con el segundo mandato de Trump, la polarización afecta a todas las esferas.
11SHan pasado ya 25 años de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Ejecutados por el grupo terrorista Al Qaeda contra las Torres Gemelas del World Trade Center y el Pentágono, constituyeron el acontecimiento más determinante del periodo de entresiglos: noventa minutos de ataques devastadores, entre las 08.46 y las 10.03 horas (hora local), contra los principales centros económicos y militares de Estados Unidos.
Retransmitidos en directo durante horas, los atentados permitieron al mundo asistir al resquebrajamiento del aura de invencibilidad que había rodeado a Washington, potencia hegemónica incontestable desde el colapso de la Unión Soviética.
Hasta entonces, nadie se había atrevido a atacar territorio estadounidense a semejante escala desde el bombardeo de la Armada Imperial de Japón sobre la base de Pearl Harbor, aunque rivaliza en simbolismo, el 11S tuvo un coste humano muy superior: el impacto de los tres aviones contra las torres y el Pentágono, así como el siniestro de un cuarto avión secuestrado en Pensilvania dejaron 2.977 muertos de 103 países a los que habría que añadir 4.600 fallecidos más en los años siguientes, según las estimaciones de los Centros de Control de Enfermedades de Estados Unidos en 2021, por enfermedades físicas o mentales directamente relacionadas con los atentados, o complicaciones médicas derivadas de ellos.
Tres semanas después del ataque terrorista más mortífero de la historia comenzó la "guerra contra el terrorismo" declarada por el entonces presidente George W. Bush con la invasión de Afganistán, una campaña prematuramente concebida para decapitar simultáneamente a Al Qaeda y al régimen talibán, que continuó dos años después con la invasión de Irak en marzo de 2003 bajo el, finalmente, infundado argumento de la eliminación de presuntas "armas de destrucción masiva" en manos del dictador Sadam Husein.
Entre medias pasaron 18 meses en los que Washington dejó claro que sus dos declaraciones de principios; proteger a su población y preservar su supremacía como potencia mundial, contradecían frontalmente con los preceptos del Derecho Internacional. Los escándalos de torturas perpetradas por militares estadounidenses a los prisioneros de guerra iraquíes de la cárcel de Abú Ghraib, que destapó en 2004 la cadena CBS, y en la cárcel de Guantánamo terminaron de retirar a Estados Unidos el crédito internacional de buena voluntad que se había granjeado tras los atentados.
Los años siguientes terminaron de revelar su incapacidad para alcanzar los objetivos militares y estratégicos que se había marcado. Los errores de cálculo propiciaron su fracaso tanto a la hora de derrotar a los grupos armados islamistas como de estabilizar las regiones invadidas, como demuestran, respectivamente, la eclosión de Estado Islámico a finales de la década pasada, todavía activo, y el regreso de los talibán al poder en 2021.
A lo largo de este tiempo, aliados y rivales de Estados Unidos por igual han sido objetivo del terrorismo islamista, mientras países enteros han acabado sumidos en guerras civiles o en conflictos contra Estado Islámico como consecuencia de la respuesta a los atentados del 11S. De esta forma, los casi 3.000 muertos de aquel día han pasado a formar parte del casi interminable capítulo de víctimas de una guerra mundial contra el terrorismo internacional que, directa o indirectamente, se ha cobrado la vida de 4,5 millones de personas, según el Proyecto Costes de Guerra de la Universidad estadounidense de Brown.
Al derramamiento de sangre se suman innumerables consecuencias culturales, sociales, políticas y militares de la era que arrancó tras los atentados de Al Qaeda. Los últimos 25 años han estado marcados por una explosión del sentimiento antimusulmán, derivada de la instalación en la conciencia occidental del islam radical como principal enemigo de sus valores. También por el debilitamiento de Naciones Unidas como garante de la legalidad internacional y de los principios humanitarios, así como por el auge de China como superpotencia.
En un mundo que parecía estrechar sus lazos en el amanecer de la era de la información, se ha vivido por contra la consolidación de un sistema internacional de vigilancia y la transformación de la guerra mediante una de sus principales innovaciones del último cuarto de siglo: el avión no tripulado.
EEUU, sumido en un estado de guerra contínuo
Un cuarto de siglo después, Estados Unidos lleva sumido en un estado de guerra que ha acabado inextricablemente vinculado a su devenir económico, comenzando por los más de ocho billones de dólares, también según el Proyecto de Costes de Guerra, que ha costado un cuarto de siglo de "guerra contra el terror".
La muerte en 2011 del líder de Al Qaeda, Usama bin Laden, en una operación militar estadounidense en Pakistán no representó en lo más mínimo el punto y final de esta hostilidad constante, que ahora conoce un nuevo episodio con el conflicto abierto contra Irán en busca de la inalcanzable 'pax americana'.
"Y mientras Estados Unidos está ocupado luchando en guerras, China estaba ocupada comerciando", explicó en 2021 a la cadena NBC el exembajador de Singapur ante Naciones Unidas, Kishore Mahbubani, tras recordar que el PIB del gigante asiático se ha multiplicado por 15 desde principio de este siglo. Pekín se ha consolidado así como potencia militar en el Indopacífico, dialoga con enemigos declarados de Estados Unidos, como Irán, Rusia o Corea del Norte y permanece incólume frente a la guerra arancelaria declarada por Donald Trump. La "guerra contra el terror", declaró el diplomático, "ha sido el mayor regalo geoestratégico que China ha recibido".
Los estadounidenses, víctimas de una erosión psicológica cauterizada
A nivel interno, la población estadounidense es víctima de una erosión psicológica cauterizada, más que curada, por el paso del tiempo. El catalizador es la violencia: ninguna administración demócrata desde George W. Bush ha abandonado por entero la doctrina del ataque y los dos mandatos de Trump se han dirigido al extremo opuesto, haciendo de la "paz a través de la fuerza" su bandera. Existen así claros indicios de trauma, comenzando por el miedo, la confusión y el aislamiento social. En septiembre de 2021, cuatro de cada diez consultados por una encuestas de Gallup expresaron abiertamente su recelo a acudir a acontecimientos públicos por temor a un atentado. Una encuesta publicada por Ipsos en 2023 exhibió que un 44% de los consultados se revelaron como incapaces de contestar si invadir Irak fue o no la decisión correcta.
Generaciones que no conocieron de primera mano el desencanto de la guerra de Vietnam o la Guerra Fría llevan viviendo desde septiembre de 2001 en un escenario de grises, post-verdad y crisis tan consecutivas (particularmente económicas) que prácticamente se solapan entre sí. La primera semana de los atentados, la confianza de los estadounidenses en su Gobierno alcanzó un máximo sin precedentes con un 60% de encuestados a favor, según una media de encuestas recogida en 2021 por Pew Research. En 2021 se había dilapidado al 21%, un mínimo nunca visto desde principios de los 90. La sucesión de medidas de control instauradas por el Gobierno estadounidense tras los atentados alimentaron en demócratas y republicanos su desdén, cada uno a su manera, hacia cualquier tipo de autoridad; un sentir que terminó de cocerse en las cámaras de eco de la nueva realidad informativa, y en especial a partir de 2004, con la aparición de Facebook.
Una cuarta parte del siglo XXI ha estado definida por los atentados, el mismo porcentaje que el de estadounidenses demasiado jóvenes como para recordarlos. "Cien millones se han olvidado ya", lamentó en la conmemoración del año pasado la directora del Museo y el Memorial 11S, Elizabeth Hillman, encargada de unos eventos particularmente centrados en el recuerdo de ese día, intentando dejar a un lado en la medida de lo posible las consecuencias que han definido de manera irremisible la realidad en la que se conmemora.